La soberanía radica en la Ciudadanía y debe expresarse con deberes y derechos, con disciplina y responsabilidad. Sin embargo, también debemos tener una gran cuota de valentía y fortaleza, para defenderla de aquellos que desean apropiarse de ella!

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“CHILE DESPERTÓ” ¿Y NOSOTROS?

José Víctor Núñez Urrea

Sociólogo Universidad de Lovaina, Bélgica.

“Puede ser que seamos títeres, títeres controlados por las cuerdas de la sociedad. Pero al menos somos títeres con percepción, con conciencia. Y tal vez nuestra conciencia es el primer paso para nuestra liberación”

Stanley Milgram.

1.  Chile y la Crisis Mundial de 1982

“En 1975 el país entraría en una nueva recesión y la inflación llegó al 375%. El salario había caída brutalmente como una muestra de los ataques: el de 1975 era el 40% del valor de 1970. El FMI, que venía negociando la deuda desde 1974, exigió duros “ajustes”. Tomó el comando económico de la dictadura un grupo de neoliberales llamados Chicago Boys (lo que Karin Fischer denomina como “intelectuales orgánicos de la burguesía”), representados en Sergio Díez, el 24 abril DE 1975 se inicia el “tratamiento de shock” monetarista, que abrió un periodo de “lluvia” de créditos extranjeros”. [1]

Esta crisis fue enfrentada con un severo programa de estabilización ideado por el FMI que buscaba sacar la economía del estancamiento, reducir la inflación y el déficit fiscal con medidas de shock como la liberalización arancelaria, el congelamiento de los salarios y los ajustes fiscales en salud, educación y gastos sociales.

Con la privatización de 117 empresas en 1976 y el cambio de la política económica, los grandes ganadores fueron los nuevos conglomerados o grupos económicos, como el grupo Cruzat-Larraín, la familia Vial, Matte o Angelini, de manera que, en 1979, los 10 principales grupos controlaban 135 de las 250 empresas privadas más importantes de Chile.

Hacia 1977 el “modelo” comenzó a afianzarse iniciándose un ciclo de boom que redujo el déficit fiscal, la inflación y llevó a un crecimiento económico hacia 1981. La inflación se redujo a un 10% en 1981, el erario fiscal consigue un superávit del 5,5% y se logró vencer la cifra de 21% de déficit que se registraba en 1973.  Al mismo tiempo se incentivó la diversificación de las exportaciones madereras, frutícolas y pesqueras, el salario se recuperaba lentamente y recién en 1981 alcanzó el nivel de 1974, para luego volver a caer en 1982.

segundo trimestre, que probablemente será una de las peores caídas en la historia, también que este año el producto caerá. Sin embargo, no hay consenso en su intensidad y magnitud. Por ejemplo, el Banco Central esta semana dio a conocer su Informe de Política Monetaria (IPoM), señala que este año el país caerá entre 1,5 y 2,5 puntos del producto. Pero también señala que el 2021 vendrá una fuerte recuperación, de entre 3,75 y 4,75 puntos del PIB, un crecimiento importante [3]. Muchos intentan instalar esta visión, “optimista” por decir lo menos. No desinteresado, tampoco es casual que sea el Banco Central quien da esta visión, que intenta “tranquilizar” al mercado financiero.

En el período pre – crisis 82, se vivía un boom del consumo basado en la expansión del crédito. Entre 1979 y 1982 el dólar se intercambió a un valor fijo de 39 pesos, política conocida como “paridad con el dólar”.  La privatización bancaria y la desregulación, combinado con altas tasas de interés (sobre el 30%), unido a la enorme facilidad para el capital extranjero, llevó a lo que varios autores denominan un “aluvión de créditos externos” en el país, que sin embargo, no fueron hacia la inversión en actividades productivas (al revés, la industria perdía su peso competitivo), sino en el aumento del sector financiero, el otorgamiento de créditos masivos a casi cualquier persona y empresas, produciendo un aumento artificial del consumo y las importaciones (que durante el periodo 76-81 crecieron en promedio anual del 26%). Entre 1973 y 1982 la deuda externa de las empresas (medida en dólares) aumentó de 3.500 a más de 17 mil millones de dólares.   El crédito doméstico subió de 25% en 1976 al 64% del PIB en 1982. Esta dinámica estuvo en la base del llamado “milagro” del 76 al 81, y reventaría de forma catastrófica en 1982. [2]

