
EDITORIAL. Un pasito adelante, por lo menos.
La semana que termina, ha traído noticias buenas y malas.
La Cámara de Diputados, por una abrumadora mayoría, ha rechazado el proyecto parlamentario tendiente a autorizar la figura de los auto-préstamos, iniciativa destinada a permitir que los afiliados a las Administradoras de Fondos de Pensiones pudiesen girar un determinado porcentaje de los recursos mantenidos en sus cuentas con la teórica obligación de restituirlos en un determinado plazo. La propuesta era esencialmente populista y demagógica, toda vez que la inmensa mayoría de los ahorrantes prácticamente no dispone de fondos luego de los retiros precedentes, solo beneficiaba en consecuencia a las personas de mayores ingresos, la devolución era ilusoria y su contribución a la mantención de una hasta ahora tenaz inflación era evidente. Por el momento, primó la cordura impuesta por la sumatoria de votos de los representantes del oficialismo (con varios descuelgues), más los votos de la DC y de la derecha tradicional y republicana. El consenso mayoritario debe ser apreciado como meramente puntual pero, mal que mal, representa un gesto de madurez que se hacía indispensable.
Lo anterior no puede ser visto como un cambio sustantivo en la forma de operar de nuestra clase política, toda vez que en paralelo han llamado la atención las cuestionables conductas de la senadora Alejandra Sepúlveda quien ha declarado que abandonará su colectividad (el Frente Regionalista Verde Social) para constituir un nuevo referente (partido N° 22), del presidente de la Cámara diputado Vlado Mirosevic al asumir comportamientos incomprensibles y caprichosos y de la diputada independiente- RN María Luisa Cordero al referirse cruel y despiadadamente a la senadora Fabiola Campillai Rojas.
Nuestro país vive una crisis de marca mayor. Si bien pueden hacerse críticas más o menos fundadas acerca de la forma en que ha gestionado el gobierno el actual Ejecutivo, no es posible negar que muchos de los problemas que hoy inquietan a la ciudadanía constituyen “deudas de arrastre” que nos han perseguido desde hace ya bastante tiempo.
¿Es lógico afirmar que la crisis de la educación es de responsabilidad de este Gobierno? ¿Es justo pensar que el enorme déficit habitacional surgió ahora? ¿Es fundado sostener que los problemas de la seguridad social y pensiones aparecieron de la noche a la mañana? ¿O que la delincuencia, el narcotráfico, las inmigraciones ilegales, las listas de espera en salud, ayer o anteayer no existían?
Los desafíos que el país tiene por delante no pueden ser abordados sino a partir de la verdad, la que debe ser develada con datos duros e indiscutibles. Mal podemos hacerles frente si no somos capaces, ante todo, de constatar sin ambages su naturaleza y sus dimensiones.
Con plena conciencia de la realidad en que estamos sumergidos, resulta moral y políticamente obligatorio ser convocados a un esfuerzo colectivo que bien puede ser traducido en un sacrificio de emergencia para la emergencia.
Perfectamente puede ser que el tiempo requerido pueda ser de una década o más pero la tarea sacrificial debemos empezarla ahora. En un año más, estaremos inmersos en el angustioso dilema de los populismos de izquierda o de derecha y estaremos a lo mejor inmolando la democracia que tanto nos costó recuperar.
Claramente se nos engaña cuando se nos pretende hacer creer que un nuevo Gobierno, cualquiera que sea su línea, será la panacea milagrosa que necesitamos.
Salir adelante, implica un esfuerzo cooperativo y solidario sin el cual no podremos levantar un piso mínimo de equidad y justicia. ¿Seremos capaces de superar nuestros egoísmos y entender que el futuro de cada uno de nosotros está amarrado al futuro de la comunidad?







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