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Te mienten cuando te dicen….

Análisis económico.

Esteban Lobos.

En el plano económico, se han ido construyendo ciertos dogmas comunicacionales (también, por supuesto, en otros planos) que, a fuer de ser repetidos con insistencia,  terminan por ser socialmente aceptados. Sin embargo, tales lugares comunes necesitan ser sometidos a debate ya sea para validar esas afirmaciones, ya sea  para desecharlas, ya sea para tenerlas en permanente cuestionamiento. Lo peligroso se da en los casos en que esos dogmas son avalados académicamente y, las personas comunes y corrientes, terminan por creer que son verdades irredargüibles.

 Aunque para el autor del  análisis esto signifique “dispararse a los pies”, el primer dogma que se debe cuestionar es aquel que solapadamente da a entender que “la economía” es una ciencia exacta, en la que dos más dos son cuatro. Pero,  sucede que “la economía” es una ciencia social y que, por lo tanto, está influida por una enorme cantidad de factores de toda especie que hace que sus aseveraciones no sean sino datos relativos o pronósticos que, las más de las veces, a duras penas son aproximaciones livianas. Ejemplos, al respecto, hay muchos:  Cuando se dice que prácticamente hoy cada familia chilena es propietaria de un vehículo, cuando se nos dice que cada chileno es propietario de un celular, cuando se presentan cifras de crecimiento futuro que a los treinta días son ajustadas para bien o para mal.

Otro dogma reiterado es aquél que afirma la racionalidad de los  actores  económicos. Sin ir más lejos, un alto porcentaje de consumidores carece de los conocimientos  o carece de la información necesaria para adoptar una decisión racional. La “publicidad”, técnica auxiliar de la economía de mercado, lo tiene claro. La “publicidad” no recurre al pensamiento racional (este producto es más barato, este otro ofrece estas cualidades) sino a la seducción a través de las imágenes y las sensaciones. Frases  tales como “la cuota más baja del mercado”, en el “banco equis te miramos a los ojos”,  así lo demuestran. ¡Qué decir del uso  de imágenes de modelos ligeras de ropa o de escenas sensuales o claramente eróticas!

Obviamente, se puede continuar poniendo  en el banquillo de los acusados a una larga serie de “dogmas comunicacionales”   pero, por ahora, no es necesario. El que debe ser juzgado es aquel que afirma que “el modelo económico en aplicación es el único posible y, además, es el mejor ya que asegura crecimiento”.

 Lo aseverado constituye una falacia. El filósofo alemán Schopenhauer afirma que para ganar una discusión no hay nada mejor que caricaturizar la posición contraria e idealizar la propia. Así, en el plano económico,  cuando se habla de socializar la economía se transforma ese concepto en un esquema en que “el Estado” (o sea el Gobierno) controla la totalidad de los factores, concluyéndose en el fracaso del modelo de los “socialismos reales”  y su natural derivación a las dictaduras políticas. Por su lado, cuando se habla de una “economía de mercado” se habla de la libre concurrencia, del crecimiento que genera, de la buena y eficiente asignación de los recursos, de la creación de puestos de trabajo, pero se silencia la creciente concentración del poder económico, la tendencia a la degradación de los salarios en razón de que se necesita ser competitivos, de la colusión entre competidores, de la influencia del poder económico en la política, de la incapacidad del modelo de generar pensiones dignas.

Entre ambos extremos, hay una gama casi infinita de alternativas posibles, cada una de las cuales conlleva beneficios y problemas.

Un viejo político dijo alguna vez: “¡Te mienten cuando te dicen que este es el único mundo posible!”. Se trata de una aseveración ciento por ciento valedera.

Las personas, que por naturaleza están dotadas de inteligencia, tienen la capacidad de discernir entre diversos caminos e, incluso a costa de errores, de aproximarse a fórmulas que signifiquen avanzar hacia una economía más humana.

Si se preguntara qué espera una sociedad determinada de su economía, es probable que quienes respondan logren un elevado nivel de coincidencias: Que no haya pobreza, que el crecimiento beneficie al máximo de personas, que por sobre el afán indiscriminado de lucro predomine la solidaridad, etcétera. El problema surge al preguntarse: ¿Cómo pueden alcanzarse tales objetivos? La verdad pura y simple es que en ese plano entran a jugar los diversos grupos de interés, entre los cuales prevalecerán los más fuertes.

La conjugación y articulación del conflicto social, le corresponde al Estado, como gerente e intérprete del bien común. El Estado lo manejan los Gobiernos. Los Gobiernos los manejan los Partidos. Los representantes de los partidos los eligen los ciudadanos. En último término, cada persona tiene una cuota de responsabilidad en el tiempo presente y para el tiempo futuro.

Construir una economía más humana puede ser posible. La realidad y la experiencia que viven o han vivido diversas naciones del mundo, constituyen ejemplos a estudiar ya sea para aplicarlos, desecharlos o adaptarlos.

Los caminos posibles son muchos. Pero eso es materia de otro comentario.

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