La ciudadanía debe estar altamente participativa y comprometida con el proceso constituyente.

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De diálogo y constitución

Andrés Cruz Carrasco

Abogado. Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca). Magister en Filosofía moral (Universidad de Concepción). Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa (ANEPE). Máster en Política Criminal (Universidad de Salamanca).

Abogado
Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca)
Magister en Filosofía moral (Universidad de Concepción)
Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa (ANEPE)
Máster en Política Criminal (Universidad de Salamanca)

Humberto Maturana sostenía que la Constitución de un país opera definiendo el espacio de convivencia como un dominio emocional declarativo que especifica los deseos de convivencia y así el espacio de acciones que lo realizan. Un marco que nos permite operar en un ámbito de diálogo y respeto mutuo que excluya la violencia, el desprecio y las ofensas. Es una forma de unificar al grupo social en un proyecto nacional, y al generarse en conjunto por los mismos, también puede contribuir para la configuración de un espacio común para el desenvolvimiento de los deseos, en un contexto de aceptación mutua para que convivamos y resolvamos nuestras diferencias reconociendo nuestras diversidades, en relación con una realidad que vamos construyendo cada uno con arreglo a nuestras propias experiencias individuales y colectivas. Para Maturana: “Conviene comprender bien esto; sin aceptación mutua no puede haber coincidencia en los deseos, y sin coincidencia en los deseos no hay armonía en la convivencia ni en la acción ni en la razón, y por lo tanto, no hay libertad social”.  

Ante lo dicho, la participación constituye una condición indispensable para colaborar en este proyecto. No basta con parapetarse tras las redes sociales e insultar a todos los demás o a quienes creemos responsables de nuestra condición y de la crisis institucional. También debemos mirarnos en el espejo y preguntarnos ¿qué he hecho yo para solucionar este problema social, económico y político? No basta con puro refunfuñar, arrinconándose en el rincón de la amargura y la desesperanza.

Una democracia es una manera de convivir, más allá de los actos electorales periódicos. No se trata sólo de determinar quien debe ejercer el poder. No es el momento de excluir a nadie. No se trata de revanchas ni venganzas. Hoy más que nunca debemos colaborar, respetarnos y abrirnos para dialogar y aceptar al otro como un legítimo contradictor. Como interlocutor igual de válido, lo que implica que debemos desarrollar nuestra capacidad para escuchar, conocer y ser empático. En una auténtica democracia todos los ciudadanos tienen legitimidad para intervenir en la generación de los acuerdos de convivencia. Debemos poner término y luchar en contra de las pretensiones de superioridad, superando además los complejos de inferioridad determinados por ortodoxias ideológicas, slogans y perspectivas mesiánicas. Todos podemos equivocarnos y cambiar de opinión, aprender del otro y de nuestras vivencias, y son estas experiencias compartidas, es nuestra historia común, la que nos conducirá a la construcción de un futuro colectivo del que todos nos sintamos parte.   

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