La “crisis mundial de 1982” se inicia con el alza del precio del petróleo producto de los conflictos árabes y con el fin del ciclo de post guerra que había sido tan favorable a los Estado Unidos y que, entrando en la década de los ochenta ya mostraba signos de recesión, obligándolo a cuidar sus intereses. También, en ese período se produjo una fuerte baja del valor de las materias primas, entre ellas el cobre (- 40%). A la vez, al incrementar las tasas de interés en EEUU (sobre un 20% en 1980) se produjo una “crisis de la deuda” en los países latinoamericanos.

En el caso chileno, en el año 1982 estaban dadas las “condiciones internas” para provocar una parálisis generalizada al coincidir bancos sobre expuestos con empresas sobre endeudadas, lo cual desnudó la verdadera razón del publicitado crecimiento económico de Chile, conducido por los economistas discípulos de Milton Friedman, mostrando que se trataba de un crecimiento artificial basado en un endeudamiento extremo.  

De paso, esta crisis también desató un conflicto político en la Junta Militar, por la negativa del ministro de Hacienda a que el Estado interviniera, hasta que los mismos gremios empresariales que propiciaron el golpe de estado, decidieran presionar a la Junta para que devaluara la moneda y reemplazara al ortodoxo Sergio de Castro por Sergio de La Cuadra más “sensible” a las demandas del mundo empresarial.  Efectivamente todo ello ocurrió y, en Abril de 1982, se puso fin al tipo de cambio fijo, medida que incrementó abruptamente en un 50% las deudas que estaban contraídas mayoritariamente en dólares por los bancos y las empresas, teniendo como consecuencia, que hubiese una brutal   “limpieza” en el territorio empresarial que implicó la quiebra de 810 empresas, incluyendo unos pocos bancos.

Finalmente, la vía de salida de la crisis elegida por la dictadura y su equipo económico, consistió en que el Estado interviniese “nacionalizando” 14 bancos (de 26) y 8 financieras (de 17), siendo los más importantes el BHC y el Banco de Chile (Vial), y el Banco de Santiago (Cruzat-Larraín), intervención que no fue otra cosa que transformar deudas privadas en deuda pública. O sea, con el dinero público (de todos los chilenos) se “rescató” a los grandes bancos y a los grupos económicos.  Y, como era de esperar, poco tiempo después los bancos “nacionalizados” fueron re – privatizados y se decretó una nueva Ley General de Bancos, que permitió anular de facto las deudas pendientes.

En los mismos días que se llevaban a cabo estos ”rescates”, el desempleo se disparó como consecuencia inmediata de las quiebras y de la espiral de deudas.   Según datos de Patricio Meller el desempleo llegó al 26,1% en 1982 y 31,3% en 1983, lo que forzó al Estado a crear a fines de 1982 el, “Programa de Obras para Jefes de Hogar” (POJH), que llegó a tener más de 200 mil empleados, que recibían alrededor de un tercio del sueldo mínimo, y trabajaban en obras no productivas. A esto se sumó al “Programa de Empleo Mínimo” (PEM), creado en 1975 con características parecidas. O sea, mientras había un gran rescate a los bancos y grupos capitalistas, la desocupación masiva hacia los trabajadores era enfrentado con programas de ayuda miserables (cualquier parecido con la actualidad no es pura casualidad)

Todo esto provocó que, aún en condiciones tan adversas para actuar como eran las bayonetas de una dictadura sanguinaria,  el pueblo despertara y reaccionara, en 1981, con las “Marchas del Hambre” por el centro de Santiago, que anticipó la ocurrencia, en 1983, de la primera protesta nacional de masas convocada por los sectores mineros y el Comité Nacional de Trabajadores, con la que, el pueblo trabajador ya cansado de su miseria y de los reiterativos ajustes económicos que lo perjudicaban, se tomó las calles, amenazando abiertamente a la estabilidad política de la dictadura. La movilización popular se desarrolló a través de reiterados paros productivos en la minería y se desplegó después en el copamiento de las avenidas citadinas y en diversas formas de resistencia callejera en las poblaciones. Y este estado de rebelión popular se prolongó durante los años siguientes bajo la consigna “pan, paz, trabajo y libertad”.

