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ENTREVISTA DE LA SEMANA.

Juan Soto, el  “dueño del Teatro Concepción”

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Una vida observando cinéfilos y artistas, personas y personajes.

La historia de Juan Carlos Soto Fierro, el acomodador que mandó a “juntarse con su abuelito y dejar de revolver el gallinero” a un nieto del ex Presidente Patricio Aylwin.

Con el mote de “el dueño del teatro” le saludan algunos espectadores asiduos del Teatro Concepción. No dejan de tener razón, pienso, cuando un afable Juan Carlos Soto Fierro, se mueve ágil por insospechados rellanos y escaleras del recinto, a pesar de la penumbra, seguro de que le sigo los pasos sin problema hasta hallar un espacio para conversar con tranquilidad. Es que hace 28 años que realiza funciones de acomodador y es responsable  de disponer los carteles de publicidad y avisos en la entrada; conoce el recinto  al dedillo.  Desempeñarse en el teatro es  un trabajo que califica sin vacilar como “una hermosura”.

Su charla es amena y lucida, salpicada de anécdotas, muchas de las cuales se podrá conocer en “El hombre de la linterna”, un libro que prepara con la historia de su vida y que seguramente publicará en 2017. Es el tercer título que elabora, tal vez lo mantenga o cambie.  Inició el escrito contando en qué circunstancias conoció y cómo forjó una fuerte amistad con el pintor Héctor Robles Acuña. Pero le bastaron 15 páginas y como su intención era escribir un libro organizó un relato más amplio. Utiliza en la primera parte  una metáfora, la de un niño – que es él-  en diálogo con el lector desde el vientre materno. El niño comenta sus sueños que son la predicción de lo que vivirá; una historia variopinta y aleccionadora pues Juan Carlos Soto es un testigo de excepción de una época, una ciudad, un barrio y el devenir de un hombre como él.

La magia del cine

Ocupó innumerables tardes de su niñez asistiendo a funciones de cine, en los desaparecidos Rex o Alcázar, en platea si tenía suficiente dinero, en galería en caso de escualidez financiera; memorables jornadas junto a Miguel Aceves Mejía o Antonio Aguilar, pero nunca imaginó que trabajaría en un teatro.  Un golpe de suerte le llevó a emplearse, antes de la mayoría de edad, por un lapso, como acomodador en el también ahora inexistente Windsor. Posteriormente le ofrecieron ingresar al Teatro Concepción desde nunca más se ha movido y desde dónde ha construido una vida plena, en lo personal, familiar y profesional.

El libro recoge relatos de lo que ha podido aprehender,  en gran parte  gracias a su  atención e interés hacia la vida, las personas, la sociedad y sobre todo el mundo que se desplegaba ante él desde el  Teatro Concepción.

Personas y personajes

Como verdadero anfitrión de la sala de la Universidad de Concepción, Juan Carlos Soto, ha saludado a autoridades de gobierno y, con mayor cercanía rectores quienes conocen y suelen departir con  todos los integrantes del personal, comenta. Personalmente: “valoro mucho al ex rector Augusto Parra al que mucho tenemos que agradecer porque  intercedió para que pudiéramos adquirir nuestras casas, logró que los terrenos fueran muy baratos. Y  don Sergio Lavanchy es una persona encantadora; nos saluda de mano a todos… en una ocasión él estaba en el hall en el contexto de una ceremonia con estudiantes, los que estuvieron largo rato sacándose fotografías con él. Al concluir todo don Sergio atravesó, vino hacia mí, me dio la mano y yo le pedí si también se sacaría una fotografía conmigo y me dijo ‘Juan Carlos,  no una, dos nos vamos a tomar’  y le solicitó a su fotógrafo oficial que las hiciera”.

Una vida en retratos

Es que Juan Carlos trata de sacarse una fotografía con personajes y artistas que llegan al teatro, como una forma de guardar la memoria de sus vivencias. Por ejemplo tiene una con Julio Iglesias, en su presentación de hace unos años, cuando no aceptó fotografiarse con nadie en Concepción… salvo Juan Carlos Soto y el entonces Presidente de Chile, Sebastián Piñera. El Primer Mandatario coincidió  con el español en Carriel Sur y muy Julio Iglesias sería, pero difícil le habría sido negarse a su petición de una fotografía juntos. En cambio a Juan Carlos le contestó riendo: “ya hombre, que lo vamos a hacer por la paloma”. Ocurrió que durante el ensayo una paloma se coló al interior del teatro y voló largo rato acercándose al artista y las coristas. Juan Carlos se mantuvo a la expectativa y cuando el ave se agotó y posó se lanzó “de plancha”  y la capturó para liberarla a la plaza después. Julio Iglesias, recuerda, estaba pendiente y le aplaudió.

