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Cuerpo, poesía y dolor en tiempos de penuria

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

En su clásica elegía “Pan y vino”, el poeta alemán Hölderlin pregunta: “¿Y para qué poetas en tiempos de penuria?”. La respuesta,  sobre todo en los momentos que vive nuestro país, debería ser evidente: porque la poesía es la otra voz, como afirma Octavio Paz. Porque el arte viene a llenar esa escasez esencial aportando otro sentido a la vida. Sin ella todo es precario y menesteroso,por eso la poesía y los poetas.

Siempre hemos experimentado, y seguiremos sintiendo dolor desde diferentes perspectivas y por distintos motivos. Digamos algunas cosas acerca del cuerpo, la poesía y el dolor. “Nada tiene que ver el dolor con el dolor/ nada tiene que ver la desesperación con la desesperación/ Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas/ No hay nombres en la zona muda.”

Estos versos de Enrique Lihn (1929-1988) en su libro Diario de muerte (1989), afirman algo que nos permitirá reflexionar sobre el dolor como un hecho de lenguaje y lo que ello implica. “No hay nombres en la zona muda”, escribe el poeta. La “zona muda” constituye la incapacidad total de poder comunicar y es, además, una metáfora de la muerte. La muerte, no solo como “cesación o término de la vida”, como “separación del cuerpo y el alma”, como “destrucción, aniquilamiento, ruina”, sino particularmente como un lugar y como silencio y privación. Pensar la muerte como un lugar y no como un hecho (el morir) o como alguien (la Muerte misma), es algo interesante y novedoso. Y precisamos que ese lugar no es el cementerio que, en griego, significa dormitorio, sino que supone establecer dos espacios: uno desde este lado de la realidad, es decir desde nosotros, desde lo que podríamos llamar una “zona parlante o elocuente”, la conciencia de un dolor universal desesperado, casi sin remedio ni esperanza (aunque siempre haya algo humano que nos mueve en un sentido contrario) y la “zona muda” en la cual no hay facultad de lenguaje y, por lo tanto, no hay lengua, “No hay nombres”, lo cual equivale a decir en un extremo que no hay regreso: nadie ha vuelto de esa “zona muda”.

¿Cómo manifestar entonces aquello que nos duele y desde dónde hacerlo? Escuché ayer, al pasar, en una película: “Solo el dolor me dice que estoy vivo.” Más aún: “Nada tiene que ver el dolor con el dolor”, es decir, la palabra, el signo lingüístico que nombra al dolor, no tiene nada que ver con el dolor mismo. En el caso de Enrique Lihn, el poeta escribe en su lecho de muerte, tiene un cáncer terminal y escribe muriendo y, por lo tanto, en ese contexto situado siente lo viciado de las palabras, su sinsentido y su vacío, su inoperancia, y llena el dolor desde su propia reflexión sobre el dolor, desde una lúcida conciencia. Y como somos palabra, no puede salir de ella. Cumple así la función metalingüística del lenguaje: habla de la lengua con la lengua gracias a su sed creativa y a la imaginación y puede fingir, jugar, soportar el dolor y transformarlo. Y sin embargo para decir el dolor, para expresarlo, no le queda más que nombrarlo aunque no pueda traducirlo, esto es crucial. No duele la palabra “dolor”, solo el poeta puede hacerla doler en el poema. Para objetivar tanto el dolor como la desesperación y la muerte y también esas mismas palabras paradojalmente extrañas y ajenas que las nombran (“Nada tiene que ver el dolor con el dolor), el poeta Enrique Lihn las señala como “cosas” que se usan. Sin embargo, el poeta añade e insiste además, en el hecho de que “Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas”. La lengua ya no sirve, su sistema orgánico, su mecanismo, está viciado, dañado, descompuesto.

El poeta Rubén Darío en su poema “Lo fatal”, nos habla del dolor universal desesperado cuando expresa que “no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente.” Es decir que existen distintos tipos de dolor, una taxonomía del dolor y en este caso, estamos frente a un dolor ontológico. Observemos que el poeta dice que “no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo”, no de estar vivos. En otro de sus poemas “X Canto de esperanza” de 1905, aparece ya una conciencia que podríamos llamar ecológica del dolor, algo muy actual que nos enseña cómo la poesía es un modo más intuitivo, misterioso, inefable y hasta profético y visionario de acceder a la realidad: “La tierra está preñada de dolor tan profundo/ que el soñador, imperial meditabundo,/sufre con las angustias del corazón del mundo.”

El dolor también puede aparecer como signo purificador y llamado de atención, como una suerte de redención, como recurso, refugio y remedio y dar la posibilidad de provocar un cambio en los seres que han perdido el sentido de sus vidas, porque aunque exista el dolor y todo sea “casa de amargura, pasión y alarido”, como dice Gabriela Mistral, todavía queda el deseo como un ruego vehemente. En su poema “Al oído de Cristo”, la poeta expresa: “¡Oh Cristo! El dolor les vuelva a hacer viva/ l’alma que les diste y que se ha dormido,/ que se la devuelva honda y sensitiva,/casa de amargura, pasión y alarido.”

En esta relación cuerpo, poesía y dolor, existe metafóricamente un cuerpo del dolor, aunque la experiencia última de este sea siempre íntima y personal, ya que solo mi cuerpo es el que recibe el dolor y, por lo tanto, la experiencia en carne viva, pero también el dolor puede llegar a ser un dolor colectivo, algo que nos duele a todos. 

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