
EDITORIAL. ¿El día decisivo?
El domingo 16 de noviembre, al parecer no será el día decisivo ya que, salvo sorpresas inimaginables, ese día solo servirá de primaria para la derecha, sector político que así definirá a su abanderado o abanderada, quien deberá enfrentar finalmente a Jeannette Jara, la candidata del “progresismo” chileno.
La campaña presidencial ha sido una vitrina para mostrar lo que no debe hacerse en una democracia seria y madura. Los tres nombres mejor aspectados de la oposición han coincidido en concentrar sus ataques contra el gobierno actual, no solo críticamente –lo que sería natural en una democracia– sino utilizando un lenguaje muy deleznable, en una competencia feroz que busca protagonismo apostando por quien es más duro y agresivo.
El nivel del debate ha sido paupérrimo y abundante en injurias. Tras seis meses de campaña, las únicas ideas centrales desarrolladas y transformadas en ejes de la campaña derechista, han sido las relativas a la seguridad pública, con todos sus matices, y a la situación compleja de los inmigrantes. Ambas banderas, que constituyen preocupaciones prioritarias de la población, son agitadas demagógicamente para generar pánico y temor. Si tenemos un mínimo de conciencia, nos daremos cuenta de que las promesas planteadas por cada uno de ellos, son inviables en el corto plazo, salvo que, como se ha insinuado, se pretenda gobernar vulnerando el estado de derecho y atropellando los derechos fundamentales de las personas. Los dos candidatos de la extrema derecha exageran, sin vergüenza, un clima contencioso que hace un grave daño a la convivencia nacional, cerrando de manera abrupta la necesaria capacidad de acuerdos amplios de los diversos sectores no solo a nivel de elites políticas sino a nivel de los diversos grupos sociales que integran el entramado de una comunidad viva, cuyos miembros se necesitan mutuamente para poder avanzar. Lamentablemente, la representante de las colectividades conservadoras tradicionales se ha dejado arrastrar en este juego y no ha sido capaz de marcar una pauta sustancialmente distinta a la de sus contendores del sector.
La candidata del progresismo, por su lado, se ha mantenido muy sólida en su primer lugar según las encuestas, a la espera de quién será su contendor en el balotaje. Su problema, y todo el mundo lo tiene claro, es determinar los factores políticos y sociales que le permitan romper el estatus constante actual y pegar el difícil salto hacia el 50%.
Hasta ahora, como se ha dicho, su campaña ha sido muy prudente, pero, por supuesto, eso no basta. Se le hace indispensable resolver los problemas que obstaculizan su avance y, asumiendo cualquier nivel de riesgo, definir clara y taxativamente las colectividades políticas en que se asentará su eventual gobierno, definiendo desde ya los nombres claves de su gabinete. Esa sola definición permitirá diluir los temores que causa su nombre gracias a la añeja campaña.
Sin embargo, al volver la vista atrás y mirar críticamente las diversas campañas, llama la atención el paquete de ofertas que se plantea a la ciudadanía. Tras las vagas promesas de mayor crecimiento económico, de creación de cientos (en otras de miles) de empleos, de expulsión de miles inmigrantes ilegales, de instalación de cárceles flotantes o subterráneas, de eliminación de las contribuciones a los bienes raíces, de instalación de un gobierno de emergencia, de supresión de la “permisología”, a todos nos surge una pregunta inquietante: ¿Qué tipo de país queremos construir? En otras palabras, ¿Soñamos con ser una sociedad más equitativa, libre de miseria, en que respetemos los derechos humanos, en que educación, salud, vivienda y seguridad sean una realidad al alcance de todos? En suma ¿Queremos ser una sociedad solidaria u optaremos por el individualismo, sin que nos importe el destino y la situación de los demás?
Ese “relato” es el que ha estado permanentemente ausente en esta etapa fundamental de la vida nacional.







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