
El imperio del ego
Vivimos en el imperio del ego, o quizá nunca ha sido distinto, pero como lo tenemos en presente continuo, aparece con todo su potencia constructiva y deconstructiva. El asunto es que el yo, en su exacerbación, concluye en la exclusión del otro. Un yo encerrado en sí mismo no solo es manifestación de lo poco que puede importar participar de la vida pública en cuanto lugar de encuentro entre iguales. Pero esto puede explicarse por el temor a saber que la vida pública como despliegue del ser social, desnuda la carencia ontológica del yo en cuanto unidad desconectada del espacio creado para la relación humana, pues este espacio pide del concurso de la dimensión más social del sujeto.
El ego como nodo casi exclusivo de la vida, muestra que el tiempo que lo expresa está plagado de baches que ponen en riesgo la estabilidad del caminar. Se conoce, primero, como una cuestión latente en la cotidianeidad, y se comprueba luego, por experiencia vital que se potencia por la negación efectiva de un otro yo que pide ser parte del proceso de construcción societal.
Ahora, visto el presente, es imposible no pensar que estamos en una temporada compleja a causa de que la realidad social sigue el ritmo de una política destructiva de los canales de comunicación para el encuentro y la convivencia. Siendo así, la vida en comunidad resulta difícil de soportar por el simple hecho de la dificultad para construir vías de encuentro a partir de una explosión del hecho ideológico unido a la exploración del ego como fuerza que impone sus criterios tanto interpretativos como constructivos del espacio y del tiempo humano. El resultado de este proceso es el armado de trincheras ideológicas que, llevadas al espacio societal, cumplen la función de leer y construir las relaciones entre sujetos que se comprenden, desde las trincheras desiguales. El efecto de este movimiento son acciones de invasión de los espacios para el encuentro: la calle entre estos.
En esta escenografía creada desde una figura que hace del egotismo su conducta, se instala una teleología limitada a la idealización de un tipo de bien que, para su realización, necesariamente, castiga otras perspectivas, es decir: mi bien es el único posible en el mercado de los fines sociales buenos. El problema es grande, pues todo ocurre donde concurren experiencias existenciales que, inevitablemente, traducen formas culturales diversas y, en ocasiones, radicalmente distintas más allá de su coexistencia en un territorio supuestamente compartido por ser espacio común de encuentro. Al final estamos viviendo un compartir forzado de los espacios públicos por razones de subsistencia como acusa gran parte de la filosofía política.
Toda trinchera ideológica bloquea la disposición al diálogo; todo bloqueo lleva al fracaso del necesario ejercicio de la intersubjetividad humana. Esta situación, interpretada de un modo político, refiere a la opción de una sola forma comprensiva que se impone como explicación del medio social y del sujeto que lo habita. Se trata de una dirección pensada para construir y expandir un solo sentido social y, a partir de ahí, proponer una construcción socio política unidireccional siguiendo un patrón totalitario. Pero esto no es más que un síntoma de una fragilidad narrativa; fragilidad dada por el desconocimiento del valor de otros focos comprensivos y explicativos de la realidad. Pero, si se insiste en esta comprensión unidireccional de la realidad humana, ¿no hay en ello la prevalencia en la interpretación del hecho social una desconfianza como si fuese esto condición natural de la humanidad? Si efectivamente es así, parece más una mirada antropológico-pesimista al no dejar que otros también propongan sentido de realidad. Probable que en este pesimismo esté la razón de reafirmar el que toda lectura de la realidad, todo constructo narrativo nace de un actor político encerrado en sí mismo y que pretende que toda realidad gire en rededor para cumplir su idea de bien.
Pero ¿es tan cierto que este pesimismo antropológico –una suerte de antropología negativa– cierra la posibilidad a una mirada más altruista del espacio social? Quizá hay que ampliar sus efectos para avanzar a entender que, aquel pesimismo se vive al momento de producirse la experiencia del bloqueo de la alteridad, lo cual significa terminar negándola como esencial para la arquitectura del significado del espacio común; en el fondo, no la reconoce, y al no hacerlo, evita aceptar que somos lo que somos en tanto habitantes de este mundo gracias al número de redes construida a lo largo del tiempo personal y colectivo. Y ahí, se tiende a olvidar –a veces se obliga al olvido– que existen vínculos y ambientes diversos en donde nos desenvolvemos como prójimos de otros prójimos al apoyarnos en la existencia del día a día, y de ello da cuenta la política, la ética, el arte. Son todas creaciones cómplices en el reconocimiento de la alteridad que es el sostén de toda política cuyo eje es la reciprocidad entre personas distintas en percepciones de realidad, pero iguales en esencia.

![Esos molestos monos de la sabana: la nueva gran provincia ígnea [*]](https://laventanaciudadana.cl/wp-content/uploads/2023/02/bardi2-150x150.jpg)





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