Al amparo de estas movilizaciones,  las fuerzas de oposición a la dictadura pinochetista se fueron reorganizando y  concertando en torno al objetivo de forzar el fin de la dictadura que, desde la crisis del 82, no sólo evidenciaba un claro  desprestigio, sino  sucesivos quiebres al interior del bloque oficialista, debido, entre otras cosas,  al indisimulado y excesivo afán del dictador de concentrar y retener  todo el poder en su mano, que lo llevó a cometer el error de intentar sortear los espurios acuerdos semi secretos de las debilitadas alianzas oficialistas fundantes de su poder, apelando a una votación plebiscitaria que,  gracias a la efectiva acción de la concertación política más exitosa de esos años, le fue estrepitosamente adversa.

Hay analistas que empiezan a ver que el escenario de la crisis de 1982 y sus efectos muestra elementos similares a los que se observan actualmente, entre otras cosas porque ya se están discutiendo medidas similares a la del 82, en el contexto de un mundo que debate si cae o no a una nueva depresión planetaria. Entre otros elementos de juicio, anuncian que, en nuestro país, habrá una caída económica de las más grandes del último tiempo; con una Bolsa de Valores que ha caído fuertemente todo este año; un precio del dólar ha ido subiendo desde el año 2018 y, según la consultora Plusmining, con muchas de las empresas mineras cupríferas que venían operando a pérdida.

La pandemia del Covid-19 ha agravado fuertemente una situación que ya mostraba severas dificultades en importantes sectores económicos y en los índices de desempleo que amenazaban alcanzar niveles históricos.  Por su parte, el Banco Central, sugiere que la situación económica empeorará y llama a prepararse para una crisis de magnitudes históricas.

Los planes del gobierno parecen traslucir la idea de repetir las mismas fórmulas utilizadas en la crisis de 1982.  A “mayor abundamiento” (como dicen los abogados),  el economista  Rolf Lüders, aventajado alumno de Milton Friedman, ex biministro de Hacienda y Economía de la dictadura (30/08/82 al 14/02/83), al  responder a las preguntas de una entrevista de El Libero,  sobre las lecciones aprendidas durante la crisis económica del 82 que pudieran servir ahora, dice: Es conveniente mantener a todas las empresas viables en hibernación, de tal manera que, cuando se reactive la actividad económica, no se pierda tiempo y esfuerzo en reconstruirlas. Una segunda lección fue que hay que tener en todo momento un sistema financiero sano. Por motivos muy válidos – la privatización de las empresas nacionalizadas en períodos anteriores y el deseo de crecer – los agentes económicos chilenos se endeudaron fuertemente.

¡Está clarísimo!, propone lo mismo que hicieron en el año 1982, es decir,  poner a disposición de las grandes empresas y los bancos,  millones de dólares de los fondos públicos para el “rescate” de sus deudas generadas “por motivos muy válidos” (¿?) y dejar que el pueblo trabajador siga utilizando sus ahorros previsionales y fondos de cesantía para subsistir en medio de confinaciones obligatorias que le impiden trabajar y obtener ingresos    Paralelamente, de tiempo en tiempo Piñera anuncia pomposamente algún bono u otro tipo de beneficio focalizado siempre insuficientes y autocorregidos por las “letras chicas”.

Hay quienes argumentan que la comparación de los dos momentos históricos, no es válida porque en el año 1982 Chile estaba bajo una dictadura y ahora vivimos en democracia.   Sin embargo, un primer elemento común es que en ambos momentos la economía del país estaba gestionada según los principios neoliberales, los que, por nuestra propia experiencia histórica, sabemos que quienes los profesan se sienten igualmente cómodos en una dictadura que en una democracia controlada.

Otro aspecto en común entre lo ocurrido en los años ochenta del pasado siglo, y lo que viene ocurriendo en los primeros decenios del presente siglo, son las reiteradas expresiones de molestia e insatisfacción del pueblo trabajador con el indignante[3] modo de vida al que el “modelo” neoliberal – presente en ambos períodos –  lo ha sometido y lo sigue haciendo.

