El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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De muerte y aceptación

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

En la novela autobiográfica “La muerte del padre”, parte de la magna obra “Mi lucha” de Karl Ove Knausgard, el autor señala que “En el instante en que la vida abandona el cuerpo, el cuerpo pertenece a lo muerto. Las lámparas, las maletas, las alfombras, las manillas de las puertas, las ventanas. Los campos labrados, los pantanos, los arroyos, las nubes, el cielo. Nada de todo esto nos es desconocido.

Estamos constantemente rodeados de objetos y fenómenos del mundo muerto”. Convivimos con lo inerte. Con otros animales que incluso se nos exhiben para que los consumamos, ¡hasta cocinamos a la muerte! Nos desenvolvemos con plantas y árboles bien muertos, aunque muchas veces transformados en objetos útiles o inútiles.

 Pero le tememos, la rehuimos o intentamos ocultarla cuando está cerca de nosotros y nos puede caer encima. Sólo por morbo o curiosidad, a veces incluso hasta pagamos por verla, pero sólo para ser meros espectadores de la expiración de otros o cuando es escenificada con una naturalidad que llega a ser cómica en algún film taquillero.

Sin embargo, a medida que se va acercando, preferimos mantenerla lejos de la vista. Cómo señala el escritor: “En los hospitales grandes no sólo se guardan escondidos en oportunas salas inaccesibles, sino que también las vías para llegar hasta ellas están ocultas, con ascensores y caminos propios por los sótanos, y aunque por casualidad uno diera con alguno de esos lugares, los cuerpos muertos con los que se encontraría en las camillas están siempre tapados”.

Llama la atención entonces cuando alguna tragedia hace que se repleten estos espacios siempre ocultos, que siempre son ocupados por estos cuerpos ya fenecidos, pero hacen que brote el espanto al salirse del espacio que le ha sido asignado, pareciendo que comienza a circular entre todos nosotros. Cuál bestia que ha salido del redil en el que se le tenía controlado y que ahora libre puede acechar y acometer a cualquiera.

 Es la misma muerte que se encierra en ataúdes para que no sea observada del todo. Aun cuando los fenómenos que ocurren sobre el cuerpo humano una vez que se produce el deceso, son los mismos que tendrían lugar, a la vista o no de nosotros. Pero preferimos esconderlos, como para evitar darnos cuenta de nuestra finitud y fragilidad, como si fuese una invitada no deseada, un miembro de la familia que incluso nos avergüenza, cuando la muerte es tan parte de la vida como la vida misma.

 A la muerte no la podemos mantener en secreto. Tal vez la tratamos de tapar porque refleja nuestras condiciones de vida. “Y de ahí viene este acto colectivo de represión que constituye la represión de los muertos”.     

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1 Comentario en De muerte y aceptación

  1. Genial, claro, concreto.
    Sólo tengo claro que ante la muerte…nada se puede.
    Lo único seguro, es que todo, todo lo que vive, un día muere.

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