«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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Un día cualquiera en la educación pública

Viviana Rivera Barrientos

Fonoaudióloga y académica de la Facultad de Educación UCEN

Podría decir que esta historia me la contaron. Pero no sería del todo cierto. La he visto demasiadas veces.

Trabajar en educación pública suele estar rodeado de discursos grandilocuentes. Desde oficinas cómodas se habla de inclusión, bienestar emocional, atención integral y calidad educativa. Pero pocas veces se dice cómo se sostiene realmente esa inclusión en la práctica cotidiana.

Hace más de quince años trabajo en un colegio de alta vulnerabilidad de la Región Metropolitana. En ese tiempo han pasado gobiernos, ministros, reformas y programas. Hay palabras que se repiten con facilidad: aprendizajes, inclusión, equidad, acompañamiento. Pero hay otra que permanece casi intacta: precariedad.

Les voy a contar un día cualquiera.

Soy fonoaudióloga y atiendo a estudiantes con necesidades educativas especiales. Mi sala no tiene ventanas. No entra luz natural ni hay ventilación. Está ubicada junto al patio de un colegio de más de mil estudiantes. Mientras intento realizar evaluaciones, estimular lenguaje o trabajar atención auditiva, afuera hay recreos, gritos, pelotas rebotando y profesores de educación física dando instrucciones a todo volumen.

Para cualquier persona que conozca mínimamente el trabajo fonoaudiológico, las condiciones ambientales son fundamentales. Muchos niños necesitan calma, concentración y espacios adecuados para aprender. Pero eso, en demasiados establecimientos, parece un lujo.

Lo mismo viven otros asistentes de la educación. Hay profesionales que no cuentan con salas adecuadas para atender estudiantes; algunos trabajan con niños pequeños en espacios ubicados en terceros pisos, obligados a subir y bajar escaleras constantemente. A eso se suman rejas, puertas cerradas y llaves para desplazarse dentro del establecimiento. No solo se dificulta el trabajo diario: también se instala un riesgo permanente ante cualquier emergencia.

Con la llegada del invierno, la situación empeora. La luz se corta dos o tres veces al día. El panel eléctrico está lejos de mi sala y el interruptor se ‘cae’ constantemente. La solución improvisada fue un palo de escoba para levantar el botón. Sí, un palo de escoba. Así funciona muchas veces la educación: creatividad forzada para sobrevivir a la negligencia.

Más de una vez he quedado completamente a oscuras atendiendo a niños de prekínder. Imaginen a un grupo de niños de cuatro años en una sala sin ventanas, sin luz y sin explicación. Se supone que debo avisar por WhatsApp para que alguien “dé la luz”, pero muchas veces nadie responde. Entonces tengo que salir con los estudiantes, recorrer el colegio y resolver yo misma el problema.

Hace unos días atendí a un apoderado en penumbras. Avisé nuevamente y la respuesta fue que la persona encargada estaba en colación y no podía solucionarlo “en ese momento”. Así, con total naturalidad, como si trabajar sin luz fuera un detalle menor.

Y no es solo la electricidad. También faltan insumos básicos: toalla nova, papel higiénico y jabón. Después nos preguntamos por qué los equipos terminan agotados o por qué cuesta tanto avanzar con algunos niños. La inclusión no ocurre por decreto ni por un PowerPoint ministerial. Requiere condiciones mínimas de dignidad.

Mi sala, además, queda lejos de las aulas. Cada vez que debo buscar estudiantes pierdo entre cinco y diez minutos. Pero el sistema igual exige rendimiento, cobertura y estadísticas impecables. Tengo 37 horas de contrato y atiendo alrededor de 80 estudiantes semanalmente, además de realizar talleres, observaciones en aula y responder a necesidades emergentes.

Desde un escritorio, alguien diseña programas, calcula tiempos y define cuántos estudiantes “debería” atender un profesional. Todo perfectamente ordenado en una planilla Excel que rara vez considera la realidad. Es fácil hablar de inclusión cuando no se escucha el ruido constante, cuando nunca se ha tenido que hacer terapia a oscuras o improvisar con un palo de escoba.

La inclusión educativa en Chile descansa, demasiadas veces, en el esfuerzo silencioso de profesionales que trabajan en condiciones indignas. Y eso no debería normalizarse.

Porque esto no es una excepción. Es, simplemente, un día cualquiera en la educación pública.

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Fuente de imagen:

https://www.ciperchile.cl/2023/09/28/la-sala-de-clases-que-necesitamos/

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