
El fuego.
Agua, aire, tierra y fuego constituyen cuatro elementos presentes en la psiquis humana como imágenes poéticas de las sustancias y fuerzas cósmicas. Por su parte, el símbolo del fuego transportaría al humano no solo a su propio pasado, que no es únicamente suyo, sino al pasado de los primeros fuegos del mundo. Mítica poética, siempre presente en la mente humana en diversas formas y al límite del conocimiento científico y tecnológico pero connatural a la imaginación y a la complejidad del saber.
Gastón Bachelard en “El conocimiento de lo simbólico y el mito del fuego en las culturas antiguas” ve a la imaginación como acicate del mito; donde novedad e imaginación o lo simbólico abre paso a la ciencia y al tránsito interactivo entre ambas. Aquí, la antropología tiene la palabra.
El mito es consustancial a la existencia humana y no hay organización posible sin su manifestación. El fuego tiene una connotación religiosa ligada a la divinidad. El fuego “en llama” simboliza la acción fecundante, purificadora y iluminadora; pero presenta también un aspecto negativo, oscurece, sofoca por su humo y quema.
Lo ocurrido en la Región de Ñuble, en Biobío y la Araucanía y su avance a los bordes de las ciudades lo acusa; fuego, que aterra, devora y destruye. Es el fuego del castigo, del desinterés, de la negligencia y el olvido; o de disposición periódicamente reactiva, de responsabilidad de todos.
Porque el fuego y su magia embelesa. Produce un sentimiento de placer o admiración tan intenso que enfrasca en su disfrute a la persona que lo contempla y oye su furor. Cautiva. Y en su curso negativo, como en estos días, incluso convoca multitudes de personas que en condición motorizadas representan un obstáculo que retarda su control y enciende pastizales, arrastra bosques, destruye casas y vidas en su diversidad.
Sin embargo, en muchos mitos “el fuego” es mediador entre la naturaleza y la cultura; donde el mito es una forma de saber y tiene el valor de introducir a las nuevas generaciones en su quehacer formativo.
Representa un desafío de aprendizaje de poder destructivo y creativo. Su vivencia destructiva y contemplación convocante ameritan acuñar la experiencia vivida, gravitante en las personas cuyas vidas, viviendas y condiciones de trabajo fueron siniestradas, junto al horror del cielo y aire irrespirable y su secuela.
Ciencia y mito pueden complementar el entendimiento de una realidad compleja. Son expresiones de la misma esencia de la especie humana que se expresa y manifiesta en recursos mentales de intencionalidad divergente. De ahí que la presencia de capacidades tecnológicas, e incluso, ciento de aviones no sea suficiente. Es menester un entendimiento entre actores sociales e intereses diversos, a objeto de recuperar la amistad con este elemento fundamental de la vida natural, social e individual.
Un diálogo entre actores institucionales políticos, empresariales, urbanísticos, académicos y sectoriales de nivel central y regional, como de las comunidades territoriales y municipales, en particular de las áreas siniestradas es en consecuencia fundamental.
En la materia no habrá ya: “más excusas estadísticas sobre el furor de la intencionalidad humana”.






Gracias. Muy bien expresado, don Rafael: «En la materia no habrá ya: “más excusas estadísticas sobre el furor de la intencionalidad humana”.»
Y la intencionalidad humana tiene muchas aristas, no solo la de los pirómanos o de los incendiarios probablemente contratados.
Esto se veía venir, desde hace décadas, desde los años 60′, cuando las empresas forestales comenzaron a avanzar con gran ímpetu con sus plantaciones de pino y eucalipto. Para ello compraban campos agrícolas agotados por los monocultivos -principalmente de trigo-, a la buena e incluso a la mala. Insaciables, fueron copando prácticamente todas las serranías de las regiones de Maule, Biobío y Araucanía, hasta transformarlas en «desiertos verdes»; verdes porque de lejos las plantaciones se ven de color verde, pero adentrándose en ellas, su suelo es de color café-rojizo, desertificado, constituido por arcillas sobre las que otrora hubo bosques nativos y, por ende, suelo orgánico lleno de agua y vida, hoy seco y muerto.
Cuando los campos comenzaron a escasear y necesitaban más terrenos, las forestales comenzaron a rozar a fuego grandes extensiones de bosques nativos (de fagáceas y otras especies) para así preparar el suelo para más plantaciones. La memoria se sumerge a propósito: hoy nadie habla de ello. ¿Porqué será?
Ese suelo jamás se recuperará si no se termina de una vez con las plantaciones y se comienza con la ardua tarea de reconstituirlo, poco a poco, con mucha paciencia para devolverle la vida perdida. Es posible, en China lo han hecho,… y lo siguen haciendo: https://www.bcn.cl/observatorio/asiapacifico/noticias/restauracion-ecologica-meseta-loess-china
Un largo camino comienza con un paso: empecemos.