 2.  Los “Despertares de Chile”

      2.1.  La “Marcha del Hambre” de 1982

Durante el año 1982.   el 22 de enero, murió envenenado el ex presidente Eduardo Frei Montalva en la Clínica Santa María y un mes después, el 25 de febrero, era asesinado por degollamiento y disparos de armas de fuego el presidente de la ANEF (Agrupación Nacional de Empleados Fiscales), Tucapel Jiménez. Ambos se encontraban trabajando por la unidad social y política para enfrentar la dictadura y ponerle término.[4]  A estos crímenes se sumaron los de los militantes comunistas José Manuel Parada, Manuel Guerrero Ceballos y Santiago Nattino, quienes fueron degollados por carabineros, en el mes de marzo de 1985, todos asesinatos inútiles pero demostrativos de la conocida cobardía de Pinochet, a la que se unió entonces la desesperación por el desprestigio y creciente aislamiento de su tiranía.

En este contexto y como respuesta a las políticas económicas abusivas de la dictadura, el jueves 19 de agosto de 1982, se desarrolló en el centro de Santiago la primera “Marcha del Hambre” en contra de la dictadura. Fue un antecedente directo de las Jornadas de Protesta Nacionales que irrumpieron el 11 de mayo del año siguiente, y que fuero haciendo tambalear a la dictadura. Éste un dato histórico que muestra que el fin de la dictadura no sólo se logró “con un lápiz” durante el plebiscito de 1988.

 Fue en esa ocasión donde, por vez primera, aparecía la policía uniformada con cascos y escudos, golpeando en forma inmisericorde a los manifestantes y, también por primera vez, se lanzaban gases lacrimógenos en el centro de Santiago, hechos que se repetirían desde entonces una y otra vez.  A pesar de esta represión y de los crímenes que pretendían provocar temor en la población, fue quedando crecientemente claro que ya se le había perdido el miedo a las atrocidades que podía realizar la dictadura.

Uno de los efectos directos de la movilización popular fue el surgimiento de una estrategia propiciada por el bloque oficialista cívico – militar, orientada a “institucionalizar” rápidamente su modelo de desarrollo.  Con tal propósito se impuso la Constitución de Jaime Guzmán y se puso en marcha un nuevo sistema previsional, creado por José (el hermano “inteligente” de Piñera)  consistente en la cesión obligatoria (expropiación) de parte de las remuneraciones de los trabajadores para constituir un Fondo administrado por varias  empresas privadas (AFP), cuyas ganancias provienen de los negocios que logren hacer con los dineros de ese Fondo y, por ello no debiera sorprender la paradoja de este sistema que, al mismo tiempo, entrega pensiones paupérrimas a los afiliados y ganancias escandalosas a sus accionistas.  También se inició la municipalización de la enseñanza y se aplicó una nueva Ley General de Universidades.

Sin embargo, en ese entonces como ahora, las cosas no andaban bien y, contradiciendo los mensajes triunfalistas de la dictadura, el Departamento de Economía de la Universidad de Chile informaba que en marzo de 1982 la tasa de desocupación nacional había llegado al 19,4 por ciento, pero, al ser corregida por el Centro de Estudios Económicos y Sociales VECTOR, esta tasa subía a un 26,2%, al agregarle el Programa de Empleo Mínimo (PEM).  Por su lado, la Sindicatura General de Quiebras informaba de un gran número de quiebras en todo el país.  Entretanto, la dictadura admitía que el Banco Central había desembolsado de 30 mil millones de pesos para salvar a ocho instituciones intervenidas por el Estado.

Hasta León Vilarín, presidente de la Confederación Nacional de Dueños de Camiones y uno de los promotores del golpe de estado, denunciaba la política económica de la dictadura advirtiendo que, el 50 por ciento de los camioneros estaba cesante. De similar manera el directorio de la Confederación de Trabajadores del Cuero y el Calzado informó que “el sector tiene un porcentaje cercano al 47% de cesantía”. La Universidad de Chile informaba que el 50 por ciento de los matriculados no estaba en condiciones de seguir cancelando las cuotas mensuales.

En medio de este descalabro, la autoridad empezó a tomar sus resguardos, situando piquetes de Carabineros en puntos estratégicos del centro: al costado de la Plaza de Armas, en Ahumada con Alameda y en la Estación Los Héroes del Metro, pero los hechos  tuvieron como escenario el Paseo Ahumada”, donde se dejaron oír los primeros gritos de ‘Pan, justicia, trabajo y libertad’ y fue quedando claro que los manifestantes superaban con claridad las posibilidades de control por parte de las fuerzas de orden y la determinación de los manifestantes llegó al punto de que arrebataron a la fuerza pública a algunos detenidos, sin que pudiera impedirlo”.

