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Bebés en tiempos de pandemia y revolución

Belén Pulgar Neira

Periodismo U. de Concepción.

Primero vino el estallido social.

Chile despertó justo dos semanas después de saber que estábamos embarazados, mi pareja y yo. Dejamos de tener clases porque la Universidad se había convertido en un campo de batalla junto a otros puntos de la ciudad, uno de ellos en Tribunales, a solo metros de la consulta de mi ginecóloga. Así que ir al centro o a la U era un sinsentido, por lo que se podría decir que, de hecho, llevo en cuarentena desde octubre.

La revolución de los 30 pesos nos sirvió para distraernos de la ansiedad y el nerviosismo provocados por el hecho de traer un ser humano a este angustiado y destruido mundo. De alguna forma u otra, somos seres incompletos cuidando de seres aún más incompletos. Por supuesto, al tener 20 años y un poco más, ambos habíamos dicho desde siempre que era ridículo tener un bebé, pero no es como que hayan muchas opciones en este país cuando un ovocito se une a un espermatozoide. Así que seguimos adelante con una de las mayores travesías por las que puede pasar una persona con todo el amor y energía que implica.

Entre todas estas nuevas cosas, ambos ya traíamos una mochila de problemas personales típicos de estudiantes universitarios. Así que me vi a mi misma pasando por el Seminario de Grado, o tesis, como me gusta decirle. Un proceso estresante, en el que pierdes el sueño, caes, te vuelves a levantar, y te carcome el nerviosismo por hacer algo realmente bueno y así poder probarle al resto que te esforzaste y a ti misma que no eres tan mediocre como pareces.

Los meses pasaron y en Chile la cosa no se ponía peor ni mejor para mi gusto, solo más intensa. Quienes jamás salieron ni alzaron la voz se hicieron presentes a su manera. La policía mostró su cara más indolente de manera pública, ya no solo atacaba al pueblo mapuche a espaldas de la gente. En vez de eso, se enfrentó a cualquiera que estuviera en su camino sin importar origen, color, raza, edad, género, discapacidad física, nada. Agredió a su hermano en vez de unirse a su canto.

Aparecieron Las Tesis. Fui con mi pequeña panza bailarina y mi mamá a cantar al centro de la ciudad, con nuestros pañuelos y la ropa negra nos volvimos una con el resto de las que estábamos ahí. Nunca había compartido algo así con ella.

Luego vino el 8M. Tras una clase de gimnasia prenatal que me regalaron y unas horas trabajando en mi tesis, partí con mi amiga Carla a marchar al centro. Apenas me podía el cuerpo y todas me sacaban fotos que jamás vi. En mi guatita, con un labial escribí «por mí y por lxs que vienen». El calor hacía que se corriera así que después de un rato era como si me hubieran apuñalado o algo. Fue un gran día. Quería llorar de la emoción pero a la vez me sentía calmada, segura. Todas me cuidaban cuando veían que traía algo dentro de mí. Algo que no supimos qué era hasta el día en que nació, porque a la antigua es más entretenido si no se sabe.

Antes de la marcha feminista, al otro lado del mundo el coronavirus ya había aparecido. Este famoso Covid-19 que tenía a todo el mundo asustado pronto llegaría a este rincón del universo y a Conce. Un virus que de lejos parecía no tener forma, como si fuese irreal, de ficción gringa, una película. Y de un día para otro levantó su tregua con Chile.

Hay un virus por ahí y parece que es mala persona.

Así como durante el estallido también con la pandemia, las medidas del gobierno fueron insuficientes, atrasadas, arcaicas, centradas en la economía y no en la salud de su pueblo. Casi de la noche a la mañana superamos en contagiados a aquellos países a los que veíamos con lástima en la televisión, cuando decíamos «pero por qué no se quedan en casa?», y así después esos fuimos nosotros.

