Existir es fácil, vivir un tanto más complejo. ...Pero vivir comprometido con un cambio de las injusticias sociales, humanas, económicas y medioambientales, eso sí es difícil, pero realmente valioso, eso es vivir de verdad!!!
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Chile, un país serio

El 21 de marzo de 2020, el entonces Ministro de Salud, Jaime Mañalich, en conferencia de prensa sorprendió con una pregunta inusitada: ¿Qué pasa si el virus muta y se pone buena persona? Su frase fue replicada por los medios de todo el mundo y, por supuesto, fue objeto de burlas y chistes a través de los memes en redes sociales.

Cinco meses más tarde, 29 de agosto de 2020, Sebastián Piñera fue más confrontacional y corajudo y, según reprodujo El Mercurio, expresó: “Un virus microscópico e invisible pero letal y muy destructivo, que se llama coronavirus y que yo le pido como Presidente de Chile, que nos deje tranquilo (sic) y se vaya del país”. Hasta el momento de cierre de este comentario, aún no se conocía la respuesta del agente patógeno.

Chile, a través de los años, logró consolidar la imagen de un país serio, se autodefinió como “los ingleses de América”, en dictadura creó el eslogan soberbio de “Abran paso, que aquí va Chile” y se permitió burlarse de las naciones bananeras.

Nos creímos el cuento de que nosotros éramos distintos, blancos no mestizos, casi de una raza superior.

Ahora, aunque resulte doloroso reconocerlo, la realidad nos está golpeando con inusitada fuerza.

Aunque la “prensa seria” de repente dejó de publicar las estadísticas mundiales y regionales de la pandemia sin explicación alguna, finalmente la verdadera verdad terminó por aflorar.

El reporte semanal, con cifras oficiales al 28 de agosto pasado, fue categórico.

En el número de contagios, traducido en cifras comparables, Chile ocupa el primer lugar en el mundo con 21.208 por millón de habitantes. Nos siguen en la fila, Perú (18.823), EE.UU. (18.394), Brasil (17.916), Sudáfrica (10.435) y Colombia (11.586). España, aparece lejos con 9.744 infectados.

En el número de víctimas fatales, la cuenta es encabezada por Perú con 856 muertos por millón de habitantes, seguido por España con 620 y luego Chile con 582. En el “barrio”, Bolivia alcanza las 410 víctimas y Ecuador, 368.

No se trata de usar estos datos para hacer críticas de carácter político sino de la necesidad imperiosa e ineludible de tomarlos muy en serio. Es imposible olvidar que si no hubiese sido por la insistente denuncia de la ONG Espacio Público, seguiríamos navegando en un mar de dudas acerca de la exactitud de los informes oficiales. Aún hoy, al total oficial de 11.132 fallecidos, no se han sumado, con excusas pueriles, más de 3.000 casos asociados a la infección.

Las preguntas que el país obligadamente se hace son: ¿Pudimos haberlo hecho mejor? ¿En qué fallamos?

El domingo 30 de agosto, el oficialista diario El Mercurio titulaba: “Tras seis meses de pandemia, Chile acumula elevadas tasas de muertes y contagios por millón de habitantes”, destacando en un epígrafe: “Si tasa de fallecidos por millón de personas fuera la de Uruguay, habría menos de 200 muertes”. Las condiciones generales de este son muy similares a las de nuestro país.

Sin entrar a especular muy finamente, es posible concluir que a lo menos la mitad de las muertes eran evitables con un manejo adecuado de la crisis. El máster en Salud Pública, Juan Carlos Said en el diario puntualizó: “Desagraciadamente para el manejo de la pandemia no basta con hacer algunas cosas bien sino que hay que hacerlas todas bien. Y de tres cosas que había que hacer, dos se hicieron bien y en una se falló”. “El aumento del testeo y el reforzamiento de la red sanitaria fueron los puntos altos, mientras que “la falta de capacidad para cortar la “cadena de contagios” ha sido el talón de Aquiles”.

Dicha crítica a esta altura del partido puede hacer aparecer a quienes la formulan como “generales después de la batalla”. Categóricamente ello no es así. A pocos días del 3 de marzo (primer caso) el Gobierno se empecinó en centrar su acción en el tratamiento curativo de los contagiados (hospitalizaciones, camas, respiradores), entregó mensajes ambiguos a la ciudadanía que desdibujaron la gravedad de la situación y con un elevado nivel de irresponsabilidad empezó a hablar en el ápice de la crisis del “retorno seguro” y de la “nueva normalidad”. Es imposible olvidar que solo tardíamente se incorporó al personal de la salud primaria a las tareas de identificación de casos (arguyendo que eran datos privados y que podían causar pánico) y al proceso de seguimiento y trazabilidad, acciones que habrían podido, como se señaló, “cortar la cadena”. Cuando en diversas regiones y localidades del país los índices muestran un peligroso incremento, focalizarse en forzar el retorno a clases como si el día “D” estuviese superado, es una irresponsabilidad mayúscula.

Precisamente hay consideraciones que no pueden evadirse como base de sustentación de políticas públicas de salud, inmediatas y de largo plazo: 1) Que la pandemia del corona virus se encuentra lejos de estar superada; afirmar lo contrario, es mentir; 2) Que, de acuerdo a todo lo advertido por los organismos internacionales del área (OMS; OPS), por universidades y centros científicos de investigación de alto nivel, no es posible descartar la eventualidad de nuevas pandemias en lo futuro.

Si no somos capaces de aprender de la dolora experiencia que estamos viviendo y de actuar en consecuencia, podríamos decir que nuestros muertos han sido inútiles.

Más tarde, vendrá el momento de pasar facturas. Porque, a fin de cuentas, alguien tendrá que responder.  

Los muertos inútiles, los muertos evitables.

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