Las personas y la ciudadanía deben estar conscientes de los pasos que se dan, para orientar el desarrollo o para estancarse y retroceder... El próximo plebiscito, es una oportunidad de desarrollo para la ciudadanía y para dignificar al ser humano y transformarlo en soberano.
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DE TARJETAS DE NAVIDAD Y OTRAS COSTUMBRES OLVIDADAS

Sigrid Mennickent Cid

Químico Farmacéutico, Magíster en Ciencias Farmacéuticas. Académico Facultad de Farmacia. Universidad de Concepción.

Y pasó la celebración de Navidad. Y de nuevo, como hace varios años atrás, no hubo tarjetas. Me refiero a esas tarjetas de papel cartulina, que se enviaban o recibían y que llevaban impregnados deseos de felicidad durante esa fecha y para el año que vendría. Tarjetas que se colocaban en las casas, como unos adornos más de la época Navideña. Que se atesoraban cuando se recibían y cuando se volvían en otros momentos, que nos permitían conectarnos con  los corazones de  quienes  las habían escrito y que llevaban implícitas muchas más emociones de las que las palabras permitían.

¿Qué pasó con esta costumbre tan hermosa? ¿es que nos ha absorbido tanto el ajetreo del día a día, los medios de comunicación instantáneos, lo más fácil, lo más cómodo?. ¿Es que ya no valoramos las cosas como antes, o ahora le damos prioridad a otras?. Es más fácil enviar una e-card que trae impreso casi todo lo que podríamos decir, a las  que casi sólo agregamos nuestros nombres,  o enviar un whatsapp, a veces masivo, nada personal, o simplemente ya no enviamos saludos ¿Qué nos pasó?.

En mi familia, cada uno de los integrantes de ésta: padres, niñas y niños, firmábamos o poníamos nuestros nombres en las tarjetas, plasmando así que cada integrante del grupo familiar se sumaba al saludo y parabienes.

Mi madre hacía las bolsitas para los regalos, con papel, tijeras y scotch. Cada bolsita estaba pensada para tal regalo. Se invertía tiempo, dedicación y cariño. Hoy en día buscamos que nos den  envuelto el regalo y, si no se puede, entonces que nos den la bolsa lista y una rosa que al tirarle los flecos de su cola, se arme instantáneamente.

La era de lo rápido, lo instantáneo, lo que nos permite hacer un signo de “ejecutado” en nuestra larga lista de cosas por hacer cada día.

¿Qué pasó con la relación persona-persona, aquella mirándose a los ojos, conversando sin tener el celular al lado y mirarlo, contestar o escribir en él como si estuviésemos solos o solas?. ¿Qué pasó con los negocios de barrio, en que el personal conocía a los clientes y les llamaban “caserita” o “caserito”, y en que los clientes se detenían a conversar con los dependientes y se creaba un vínculo entre ambos?

¿Qué pasó con los afiladores de cuchillos, a los que se puede ver aún, pero que claramente están en extinción, al igual que los organilleros, a los vendedores de maní en sus carritos en las calles, tostados, calentitos, con esa cáscara gruesa que sacabamos para degustar tan deseado fruto?.¿Qué pasó con los lecheros, los que repartían casa por casa leche de campo en botellas de vidrio? ¿dónde se fueron?.

Quizás seamos la última generación en conocer estas costumbres. Me imagino que si conversamos de ellas con nuestros hijos o nietos, éstos nos mirarán como si estuviésemos hablándoles en otro idioma, como contándoles una historia antigua, obsoleta y que no encaja en el mundo actual.

¿Habrá vuelta a lo perdido? ¿será posible recuperar esas cosas simples de la vida, que llenaban tanto más el corazón que muchas de las que tenemos  hoy y que si bien nos hacen más fácil realizarlas, en un mundo en que necesitamos que el día tenga más horas, la hora más minutos y en que anhelamos clonarnos para poder alcanzar a hacer lo que nos impone el día a día?.

Compramos por Internet, nos llegan los artículos a nuestras casas, o elegimos las cosas en un supermercado haciendo un “click” sobre los artículos y estos nos esperan después en la caja para que paguemos. Elegimos comida, ropa, pasajes, hoteles, vacaciones, cursos, un sinfín de cosas sin verlas físicamente; sin saber si la ropa nos quedará bien, si la comida será del agrado de nuestro paladar, qué fecha de vencimiento tendrán los productos de supermercado, si los hoteles o los lugares serán tal y cual lo muestran las fotografías, o nos decepcionará al verlos realmente.

Esta generación que ha visto tantos cambios, buenos y malos, ¿será capaz de evitar que muchas de las costumbres que nos hacían tener más empatía los unos con los otros, apreciar lo bello de las cosas sencillas, atesorar una conversación sin estar pendiente de distracciones que podemos dejar para después, se pierdan definitivamente en esto que llamamos “modernidad”?

Los niños y niñas jugaban al “luche” o “casineta”, al “elástico” o a la “media”, a saltar al cordel, a las canicas o bolitas, al trompo. No se hablaba de “obesidad infantil” ni de “sobrepeso infantil”. Ellos corrían, saltaban, jugaban en grupos, se conocían entre todos los de un mismo barrio, compartían experiencias. No tenían “amigos virtuales” con que jugar un determinado juego en su pantalla. “Amigos” a los que nunca ven, no los conocen, no han estado nunca juntos, ni siquiera saben sus verdaderos nombres, su verdadera edad ni su verdadera realidad.

Los cambios pueden mejorar la vida de las personas o amenazar con quitarnos ese apelativo: “personas”. Personas que se relacionan y no ser sólo seres aislados. Quiero pensar que aún podemos hacer algo.

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