La ciencia y la tecnología inciden de modo significativo en la vida social y humana... ¿ y qué pasa con la espiritualidad, la ética los valores, la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría y el desarrollo humano?
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¿Civiles civilizados?

Patricio Schwaner Saldías

Docente de Filosofía Universidad Católica de la Santísima Concepción

Desde que di mis primeros pasos en la filosofía consideré oportuno abrir mis oídos a las frases más sencillas, pero profundas. Es así como recuerdo una de las más emblemáticas que pudo haberme dicho mi padre, a saber: “Hay favores que nunca terminan de pagarse”. Esta afirmación en rigor critica deja de manifiesto que vivimos en medio de una sociedad hostil y despersonalizada, frente a la cual todo favor que podamos recibir debe ser mirado con sospecha. Esto, no significa que tengamos que convertirnos en desconfiados, sino que situemos nuestra reflexión en la profundidad que encierra el hecho de ser humanos, junto con analizar cuáles son las implicancias ocultas de algunas acciones sociales.

Al respecto, podría precisar que somos racionales, aunque quizá el peso absoluto de la afirmación se encuentre en la conciencia que tenemos de esta misma racionalidad, puesto que nos permite saber que podemos alcanzarlo todo, incluso cuando los medios que usamos no son los más decentes. Así, van algunos por la vida jugando a ser dioses, cuando en realidad sus aspiraciones más profundas tienen su raíz en la fragilidad de sus emociones.

El filósofo italiano Nicolás Maquiavelo señala: “Nunca intentes ganar por la fuerza lo que puede ser ganado por la mentira”. Este razonamiento es una máxima imperativa en los tiempos que corren, quiero decir, por una parte, se busca evitar el uso de la fuerza, pero por otra se propicia el arte del engaño. Este mal humano es tremendamente nefasto en una sociedad donde queremos realzar la reflexión humana, sin embargo, en el modelo de sociedad en que vivimos se encuentra del todo normalizado.

Por su parte el filósofo inglés John Stuart Mill afirma: “La naturaleza humana no es una máquina que se construye según un modelo y dispuesta a hacer exactamente el trabajo que sea prescrito, sino un árbol que necesita crecer y desarrollarse por todos lados, según las tendencias de sus fuerzas interiores, que hacen de él una cosa viva”.

Desde esta perspectiva logro entender un poco más el significado de la afirmación inicial, puesto que somos libres, porque podemos elegir, pero debemos elegir fuera de todo encuadramiento, es decir hacerlo para que forme parte constitutiva de nuestra identidad personal.  Por esto recibir favores sin mediar “costo alguno” puede poner en serio riesgo nuestra libertad futura. Quiero decir, si tenemos la capacidad de autodeterminarnos debiéramos guiarla a lo más perfecto y no a la simplicidad de quienes nos buscan como medio útil para alcanzar sus fines.

Stuart Mill postula: “¿Qué es lo que más distingue las instituciones, las ideas sociales, la vida de los tiempos modernos, de la de los pasados y caducos? Que el hombre ya no nace en el puesto que ha de ocupar durante toda su vida; que no está encadenado por ningún lazo indisoluble, sino que es libre para emplear sus facultades y aprovechar las circunstancias en labrarse la suerte que considere más grata y digna”.

De este modo, el hombre está abierto frente al universo, ha sido “eyectado al mundo” como diría Heidegger, por lo que el rango de sus posibilidades será siempre un permanente descubrimiento. Sin embargo, la sociedad que nos rodea camina por senderos opuestos, es decir, procura homologar la existencia humana, por esto los comerciales televisivos promueven estilos tan bien marcados, esto para que vivíamos sin preguntarnos el ¿Para qué? de nuestra vida cotidiana.

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