El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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De Estado, territorio y agenda

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

“Lo importante no es que el gobierno haga cosas que los individuos ya están haciendo y que las haga un poco mejor o un poco peor, sino que haga las cosas que ahora no está haciendo nadie”, sostenía John Maynard Keynes. Frente a las incertidumbres, debe ser la autoridad la llamada a convencer, más no a obligar, para los efectos de ser lo suficientemente creíble y evitar un desborde social derivado del temor y la necesidad. Para ello se requiere de algo que ha estado faltando: empatía.

 Las realidades de todos nosotros son diversas y las soluciones deben ser también diferentes, por cuanto adoptar políticas públicas análogas en territorios en los que existen disponibilidades materiales y acceso a servicios completamente dispares, pueden dar resultados en un lugar y ser un completo fracaso en otros. Es otra consecuencia de la segregación y la desigualdad. Esto es, no asumir que nuestras necesidades son distintas y, en lugar de reconocer esta circunstancia, ser tozudo y arrogante, e insistir con una misma dinámica.

 La responsabilidad es de todos y no sacamos nada no echarle la culpa al otro, cuando un discurso errático de la autoridad, apelando a absurdas nuevas normalidades y cuando ha sido bien poco categórico al momento de anunciar un camino. Esto no significa conferirle todo tipo de prerrogativas al Estado ni negar que todos nos podemos equivocar, más aún frente a fenómenos desconocidos como una pandemia mundial. No se trata de crear leviatanes. Es efectivo que el Estado, en situaciones acotadas, puede interferir, por razones muy justificadas, en nuestras vidas, pero en ningún caso esto puede poner en entredicho el derecho al desacuerdo y a la libertad para expresarlas sin estar arriesgándonos a ser castigados.

Es preferible ser libre que vivir en el marco de un Estado que se arroga ser eficiente a costa de esta libertad. Los Estados funcionan sobre la base del trabajo humano y pueden equivocarse y cuando esto ocurre, la magnitud del error puede ser desastrosa, más aún cuando pretenden hacerse cargo de contextos que no conocen.

 Esto sucede con los territorios ajenos a aquellos en los que se desenvuelven quienes toman las decisiones, cuyo impacto deben soportar otros, que ni siquiera han sido escuchados antes de la implementación de tal decisión. En el ámbito de sociedades complejas, el conocimiento local es indispensable para ser exitosos o al menos para ser efectivos al momento de enmendar los errores cometidos.  Para todo esto se requiere una agenda, en cuya elaboración participemos la mayor cantidad de personas, que fije una ruta y sea lo suficientemente flexible para ir adaptándose a los desafíos, sean pestes o grandes movilizaciones sociales. ¿Existe? Parece que no. Todo parece decidirse por la especulación de unos pocos, a corto plazo, teniendo como principal insumo “técnico” la encuesta de la semana.

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