«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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Hablamos del tabaco, pero callamos con el alcohol

Raúl Alberto Aguilera-Eguía

Académico Departamento de Salud Pública de la UCSC

Con el tiempo, algunas verdades se instalan en la conciencia pública. Una de ellas es que el tabaco causa cáncer. Hoy ese vínculo parece evidente: está presente en campañas, advertencias sanitarias y forma parte del sentido común. Con el alcohol ocurre algo distinto. Aunque existe evidencia clara de su relación con varios tipos de cáncer, ese riesgo aún no ocupa un lugar equivalente en el debate público. Se habla mucho de accidentes, violencia, intoxicaciones y dependencia, pero bastante menos de su vínculo con el cáncer.

No basta con que exista evidencia; también importa cómo se comunica. Cuando un riesgo se comunica mal, se vuelve menos visible y pierde fuerza para influir en decisiones, hábitos y prioridades colectivas. En el caso del alcohol, la brecha entre lo que se sabe y lo que se comunica sigue siendo amplia. Su normalización social dificulta visibilizar sus riesgos y favorece una conversación pública centrada en los efectos más inmediatos, relegando los daños de largo plazo. Así, a diferencia del tabaco, cuyo vínculo con el cáncer se comunicó de forma directa y sostenida, en el alcohol ha predominado un lenguaje más ambiguo, que pone el foco en la conducta individual más que en los riesgos del producto.

Comprender con claridad los riesgos de lo que se consume no debería ser un privilegio, sino una condición básica para ejercer la autonomía. Esa autonomía, sin embargo, depende de información honesta, accesible y suficientemente clara. Informar mejor sobre el vínculo entre alcohol y cáncer no implica prohibir ni moralizar, sino responder a una exigencia mínima de honestidad pública frente a una evidencia ya consolidada.

Es momento de revisar cómo estamos hablando de este riesgo, no para generar alarma, sino para dar visibilidad a lo que la evidencia muestra con claridad. Porque una sociedad difícilmente puede prevenir bien aquello que todavía no se atreve a nombrar con precisión.

N. del E.:

Fuente de figura de cabecera:

https://www.youtube.com/watch?v=eoaRfNCP4ag

Vídeo: https://youtu.be/eoaRfNCP4ag

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