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De miedo y futuro

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Por nuestro contexto histórico estamos, por una parte, ante la valorización del miedo, por advertirnos sobre lo que podría ocurrir a futuro. Sería una antesala que nos obligaría a actuar con templanza y prudencia. Pero, por otro lado, sirve de base para hacer de la seguridad en tanto necesidad un concepto político fundamental, al punto que se invoca para paralizar todo tipo de transformación. El miedo nos ha enseñado que una de nuestras grandes vulnerabilidades es que individualmente no nos es posible enfrentar de manera exitosa amenazas que nos puedan poner en riesgo como especie, siendo indispensable para sobrevivir construir colectivamente las condiciones para fraguar una institucionalidad que nos permita convivir en paz, lo que aislados sería imposible de garantizar.

Hay quienes por su sabiduría son capaces de racionalizar el miedo, bastándole con las normas morales o la ética para contener sus instintos, en aquellos aspectos respecto de los que otras personas requieren de leyes. Sin embargo, muchos seres humanos se dicen ajenos a esta emoción y se resisten a él por medio del “orgullo”, sentimiento que ha servido para justificar diversas formas de violencia social.

El miedo nos sirve para recordarnos que sin estar organizados en una comunidad reglada, subsistir sería dificultoso. Así, la seguridad deja de ser una virtud para devenir el resultado de la función desarrollada por las instituciones. Pero esto no nos puede hacer confundir las respuestas de esta institucionalidad por los medios que dispone en el ejercicio de su poder soberano y tener que desenvolvernos en el marco de un estado de vigilancia continuo.

El miedo puede sernos útil para constatar nuestras debilidades y finitud. Para asumir que no somos capaces de controlarlo todo, que nuestra potencia es limitada, nuestros conocimientos febles y que dependemos en cuanto especie de nuestro medio ambiente del que hoy somos responsables, debiendo pensar en otros seres vivos y en las futuras generaciones.

El miedo bien razonado puede cumplir la función pedagógica de hacernos entender de una vez por todas que no somos el origen del mundo ni tampoco su fin último. Es decir, se trata de aquel miedo que nos empuja a actuar, no el que nos paraliza. Es una alerta ante la fragilidad de nuestro sistema social que nos obliga a hacernos cargo de retomar un rumbo ante la incertidumbre para derrotar la inercia del puro vacío consumismo, asumiendo que habrá un mañana que dependerá de lo que hagamos ahora.

El miedo, debidamente racionalizado, nos invita a enfrentar el porvenir, liberándonos de los absurdos orgullos y de la petulancia. 

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