En otra ocasión en cambio debió “huir” de Lucho Barrios cuando fue a pedirle que se fotografiara con él, en camarines, después de su presentación. “Salga usted de aquí, no quiero verlo nunca más en mi vida, usted me echó a perder el espectáculo” le gritó enfurecido.  Es que había actuado ante un teatro repleto de fanáticas que soñaban con fotografiarse con su ídolo. Juan Carlos estaba junto a la escalera de acceso al escenario para impedir que subieran, pero de pronto una señora lo logró:” Le entregó un regalo y se sacó una fotografía con él. Lucho Barrios me miraba y me sonreía. Dos damas subieron cuando bajaba la primera y yo miraba al artista, él me miraba fijo…sonriendo. Ah, bueno, me dije, está contento, le pasó señoras para arriba y dejé subir más y más”. Después supe que tenía algo así como una parálisis y la sonrisa era fija…estuve asustado de haber metido la pata…”.

Quien más le ha impresionado es  Marcel Marceau “Bip”: “Estuve consciente de quién era como ser humano, como persona y artista,  y admirado de que  estar cerca de él era estar tocando la Historia. Ya era un anciano cuando vino, falleció como tres años después, sin embargo su espectáculo fue maravilloso. Todos sus movimientos, todo su cuerpo transmitía un mensaje. En la sala no había un sonido, parecía que nadie respiraba, fue impresionante”.

También recuerda con emoción a Astor Piazzola y su bandoneón, a Gato Alquinta “que conversaba coloquialmente con nosotros”, a Jorge Guerra que se fotografió  con él apuntando su corbata porque le llamó la atención y a cuyo velorio asistió emocionado en la capital.

Las autoridades

El general Augusto Pinochet concurrió en diversas ocasiones al Teatro Concepción. “La seguridad era tremenda. Una semana antes el personal de seguridad ya estaba en el teatro. Dos días antes del evento llegaban los francotiradores, la CNI. Era toda una parafernalia. Pero en una oportunidad tenía una charla con personal de las Fuerzas Armadas. Ingresó él y el personal de seguridad nos tomó a los 12 funcionarios y nos introdujo en una oficina de tres metros por tres metros y nos mantuvo allí, con un calor muy intenso, cerca de dos horas.  Pero no tengo rencor, son gajes del oficio”, cuenta Juan Carlos.

Su sentido de responsabilidad respecto de lo que ocurre en el recinto,  le valió otro momento anecdótico en una ocasión que se realizó en el teatro una ceremonia con la asistencia del entonces Presidente Patricio Aylwin. “Todo estaba bien y los de seguridad se paseaban en el hall, donde me hallaba yo también, pero había un niñito como de 11 años de edad que andaba “revolviendo el gallinero”. Subía la escalera y se deslizaba por la baranda. Me tenía nervioso. Me acerqué y le llamé la atención, le dije que no debía estar haciendo eso, que podía ocurrir un accidente. Estuvo tranquilo un rato, pero volví la cara y comenzó de nuevo. Una segunda vez le advertí, nuevamente se quedó quieto, para luego reiniciar el jueguito. Entonces, me acerqué bien decidido y le espeté “Ya mira ¿con quién andas tú? Con mi abuelito, me contestó. Ya, entonces anda donde tu abuelito y por favor deja de molestar, vaya al tiro donde su abuelito porque puede haber un accidente aquí. Se asustó donde le hablé fuerte, ingresó a la sala y no volvió”.  Cuando terminó la ceremonia el niño salió de la mano del Presidente Patricio Aylwin… su abuelito.  Los hombres de seguridad sonreían, recuerda Juan Carlos.

Confidencias como éstas contendrá el libro de Juan Carlos Soto Fierro, que escribe en la medida que le deja tiempo su trabajo, su afición a pintar al óleo o con acrílico (no en balde aprendió técnicas con Robles Acuña y con el también amigo suyo Pedro Retamal)  y a componer poemas que comparte en su comunidad de la Iglesia Pentecostal. El hombre de la linterna sigue adelante, alumbrando y alumbrado por la consciencia de ser un trabajador que no caminó por una senda pavimentada, pero que ha cosechado con agradecimiento el fruto de su esfuerzo y quiere seguir aportando a su propia existencia, a la de los suyos y a la de la sociedad. Por sobre todo, agradece, que se le abrieron las puertas del Teatro Concepción, remata.

Lilian Bizama Fernandez. Periodista.

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4 Comentarios en ENTREVISTA DE LA SEMANA.

  1. Qué buena entrevista…
    Buen personaje muy buena, gran periodista!
    Gracias Lilian Maestra.

  2. Es realmente admirable leer articulos como este, dejando una gran impresion en los lectores, sobre personas comunes, quienes nos dan una gran leccion en la sociedad. Mis felicitaciones para su autora, Lilian Bizama Fernandez. Con la esperanza de volver a leer otra entrevista de algun personaje similar, que me imagino hay muchos en el barrio.

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