«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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La generación del azúcar: cuando el movimiento compite con la industria alimentaria

Aida Fernández Ojeda

Académica Pedagogía en Educación Física, U. Central

El Mapa Nutricional Junaeb 2025, presentado por la directora Camila Rubio Araya volvió a confirmar algo que sabemos hace años, pero que no parece incomodarnos lo suficiente: más de la mitad de los estudiantes presenta malnutrición por exceso.

Las cifras son elocuentes y, sobre todo, persistentes: 2021: 58% (pandemia), 2022: 53%, 2023: 50%, 2024: 50,9% y 2025: 51,7%. Dicho de otro modo, uno de cada dos niños en Chile tiene sobrepeso u obesidad.

No se trata sólo de un problema nutricional, sino sociocultural. Entonces cabe preguntarse: ¿por qué, si Chile lleva más de una década promoviendo el etiquetado de alimentos, incentivando colaciones saludables, regulando la publicidad y avanzando hacia 60 minutos diarios de actividad física en las escuelas, los resultados no cambian de forma sustantiva?

Hay una tensión difícil de ignorar. Mientras desde la educación —y particularmente desde la Educación Física— se intenta aumentar los niveles de actividad, el entorno económico y cultural empuja en la dirección contraria.

La industria alimentaria ofrece azúcar barata, disponible y profundamente normalizada. Las bebidas azucaradas suelen costar menos que las opciones saludables. Las golosinas están presentes en kioscos, almacenes y salidas de colegios. Y la publicidad —aunque más regulada— sigue instalando una idea persistente: que el azúcar es parte natural de la infancia, cuando la evidencia sugiere lo contrario.

Frente a este escenario, muchas políticas públicas operan en un plano más bien simbólico: talleres, campañas, guías alimentarias. Son medidas necesarias, pero claramente insuficientes ante un problema de carácter estructural.

Las decisiones de política pública, entonces, requieren mayor profundidad —y también mayor incomodidad—: impuestos más agresivos al azúcar, regulación efectiva del entorno alimentario escolar y subsidios reales a alimentos saludables. Hoy, en Chile, comer sano suele ser más caro que comer mal. Y esa ecuación condiciona cualquier intento de cambio.

El Mapa Nutricional no es solo una medición de peso corporal. Es, en el fondo, un reflejo de las contradicciones del país: uno que declara preocupación por la obesidad infantil, pero permite que el mercado alimentario opere con amplia libertad; uno que promueve la actividad física, pero cuyo entorno urbano, comercial y cultural favorece el sedentarismo y el consumo de ultra procesados.

El desafío no es solo individual. Requiere esfuerzos colectivos, pero también transformaciones estructurales. Porque construir una sociedad más saludable no depende únicamente de cambiar hábitos personales, sino de revisar —con decisión— las reglas del modelo.

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