El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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De Virus y Libertad

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Salvaguardar la vida a costa de la libertad puede constituir una necesidad frente a un contexto excepcional pero que no puede ser asumido en ningún caso como situación que deba naturalizarse. No podemos aceptar una vida desnuda, ya sea por resignación o con indiferencia. Una existencia exhausta y sumisa que se desenvuelva en un escondrijo residencial.

 Una vida, como sostiene Bernard-Henri Lévy, que está dispuesto a cederlo, aceptándose “la transformación de Estado providencial en Estado policial; o por ser más exactos, en la que se acepta que la salud reemplace  a la seguridad, una vida donde se consiente este desplazamiento: adiós al contrato social (en el que pierdes un poco de tu voluntad particular, pero ganas una voluntad general) para darle la bienvenida a un nuevo contrato vital (abdicas un poco, mucho o lo esencial de tu libertad y yo te ofrezco a cambio una garantía antivirus)”. Se le pone una lápida a toda aspiración por una “buena vida”.

 Algo que va mucho más allá de sólo la seguridad de seguir respirando. Una vida en que por el culto a lo instantáneo se ha relegado la contemplación hacia una esquina a la que nadie quiere acceder. Mejor la protección del capullo, aunque eso signifique sobrevivir en la ignorancia y ductilidad. Celebrándose cada vez que se es agasajado por adoptar una actitud mansa, adosándose como un ladrillo más de la muchedumbre, sucumbiendo, si es que alguna vez se fue contestatario, a los requerimientos de la autoridad.

Mejor la comodidad de seguir respirando y relacionándonos de manera remota en una comunidad conformada por rediles aislados unos de otros. Una vida en la que la solidaridad se ha hecho sinónimo de distanciamiento. Una condenada hibernación en la que los medios de comunicación se han concentrado en la peligrosa epidemia, pero obviando que las guerras, las hambrunas, la crisis medioambiental y otras pestes y flagelos siguen ocurriendo con igual intensidad, aún cuando sean silenciados en el contexto de esta nueva rutina.

 Con un arresto domiciliario que como dijo Albert Camus, en “La Peste”, anula la singularidad de la vida de cada persona, por cuanto aumenta la conciencia frente a la vulnerabilidad y la impotencia para poder planificar con certeza hacia adelante.

 Un esfuerzo que ojalá valga la pena, por cuanto, parafraseando al científico italiano Carlo Rovelli: “La muerte siempre gana al final, porque somos mortales. De lo que se trata en este enorme esfuerzo conjunto no es más que darnos un poco más tiempo porque esta vida tan corta, a pesar de todo el sufrimiento y las dificultades que acarrea, nos parece ahora más hermosa que nunca”.      

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