A mediados de marzo mi familia y yo nos «encerramos», en una cuarentena voluntaria que continúa al día de hoy como la que han mantenido miles de familias, pero no las suficientes. Mi pareja -Daniel- dejó su pensión y, luego de estar años acostumbrado a vivir solo,  tuvo que enfrentarse a vivir conmigo y más personas. No imagino cómo habrá sido eso pero no creo que fuera sencillo. Semanas después entregué la tesis terminada con una dedicatoria a Dani y a Itka (nuestro bebé) que para ese momento aún no nacía. Nadie, a excepción de mi equipo de trabajo, la profe guía y la comisión evaluadora, ha visto esa dedicatoria ya que jamás pudimos llegar a imprimirla, todo estaba cerrado.

Un poco antes del parto comencé a ver los cambios en mi cuerpo de forma general, las manos y pies hinchados, la inexistencia de tobillos, la dificultad para ponerse calcetines, dormir a ratos y con un cojín entre las piernas cada vez más grande. El cansancio, el peso, la espalda, los ronquidos, el hambre, las constantes idas al baño, el ropero lleno de cosas sin usar porque nada te cabe, la acidez, eterna acidez. Todo eso se va casi de forma inmediata después del parto, todo menos las marcas. Hablo de estrías y desgarros, de «la guata de bolsa» y de la bomba de hormonas. La memoria del proceso es quizás lo único que se queda dependiendo de cómo se recuerde, esto sin contar a un hijo, por supuesto.

Luego vinieron los protocolos sanitarios.

Gracias a la pandemia, la forma de operar de los servicios médicos cambió y no había forma de oponerse. Con tristeza nos fuimos enterando de poco en poco que primero, Dani no podría entrar a la consulta de la médico conmigo; al rato no podría entrar a las ecografías; y ya a final no podía siquiera entrar al edificio. Y así fue. Por 12 horas tomó mi mano y lloró conmigo; después de eso Itka y yo nos quedamos a solas hasta que nos dieron el alta, las visitas estaban prohibidas.

Meses antes, yo había imaginado mi baby shower con “juegos de azar y mujerzuelas”. Había imaginado ir a la U con mi panza. Había imaginado a mi mamá, a mi papá, a mi suegra, a mis cuñadas, a mis hermanos, tíos y primos fuera de la sala de parto, esperándonos. Había imaginado a mi hermana y su polola viniendo de Santiago a vernos. Había imaginado a todas las personas que prometieron visitarnos en la clínica. Había imaginado pasar esos días y noches dentro junto a Dani. Había imaginado que la anestesia hubiera tenido efecto. Había imaginado no tener que usar una mascarilla. Había imaginado muchas cosas.

Y es que dar a luz usando mascarilla y sin un buen efecto de la anestesia,pueden jugarte en contra en esos momentos. Cuando todo lo que aprendiste de respiración no funciona y las indicaciones de la matrona tampoco, comienzas a respirar de forma entrecortada, desesperada. El asma, la rinitis, el tabique chueco y la mascarilla, tampoco ayudan. Comienzas a marearte, a hiperventilar. Intentan calmarte con ojos fríos y un rostro que no logras ver detrás de las máscaras y protectores faciales. Ya te han puesto anestesia cuatro veces, y el que la puso te mira sin entender por qué no funciona. De pronto sale el bebé con una bufanda en el cuello, te desgarras, sientes el dolor de la aguja e hilo mientras pasan por tu piel porque ni la anestesia local funciona. Pero solo unas horas más tarde ya puedes levantarte e ir al baño.

En unos días volvimos a casa y comienza una rutina diferente, sin horarios exactos al inicio, ni nada igual. Todos los días pasa algo nuevo con ese hermoso ser que llegó a desordenarte el gallinero. Lo único que se mantiene es que a cada control médico solo puede ir un padre, y que en unos meses más, mientras mueren personas y nacen otras, en medio de una pandemia probablemente sigamos estando encerrados voluntariamente.

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