La Vicaría de la Solidaridad en su Informe mencionaba “el 19 de agosto, a partir de las 19 horas, se desarrolló en el centro de Santiago, particularmente en el Paseo Ahumada, una manifestación pacífica en la que un elevado número de personas protestó por la situación económica que atraviesa el país, aludiendo particularmente al flagelo del hambre”, añadiendo a continuación que : “Efectivos del Cuerpo de Carabineros se hicieron presentes en el lugar, con la finalidad de poner término a la manifestación, para lo cual se hicieron uso de bombas lacrimógenas y procedieron a la detención de numerosas personas, que la prensa hizo llegar hasta 34, de las cuales 31 concurrieron hasta el Departamento Jurídico de la Vicaría de la Solidaridad en busca de amparo jurídico”.

Fue también la primera vez que se escuchó gritar “el pueblo unido jamás será vencido.

2.2.  El “Estallido Social” de 2019

Al contrario de lo que, a mediados del año 2019, afirmaban algunos políticos conservadores y el gobierno, Chile no era (ni mucho menos) un tranquilo y exitoso país.   En realidad, desde hacía mucho tiempo se arrastraba una confrontación política y sindical – a veces abierta y, otras, soterránea – al amparo de un Estado con una larga tradición impulsora de iniciativas de desarrollo a través de entidades públicas como la Corfo, Sercotec y otras.  

Esta tradición fue abruptamente interrumpida por el golpe militar de 1973 que instaló un régimen dictatorial que duró 17 años.  Durante algunos años posteriores al retorno a la democracia, el país pareció confirmar la imagen de tranquilidad y estabilidad, no obstante los reiterados conflictos – especialmente derivados de las demandas juveniles – que fueron ocurriendo año a año y que culminaron con el masivo “estallido social” del 18 de octubre 2019.

Inmediatamente surgieron diversas reacciones frente a este evento, en las que hubo dos puntos de relativo consenso: El primero, se expresó en la frase “Nadie lo predijo” y, el segundo, se reflejó en la expresión “Chile despertó”.  Pero, en los días posteriores al “estallido”, se confrontaron dos miradas políticas con posturas disímiles sobre cómo tratar la molesta social:

  • La postura del oficialismo – que ya comenzaba a resentir la caída de la aprobación ciudadana – mostró claras señales de haber reconocido la fuerza y masividad del reclamo social, y cambió, de un día para otro, su estilo comunicacional triunfalista[5] y arrogante, lo que, sin embargo, no fue bien recibido por la ciudadanía que lo interpretó como una maniobra discursiva destinada a maquillar su imagen e intentar preservar su autoridad.   Encuestas posteriores demostraron que este cambio de estilo no sólo no mejoró la credibilidad del presidente y su gobierno, sino todo lo contrario.
  • Por otra parte, la oposición, se mostró claramente desconcertada, sin liderazgo y con escasa capacidad de convocatoria, hacía intentos tenues de participar en las iniciativas de salida de la crisis, articulando algunas propuestas de escasa influencia, muchas veces enredadas con críticas inconducentes y débiles, sin asumir con convicción y mirada larga, el enorme impacto cultural generado por el contenido de las marchas de octubre. Mucho menos pudo consensuar y proponer un proyecto país que integrara y potenciara las aspiraciones sociales que surgieron, en lo que preferimos llamar la Rebelión de Octubre[6]

Inicialmente se dijo que el “Estallido[7] Social”, fue gatillado por un alza de 30 pesos en la tarifa del Metro de Santiago, calificada por muchos como “la gota que rebasó el vaso”.  Desde sus inicios, la movilización mostró una combinación de concentraciones masivas pacíficas con una relativa diversidad de acciones violentas focalizadas   

 Pasada la sorpresa y, en algunos casos, el estupor inicial, surgieron dos interpretaciones principales sobre lo sucedido:

a) Una, de contenido político contingente, supuso que el estallido ocurrió porque el alza de la tarifa del Metro se sumaba a otras anteriores de varios servicios públicos y privados, la mayoría de ellas considerados excesivas y que, en conjunto, implicaban una presión excesiva sobre realidades familiares caracterizadas por salarios y pensiones demasiado bajas.  Desde esta lectura, algunos creyeron (entre ellos el gobierno), que la solución era revisar algunas de las demandas e implementar un conjunto de medidas “remediales” o paliativas que el gobierno tituló la “Agenda Social” y que algunos medios irónicamente la motejaron como la “lista de supermercado”.

