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DIFICIL ENCRUCIJADA.

Maroto

Desde Canadá.

Para quienes estamos interesados en las elecciones presidenciales y en el futuro de nuestro país, el periodo previo a la segunda vuelta, que se llevará a cabo el domingo 17 de diciembre, se nos ha hecho eterno. Eternidad marcada en parte por la frustración causada por la mediocridad del debate político o ausencia de este, la incertidumbre acerca del resultado del balotaje y una sensación de extraño desamparo, debido a la falta de un liderazgo que nos aporte certezas acerca de la capacidad para conducir políticamente al país.

Estas últimas dos semanas, hemos presenciado como las dos candidaturas que se enfrentarán en el balotaje se mueven acosadas por la ansiedad y nerviosismo, lo que ha generado ofertones de último minuto, promesas de difícil cumplimiento, incongruencias en los discursos y múltiples errores no forzados. La esperanza de que en este último tramo de la campaña, fuéramos a ver por fin propuestas innovadoras y debates con profundidad, se ha diluido, dando paso a una incómoda resignación.

Si bien, la esperanza es lo último que se pierde en la vida, es ya muy difícil que alguno de los candidatos nos sorprenda con un inesperado porte de estadista; lo que vemos es lo que hay; ni más ni menos; triste pero cierto.

En los días posteriores a la elección presidencial y habiéndose definido la necesidad de un balotaje, manifesté mi apoyo a la candidatura de Alejandro Guillier; este apoyo aún se mantiene. Sin embargo, esta decisión personal no ha sido fácil; y esta dificultad es probablemente compartida por miles de chilenos y chilenas, que se debaten hoy entre no acudir a votar, votar nulo o blanco, o apoyar a regañadientes al candidato de la Fuerza de Mayoría.

No votar nunca ha sido una opción para mí. Desde mi punto de vista, votar es un deber moral; los ciudadanos tenemos la responsabilidad moral de hacer que nuestra sociedad sea más justa y solidaria; abstenerse de participar no nos libera de esta responsabilidad, sino que de alguna manera nos hace cómplices pasivos del resultado de una elección y de las consecuencias que esta tenga para nuestro país. Votar es además una deber ciudadano, cuyo ejercicio efectivo es uno de los pilares sobre los que descansa nuestro sistema democrático. La existencia de nuestra democracia requiere de nuestra participación; sin ella, la democracia se transforma en una institución vacía, carente de esencia. Votar es también un acto de reconocimiento a nuestro pasado; un ejercicio de reflexión en el que reconocemos el sacrificio y la lucha dada por muchos de nuestros compatriotas para recuperar nuestra democracia. Votar es igualmente una oportunidad para revisar nuestro presente; una oportunidad para hacer un alto en el camino y observar con espíritu crítico, dónde estamos; qué tipo de ciudad y país es el que estamos creando; cuál es la sociedad que estamos construyendo; qué alternativas están frente a nosotros y cuál  de ellas es la que se ajusta mejor a nuestras expectativas. Igualmente, votar es una expresión de compromiso con nuestro futuro; es la manera de comprometernos con el Chile que queremos para nuestros hijos y nietos; es la oportunidad para reanudar nuestro compromiso con nuestros sueños e ideales; es nuestra manera de contribuir activamente a hacer de Chile un país más vivible y amable; un país para todos. Por último, votar es un acto de solidaridad y responsabilidad social; un acto en el cual, teniendo presente nuestras necesidades e intereses personales, los ponemos de lado para pensar en el País, en los que siguen estando postergados, en los continúan sufriendo situaciones de desigualdad, en los que nos necesitan para salir de su marginación.

Votar nulo o blanco es un poco más complejo; quienes actualmente consideran esta opción para el balotaje, lo hacen como una de forma de manifestar la frustración acumulada y el rechazo al status quo, expresando además por esta vía el repudio a la forma de hacer política que observamos en nuestro país. Quienes hoy consideran esta opción, esperan exteriorizar a través de ella un mensaje inequívoco que dice, no más y que exige cambios profundos en los códigos políticos de nuestros líderes. Sin embargo, votar nulo o blanco, en la mayoría de los casos no pasa de ser una sanción moral con muy pocos efectos prácticos; un acto de protesta, que en alguna medida tiene un efecto perverso, al contribuir indirectamente a legitimar el sistema que se está intentando rechazar. Quién vota nulo o blanco, hace uso del legítimo derecho a disentir y rechazar el status quo; sin embargo, por hacerlo de manera inorgánica, este grito de protesta caerá muy probablemente en el vacío y no tendrá lo efectos esperados. Si lo que se busca es la tranquilidad moral individual de haber sido absolutamente consecuente, el voto nulo o blanco va probablemente en la dirección correcta; sin embargo, si lo que se persigue es continuar avanzando en crear las condiciones para mejorar la realidad de vida de quienes aún siguen postergados y marginados, el voto nulo o blanco no es probablemente el camino más efectivo.

Difícil encrucijada; si no votar no es una opción y votar nulo o blanco no solo no nos permite avanzar en las conquistas que tanto anhelamos, sino que puede indirectamente perjudicar a aquellos con quienes pretendemos solidarizar, ¿qué hacer entonces?

Con una legítima incomodidad, votar por Alejandro Guillier; entendiendo que nuestro voto no es un cheque en blanco ni un apoyo incondicional, sino que una apuesta riesgosa, fundamentada en la esperanza de que Guillier y su equipo han tenido la capacidad de escuchar y entender la frustración de miles de chilenos y chilenas, y harán de la ética, la transparencia y el compromiso con el bien común, el eje central de un nuevo gobierno progresista. Será nuestro rol apoyar activamente y con decisión los cambios que hemos demandado; será nuestro rol también estar atentos para denunciar con lealtad cualquier falta a los compromisos adquiridos.

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