«Nuestro país requiere sumar voluntades tras el logro de cambios significativos en la sociedad. Todos los estamentos públicos y sociales, deben cambiar: egoísmo por solidaridad,  crecimiento por desarrollo, Compromiso por la displicencia y la apatía,…  Sumando a ello una visión integral de ciudadanía , la sabiduría por la ignorancia,  unidad por sobre dispersión«

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El futuro ya está presente.

Todos estamos acostumbrados a mirar el futuro como algo remoto. Los hechos que lo configurarán los vemos como una serie de acontecimientos que posiblemente ocurrirán pero que pueden ser positivos o negativos para nosotros mismos o para la comunidad de la cual formamos parte.

Curiosamente, en un proceso de escapismo mental, olvidamos que hoy, ahora, estamos echando las bases sobre las cuales se desarrollarán los tiempos venideros ya que cada decisión que tomemos en el presente tendrá consecuencias que condicionarán el desarrollo de nuestras vidas.

“Nuestro país” está en una situación compleja y terminar con la inercia de la violencia, la agresividad, el odio, es una tarea difícil. Un liviano análisis de la realidad debería bastarnos para abrir los ojos.

Hace tres cuartos de siglo, aunque Chile vivía una tranquilidad urbana y rural bastante somnolienta, de repente era posible observar algunas expresiones groseras e injuriosas en las paredes de cada ciudad, formulando demandas sociales o manifestando el desprecio hacia ciertos individuos por algunas conductas específicas repudiables. En la época, se acuñó la frase “la muralla es el papel de la canalla”.

Ahora, con el avance incontrarrestable de las nuevas tecnologías, el mundo digital ha cambiado las cosas. A los grandes consorcios informativos (prensa – papel, televisión) ya no les resulta gratis alterar la realidad comunicacional ocultando noticias, titulando sesgadamente, silenciando hechos que pudieran dañar la “buena imagen” de los grupos de interés a los cuales defienden. Un ejército liliputiense de medios digitales, más una expansión masiva de las “redes sociales”, están vigilantes para denunciar todo aquello que se pretenda esconder.

Las “redes sociales” han hecho una contribución a la sociedad contemporánea tanto en cuanto han permitido una relación directa e instantánea entre millones de usuarios como también en cuanto han hecho posible una democratización masiva de la información. Sin embargo, también han abierto las puertas a la irresponsabilidad y a la posibilidad de que sus propios y diversos canales sean utilizados por verdaderas bandas para crear realidades alternativas, para injuriar y calumniar sin fundamentos amparándose en el anonimato y en la impunidad que protege la cobardía moral.  

Lo que llama la atención es el hecho de que la “prensa seria escrita” sigue la misma senda poniendo a disposición de sus lectores en sus versiones digitales los mecanismos necesarios para difundir toda clase de denuestos, injurias, groserías. y, en general, lo más bajo del debate social y lo más contrario a un esfuerzo sano por generar un debate democrático.

Se puede argüir que las secciones de comentarios son absolutamente libres y que por lo tanto se estima que no pueden ser objeto de censura alguna. Pero, si se ahonda un poco y se analizan estas acciones desde el punto de vista más esencial de una ética profesional mínima, queda absolutamente claro que hay un elevado nivel de responsabilidad (y hasta de complicidad) de parte de los directores y editores de estos medios. Más allá de las esperables (pero no justificables) diatribas de carácter político, basta con incursionar, por ejemplo, en los comentarios que se consignan a continuación o con ocasión de un partido de fútbol para constatar las peores expresiones de racismo y xenofobia. 

¿Es posible hacer algo para frenar estas conductas que nos denigran como personas y como sociedad? Claro que sí.

De partida los medios responsables deben condenar expresa y reiteradamente estas manifestaciones de grosería y fanatismo. Asimismo, es necesario que las organizaciones gremiales convengan medidas comunes para detener este tipo de actitudes que están matando el alma de Chile. Siendo muy fácil comprobar la falsedad de las identidades o seudónimos utilizados por estos promotores constantes de la violencia verbal ya que en su gran mayoría son evidentes, una medida básica sería requerir la identificación de los autores de comentarios con su nombre efectivo y su número de RUT.

No se trata de un problema menor. Actitudes generalizadas como las señaladas están causando un daño enorme a nuestra comunidad y, lo peor, están instalando en las nuevas generaciones la sensación de que bajo el anonimato cobarde todo está permitido.

Si las bases morales de una convivencia civilizada, marcada por el respeto al otro o al que es distinto o piensa diferente, las estamos destruyendo hoy, en el día a día, y permanecemos indiferentes ante el avance creciente de los bárbaros, no resulta aventurado imaginar un futuro bastante oscuro y preocupante.

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