b) Otra, de contenido más sociológico, afirmaba que el evento era la expresión de un decidido ¡Ya basta! a las desigualdades y a los abusos del modelo de desarrollo vigente y, por eso, a muy poco andar, surgió un llamado a respetar la dignidad de cada persona y de la gran mayoría de los habitantes del país. “No son 30 pesos, son 30 años” se gritaba en las marchas.  Esta interpretación señalaba que las manifestaciones respondían a causas de larga data, por lo que ya no se trataba de resolver la crisis con algunos ajustes remediales, sino de pensar en cómo iniciar un proceso de cambios más profundos al modelo de desarrollo imperante en el país. Por eso, es un hecho lamentable la ausencia de un proyecto progresista transformador.

En ambas miradas, la presencia de los actos violentos fue inicialmente considerada un fenómeno lateral y minoritario y, sobre esta base.  se puso término al estado de emergencia en un relativo poco tiempo, afirmándose en la idea de que “el estallido social” era mayoritariamente pacífico. Sin embargo, al cabo de un par de meses de atentados incendiarios, saqueos, asaltos y agresiones, la violencia se fue convirtiendo en un fenómeno que dejó de ser marginal y se apropió de los titulares de los medios masivos de comunicación, con lo cual se tensionó fuertemente la vida de todos y, lo que es peor, empezó a generar condiciones para enfrentamientos entre vecinos, aunque muchas veces, opinasen lo mismo respecto de las demandas sociales.

Es conveniente distinguir dos posibles contenidos emocionales presentes en los hechos de octubre:  la indignación y el resentimiento, expresado el primero en la masiva movilización pacífica y, el segundo, por los grupos implicados en actividades violentas acaecidas simultáneamente con las marchas.  La indignación es la emoción que surge cuando hay que defender la dignidad y, por lo general, no necesita utilizar la violencia.   En cambio, el resentimiento es una rabia encarnada, frecuentemente presente en quienes viven o han vivido sistemáticas frustraciones de sus deseos o aspiraciones. Es el caso de quienes se sienten marginalizados o discriminados por el sistema.   El resentimiento, al contrario de la indignación, cuando puede expresarse, suele hacerlo violentamente.  Pensamos que la evolución del proceso abierto en octubre depende, en buena medida, del control social que se lograra sobre la violencia surgida del resentimiento social, porque, entre otras consecuencias, de ella podrían aprovecharse los narcos, los delincuentes o los grupos más extremistas, por separado o combinados. Por eso conviene entender mejor en qué consiste la violencia social o “anti sistémica”

Tanto la Marcha del Hambre como la Rebelión de Octubre muestran, un pueblo capaz de reaccionar ante las situaciones que lo afectan injustamente, pero también deja constancia del claro vacío de un liderazgo consistente y coherente que pueda conducirlo en el proceso de cambio hacia un modo de vida más justo y equitativo.  Esta carencia explica la suerte de pulsación de las vivencias populares entre sus largos estados de pasividad resignada y algunos estados de movilización casi anárquicas y potencialmente violentas

En consecuencia, es necesario y urgente que las fuerzas democráticas, progresistas y de izquierda del país, colmen prontamente el espacio vacío de liderazgo y asuman con entusiasmo los compromisos que emergen de la gran tarea de ser protagonistas activos de un mejor futuro para Chile.  Esto significa que todos aquellos partidos, movimientos, organizaciones, grupos y personas que han decidido, participando honradamente en la hermosa tarea de construir un país mejor para todos, se sumen con generosidad a la tarea común de erradicar definitivamente al neoliberalismo de nuestro país, tal como se hizo con la dictadura en los 80’s del pasado siglo

Pero, eso sí también es necesario hacerse cargo de lo que les (NOS) pasó a estas mismas fuerzas después de su última exitosa concertación, formada para terminar con la dictadura.  Y, aparentemente, esto no será tan sencillo porque el mundo político más  progresista se diversificó orgánicamente (léase dividió) y parece haber rigidizado y/o aburguesado su capacidad de reflexión.

