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De Como el vino llegó a Chile

Por Fernando Arriagada Cortés
Investigador y escritor.

Utilizando la clásica forma de titular sus notas históricas por don Aurelio Díaz Meza, en su conocida obra Leyenda y Episodios Chilenos, el tema del vino hace tiempo que es preocupación de investigadores de nuestro pasado, cuyos testimonios ya encontramos en cronistas y viajeros, los cuales señalan que, junto al trigo y los olivos, forman parte de los principales cultivos agrícolas.

Para la mayoría de los que visitan  nuestra patria, Chile tiene tres atractivos de marca mundial, como lo son sus paisaje, los productos marino y por supuesto, el vino; que en los valles generosos del país se dan con pródiga abundancia.

Muchas de nuestras preocupadas visitas nos preguntan cuando este fruto favorito de los dioses arribó a nuestro terruño. Cual ha sido su evolución. Cual es su estado actual. Preguntas que a veces tienen variadas respuestas avaladas más por la tradición que el rigor histórico.

Sabemos que los conquistadores hispanos, por las claras bulas papales, tenían la obligación de evangelizar a los habitantes de este continente nuevo para ellos. También sabemos que un rito fundamental del catolicismo romano es el sacrificio de la misa en donde el vino es un elemento básico de la liturgia.

Pues bien, dadas las enormes distancias e imposibilidad de una comunicación expedita, los misioneros y los soldados traían el preciado líquido  no solamente por exigencias religiosas, también lo hacían por todas las condiciones sociales que compartir un bueno y generoso tinto implica.

En Chile estuvo por primera vez  cuando la expedición de Magallanes cruzó el famoso paso austral, lugar que el lusitano llamó “Estrecho de Todos los Santos” por  estar ahí un 1º de noviembre de 1520. Asimismo, ese día se celebró la primera misa en tierras chilenas, con vino español de alguna botija especial.

Los conquistadores Almagro y Valdivia, trajeron misioneros y estos celebraban misas en los lugares en donde acampaban, como lo demuestran cronistas y evocan inspirados pintores.

Grande fue el dolor de don Pedro, cuando le destruyeron su incipiente fundación de Santiago en 1541 y él desolado, escribe a su rey “que ya no había vino ni para la misa”. En sus primeras ayudas por mar, llega el añorado  vino y pocos años después el soberano autoriza la plantación de las primeras cepas en tierra chilena. Son estas vides procedentes del Perú que, a su vez,  fueron traídas de las islas Canarias. Arribaron a nuestras costas seguramente en algunas de las expediciones de Juan Bautista Pastene en 1547 ó 1548. Fueron las especies vitis destivalis y la vitis rotondifolia, según el investigador Eugenio Pereira, que pronto se conocerán en Chile como la uva país.

Nos cuenta el cronista Jerónimo de Vivar que “hay viñas y en ninguna parte de indias se han dado tan buena como en esta tierra”. Las vides plantadas  en los valles de Santiago, Cachapoal e Itata irán cada vez más en aumento, como lo constata el conquistador Rodrigo de Araya, considerado el primer viñatero nacional.

Así, lentamente y superando múltiples dificultades, llegó el apetecido vino a este rincón del mundo, en donde ha perdurado y multiplicado mucho en una historia que se entrelaza con la del país. Actualmente, Chile tiene un potencial exportador cada vez más promisorio y sus cepas, mejoradas y renovadas, siguen calificando en el exigente mercado internacional.

En tiempos de recuerdos de  vendimias y elaboración de la solicitada  y dulce chicha, recordamos su ingreso a la zona, especialmente cuando el conquistador Valdivia entregó una merced de tierras y viñas a Diego de Oro en los alrededores de Concepción, allá por 1550, iniciándose de esta forma la tradición vinera en nuestra región, con el denominado “vino de Concepción” o “de los cerros” como se denominará después, cuna de las cepas regionales y de los otrora fértiles valles de Itata y Bío Bío, lugares en donde el preciado líquido empapará una historia que marcha rumbo a los quinientos años.

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