Urgente: Chile y el mundo deben cambiar... La humanidad debe iniciar un proceso de cambios asumiendo un nuevo orden , de la mano de la solidaridad, la justicia, la equidad, protección del medio ambiente y redistribuir las riquezas eliminando la pobreza.
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Editorial: Las hojas muertas del Otoño

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

En pocos días más, se hará presente el Otoño con la esperanza de algunas lluvias que refresquen el tenso clima que el país está respirando y que mojen al menos levemente la tierra reseca cuyas grietas resquebrajadas angustian especialmente a ese vasto mundo rural que vive y subsiste de su contacto con el suelo.

La plaga de la pandemia avanza implacable y paradojalmente retrocede hasta los tristes índices de junio pasado. No deja, sin embargo, de causar extrañeza que, precisamente cuando nuestro país alcanza buenas marcas en cuanto a inoculación de su población, el contagio tome impulsos fuertes en cuanto a contagios, en todas las regiones del país. El debate comunicacional al respecto se sitúa ante la interrogante obvia: ¿Por qué? El Colegio Médico ha apuntado al otorgamiento de permisos de vacaciones que ha permitido un masivo desplazamiento territorial con las consecuencias del caso. El Gobierno lo ha descartado. Es evidente que crisis como esta no son de origen monocausal pero no se requiere una elevada experticia para afirmar que hay causas más determinantes que otras. El problema, y repitámoslo categóricamente, radica en que en forma paralela al tremendo esfuerzo sanitario del sector y de los centros de atención primaria a través de los CESFAM, se ha visto perjudicado en forma grave por la actitud de otras autoridades que, desde el más alto nivel, con una contumacia grosera, han insistido en crear la sensación de que estamos en plena normalidad o que nos falta muy poco para alcanzarla. Basta mirar el centro de las ciudades del país, las vegas y ferias, los malls y centros comerciales atosigados de consumidores, las carreteras sobresaturadas de vehículos, para entender que definitivamente no existe el más mínimo compromiso de conciencia social y de responsabilidad. Lo que el Gobierno, en sus áreas propiamente políticas y económicas no logra entender hasta ahora, es que una vez abiertas las compuertas es muy difícil volver atrás y reconducir la vida hacia el acatamiento de normas indispensables. Las personas tienden a relativizar los riesgos, a suponer que la infección afecta a otros, y que el peligro pasa por el lado afuera de sus vidas.

Con la nueva estación, se está agotando el plazo del proceso electoral. Las innumerables candidaturas, sean ellas partidarias o independientes, han iniciado sus campañas con sus reiterativos mensajes carentes, como en todos los comicios anteriores, de contenidos sustantivos.

Existe, así, un alto riesgo de desafección ciudadana que puede llevar a la abstención o a la anulación del sufragio ante la inadecuada comprensión de las alternativas disponibles o, lo que sería sin duda incomprensible, que gran cantidad de ciudadanos que en noviembre marcaron claramente por la opción “apruebo” sea arrastrada ahora a votar por figuras o rostros reconocidos de la televisión o del deporte cuyas definiciones políticas sean contradictorias con la determinación precedente.

Por ahora, todo parece augurar que la participación electoral será sensiblemente menor que en el plebiscito anterior y que las tendencias de convencionales electos se estrecharán y estarán bastante distantes del 80 / 20, registrado en noviembre de 2020.

En ese cuadro, las fuerzas del “rechazo” se jugarán por impedir cambios que alteren el poder de las clases dominantes aferrándose al marco normativo determinado, en tanto que el heterogéneo universo del “apruebo” oscilará entre la alternativa de la racionalidad, el consenso y la moderación, y la opción de la radicalización de las posiciones apoyada en el rodeo de la Convención o la amenaza de la asonada social.

Nos parece claro que la República enfrenta una etapa de extrema fragilidad y que es muy difícil lograr acuerdos sustantivos para desatar una serie de nudos que se arrastran desde la Constitución del 80. Cuando en el trasfondo de las ideologías políticas está presente el criterio de la imposición de un determinado sistema de ideas de un sector sobre otro (que es lo que sucede actualmente) y quienes han estado sometidos aguardan el momento preciso para hacer lo propio, es difícil consolidar una democracia en la cual todos se sientan partícipes y en la cual el sistema jurídico, político institucional no esté al servicio de un grupo muy minoritario de familias privilegiadas.

El supremo desafío de quienes creen que mediante la racionalidad es posible alcanzar espacios comunes, está en lograr articular un frente común para dispersar el poder de tal manera que en el ejercicio cuotidiano de la convivencia cívica puedan encontrarse quienes, aun pensando distinto, están dispuestos a ceder espacios para construir un territorio común.

Nuestra vida en común (¡qué duda cabe!) se encuentra terriblemente dañada. Romper el círculo del poder y la fuerza institucionalizados o del sinsentido de la violencia descontrolada, requiere una disposición de ánimo y un compromiso a fondo. De no lograrlo, podremos seguir habitando en un mismo territorio pero habremos abandonado, quizás para siempre, el suelo de una patria común.   

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