Por ejemplo, hace algunos años un senador expresó: “Nosotros no vamos a pasar una aplanadora, vamos a poner aquí una retroexcavadora, porque hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura”.  Que esta frase haya despertado una reacción furibunda en los medios y en los dirigentes de la derecha era perfectamente esperable.  Lo que sorprende es que ocurrió prácticamente lo mismo en los sectores progresistas o en parte de ellos (salvemos algunas pocas caras), sabiendo, a esas alturas, que el neoliberalismo es un régimen que produce directamente odiosas desigualdades e indirectamente diferentes formas de violencia.

“Durante 40 años, las élites en países ricos y pobres prometieron que las políticas neoliberales conducirían a un crecimiento económico más rápido, y que los beneficios se reducirían para que todos, incluidos los más pobres, estuvieran mejor. Ahora que la evidencia está disponible, ¿es de extrañar que la confianza en las élites y la confianza en la democracia se hayan desplomado?”[8]

El autor se suma a muchas otros que opinan que la credibilidad del pensamiento neoliberal, en especial de su desmedida fe en que la total desregulación de los mercados es la forma más segura de alcanzar la prosperidad, esté profundamente disminuida, frente a la consistente evidencia que ello ocurre en períodos cortos y casi siempre con consecuencias destructivas para las mayorías.  Esta pérdida de confianza es particularmente nítida en los casos en los que el neoliberalismo actúa bajo regímenes democráticos, y, desgraciadamente, a costa del debilitamiento de la confianza en la democracia.    

En todos los países (ricos o pobres) las élites prometieron que las políticas neoliberales llevarían a más crecimiento económico, y que los beneficios se derramarían de modo que todos, incluidos los más pobres, estarían mejor que antes. Pero hasta que eso sucediera, los trabajadores debían conformarse con salarios más bajos, y todos los ciudadanos tendrían que aceptar recortes en importantes programas estatales. ¿A quién se le ocurre que la contención salarial (para conseguir o mantener competitividad) y la reducción de programas públicos pueden contribuir a una mejora de los niveles de vida?” [9]

Los efectos de la liberalización de los mercados de capitales fueron particularmente nefastos ya que, si un postulante o el titular de algún cargo importante (presidencia, por ejemplo) no era del agrado del corazón financiero del mundo, o incluso del de su país, las instituciones financieras entran inmediatamente en acción para reducir o destruir las posibilidades de que pueda lograr sus propósitos (fue el caso del presidente Allende). Si se considera que estas instituciones forman parte del núcleo central del modelo neoliberal, sus acciones pueden ser muy efectivas, para bien o para mal, pero siempre dentro del espacio de sus conveniencias.

Sin embargo, la desigualdad y la estratificación social, así como el individualismo y el abuso en sus diferentes formas, fueron emergiendo dentro del poco feliz legado del «modelo» que por aquel entonces llamaban «de economía de mercado» y al que hoy se define como neoliberal. Si se analiza el asunto más en profundidad, habrá que admitir que también la delincuencia y el narcotráfico se relacionan con las consecuencias de ese estado de cosas generado por el trasfondo de injusticia social y falta de oportunidades de miles de jóvenes[10].

3.  Dictadura y “Dictablanda”

Son muchos los autores que denuncian la existencia de una preocupante “fragilidad” de las democracias y advierten de dos posibles “salidas” indeseables: su reemplazo por una dictadura y la retención en el tiempo del modelo (neoliberal) que las daña. Revisemos los rasgos de ambas:

