Sabiduría, un estado superior de conciencia, implica habilidades para poner en práctica los conocimientos adquiridos por los seres humanos.
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Editorial: Mi país es tu país. Y tu país es mi país.

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Anoche, con el plebiscito de apertura, se dio el punto de partida al proceso de elaboración de una nueva carta fundamental. Los resultados, tanto en lo que tiene que ver con los niveles de participación como con los porcentajes alcanzados por las diversas opciones sometidas a la consideración ciudadana estuvieron relativamente ajustados a lo previsto.

Durante los próximos días, nos veremos enfrascados en los agotadores debates archiconocidos acerca del significado de los números, en análisis que casi ya no vale la pena leer, ver y escuchar porque los argumentos son siempre los mismos y expresan posiciones irreductibles que más que convencer persiguen satisfacer los dogmatismos políticos e ideológicos de los propios partidarios.

Una nación no se construye y no vive en torno a dígitos ni a estadísticas, sino en cuanto es capaz de comprender su propia realidad y proyectar su devenir futuro en torno a datos fundamentales que, aunque se trate de ocultarlos o deslavarlos, están ahí presentes.

Lo primero que la comunidad nacional debe tener presente, y asumir con todas las consecuencias del caso, es que estamos viviendo en una sociedad profundamente fragmentada en la cual determinados valores y símbolos han perdido toda significación y se han ido transformando en meros clisés publicitarios a los que se recurre coyunturalmente.

Las sociedades contemporáneas están marcadas por la diversidad y es muy bueno que así sea. Chile no es la excepción. Al perenne conflicto antes larvado y ahora inocultable entre el estamento dominante conformado por la descendencia de los colonizadores e inmigrantes europeos (ya mestizos en parte muy importante) y los avasallados pueblos originarios, se suma la llegada de cifras significativas de población procedente de Perú, Venezuela, Colombia, Haití. Y, a partir de lo que es un hecho de la causa, surge nuestro desafío de responder o con un racismo trasnochado o de integrar entendiendo que estos nuevos habitantes enriquecen nuestra cultura y nos invitan a ser más acogedores y tolerantes.

El problema más de fondo, como lo hemos planteado con majadera insistencia, radica en la consolidación de una casta predominante que dista mucho de ser una elite. Las elites, en el buen sentido de la palabra, corresponden a grupos intelectuales de excelencia y que han alcanzado a través de los años posiciones de prioritarias derivadas de su esfuerzo y de sus méritos, situación que no se da en nuestro país. Por el contrario, las capas dominantes han surgido en su gran mayoría de una amplia gama de privilegios, especulaciones y abusos e históricamente no han tenido empacho alguno en utilizar toda la institucionalidad republicana y social en su propio beneficio, en acciones que cubren desde el apoderamiento ilegítimo de bienes públicos al amparo de la dictadura, hasta la toma de los medios de comunicación social y hasta de la religión para dar un cariz de sustentabilidad a sus intereses.

No cabe la menor duda que en los próximos meses veremos intensificarse las campañas tendientes a atemorizar a la población procurando confundir lo que son principios fundamentales de un orden social justo y equitativo con lo que no es otra cosa que la defensa de intereses particulares. Las acciones de apelación al miedo, como se ha señalado, constituyen algo degradante, denigran a sus autores y hieren profundamente la dignidad de los ciudadanos destinatarios. En suma, terminan enlodando los esfuerzos indispensables para desarrollar un razonamiento colectivo sobre los problemas y retos que tenemos como sociedad.

En un ejercicio inicial puede identificarse una cuarentena de nudos y ataduras que una nueva Constitución debe resolver para que se pueda avanzar a en la construcción de un techo común. Por supuesto, que ello implicará herir intereses y afectar privilegios injustificados pero si ello se hace con criterios de justicia y de responsabilidad se estarán instalando los cimientos necesarios para la evolución y el desarrollo de nuestra comunidad nacional. Por el contrario, si se impiden los cambios que las grandes mayorías reclaman permanecerá vigente el riesgo de que las inequidades sociales exploten por sendas no institucionales con la consiguiente grave afectación de nuestra convivencia.

La paz social es fruto de la justicia y del reconocimiento de la dignidad de las personas. Pretender imponerla por la vía de la fuerza y de la represión punitiva constituye un grave error del cual necesitamos tomar debida conciencia ahora y no cuando sea demasiado tarde.

Solo cuando seamos capaces de entender que el territorio en que habitamos debe acogernos a todos y que, en consecuencia, debemos ser capaces de establecer en él relaciones mutuas de justicia y respeto, habremos dado un paso efectivo hacia adelante. En caso contrario, las expectativas despertadas por el sueño constituyente se nos escurrirán entre las manos irremediablemente.

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