REGIMEN DICTATORIALREGIMEN NEOLIBERAL
Son gobiernos de facto, es decir, no están reconocidos en el marco legal de un determinado Estado y por lo general sólo lo utilizan como medio para lograr sus objetivosBuscan que el Estado sea reducido a una mínima expresión, conservando sólo aquellas funciones relacionadas con la seguridad nacional y las acciones de policía interna, excluyéndolo expresamente de toda actividad económica,  
No existe una separación de poderes. Por el contrario, el poder se concentra totalmente en el dictador y en el sector que lo rodea.Existe una separación formal de poderes, pero se las arreglan para que las atribuciones del poder que controlan sean tales que les permita actuar casi sin contrapeso. Cuando controlan un régimen presidencialista buscan maximizar las atribuciones del Ejecutivo  
Las decisiones en las dictaduras son tomadas de manera arbitraria. El dictador y la élite gobernante se toman la libertad de actuar de espaldas a la ley o dictan leyes acomodaticias a fin de lograr sus propósitos y, si pueden, perpetuarse en el poder.  Afirman que la libertad económica es la madre de todas las libertades y la sitúan por sobre las libertades políticas, por lo cual no requieren la democracia y funcionan perfectamente bajo regímenes autoritarios.
No existe el estado de derecho, esto es, el respeto al principio de que todos los habitantes de la nación, son iguales ante la ley y deben responder por igual ante ella.Aceptan y normalizan como algo “natural” la existencia de desigualdades, asignándoles, además, la cualidad de ser un factor potenciador del desarrollo individual y económico.   
Hacen todo lo posible para eliminar y destruir a los partidos políticos de raigambre popular y procuran hacer lo mismo con las organizaciones sindicales, para lo cual los   ilegalizan, persiguen y los obligan a subsistir en la clandestinidad.Consideran a los trabajadores un recurso fungible de los procesos productivos, y, por lo mismo, buscan anular y reducir cualquier forma de organización sindical o política que los represente, a fin de    forzar que reciban una fracción mínima de los frutos del crecimiento económico.  
El gobierno dictatorial ejerce control y censura de los medios de comunicación, lo que implica la supresión de la libertad de opinión y la libertad de prensaTienden a controlar los procesos de comunicación social, accediendo a la propiedad de los medios de comunicación o subordinándolos a normas y regulaciones respetuosas del «modelo».  

Observando este cuadro comparativo se puede decir que no hay una gran diferencia entre los principales rasgos de un régimen dictatorial y un régimen neoliberal, y, por lo mismo, queda más claro porqué el neoliberalismo se siente igualmente cómodo en una dictadura y en una democracia tipo “dictablanda”, como la que existe en Chile.

Emerge así, con mucha nitidez, otra similitud entre la situación de los años finales de la década de los 80’s del pasado siglo, donde el desafío que debieron asumir las fuerzas democráticas progresistas fue erradicar el régimen dictatorial y reponer la democracia representativa arrebatada por las armas ,  y la situación actual, que claramente le está señalando a las fuerzas democráticas, progresistas y de izquierda que DEBEN asumir el actual desafío de construir una nueva y gran Concertación cuya misión histórica sea  erradicar definitivamente de Chile el modelo de desarrollo neoliberal y transformar la actual “dictablanda” en una democracia participativa


[1] Gabriel Muñoz, Artículo: “1982: Cómo la Dictadura y los capitalistas fraguaron la peor crisis de la historia”, La Izquierda Diario Chile, 6/abril/2020

[2] Gabriel Muñoz, Artículo citado, abril/2020

[3] La indignación, es la expresión de la emoción responsable de defender la dignidad de cada persona o grupo.

[4]  Víctor Osorio Reyes, Crónica Digital, 19/08/2019

[5] Un buen ejemplo fue el discurso del “oasis”, pronunciado por el presidente Piñera, pocos días antes del “estallido”

[6] En Filosofía Política el derecho de rebelión, es un derecho reconocido a los pueblos frente a gobernantes de origen ilegítimo, o que teniendo origen legítimo han devenido en ilegítimos durante su ejercicio, que autoriza la desobediencia civil o al uso de la fuerza con el fin de reemplazarlos por gobiernos que posean legitimidad.

[7]  La noción de “estallido” sugiere un acto espontáneo, transitorio y sin seguimiento, pero no es el caso.

[8] Joseph Stiglitz, El fin del neoliberalismo y el renacimiento de la historia

[9] Joseph Stiglitz. Op.cit.

[10] María Olivia Monckeberg, La raíz del estallido y el fracaso del modelo neoliberal, Palabra Pública, 11/12/2019

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1 Comentario en “CHILE DESPERTÓ” ¿Y NOSOTROS?

  1. ¿Chile Despertó?
    Y, el presidente de la república otros «connotados» acumuladores de riquezas chilenas, no sólo siguen ganando y acumulando, si no que además dirigiendo el país, controlando el gobierno, el parlamento y los medios de comunicación.
    ¿Cambió Chile realmente señor Núñez?
    espero su respuesta.

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