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DE SOBERBIAS Y DESLEALTADES…

Maroto

Desde Canadá.

En Chile, la acción política de los últimos años ha dejado en evidencia una descomposición acelerada del animus societatis que desde el regreso de la democracia había animado a la mayoría de nuestros actores políticos. Esa capacidad de esforzarnos por trabajar juntos, voluntariamente y por amor a nuestra patria, reconociendo nuestras diferencias y privilegiando nuestras afinidades, inspirados por el bien común y el compromiso de construir un país mejor, ha ido quedando gradualmente en el olvido. Y este cambio, cuyas raíces probablemente se encuentran en ese individualismo vertiginoso que se ha desarrollado en nuestra sociedad, ha dado paso a conductas políticas marcadas por la soberbia y la deslealtad.

Las coaliciones políticas chilenas, los partidos y movimientos, interactúan en un ambiente enrarecido, en donde la motivación principal ya no parece estar centrada en la búsqueda del bien común, sino que en el beneficio individual y la mantención de cuotas de poder. La idea del servidor público, comprometido de manera desinteresada con el bien de toda la ciudadanía, es cada vez más escasa; y por el contrario, es cada vez más común encontrarnos con aquellos que han hecho de la función pública y la política una actividad al servicio de intereses personales o de determinados grupos económicos y de poder, pervirtiendo así el contenido ético fundamental de una actividad originalmente orientada a la búsqueda del bien común.

Y es en este contexto en que observamos como la soberbia y la deslealtad se han transformado en protagonistas del quehacer político chileno. La contienda electoral ha sido un triste ejemplo de ello, como lo ha dejado en evidencia la semana que recién termina.

La soberbia, es entendida por la Real Academia como “el apetito desenfrenado de ser preferido a otros”; un sentimiento de superioridad hacia los demás que conduce a un trato altanero y humillante, menospreciando las necesidades y derechos de quienes nos rodean. El soberbio siempre tiene la razón. El soberbio antepone sus intereses personales a los intereses de su comunidad. El soberbio se escucha solo a sí mismo y a su corte de aduladores. El soberbio es ciego y sordo ante sus errores y carece de toda capacidad de autoconciencia y autocritica. El soberbio recurre a la sobrevaloración de sí mismo y de su importancia, como una forma de ocultar miedos e inseguridades. Un político soberbio es capaz de afirmar con desparpajo “hago esto por amor a mi partido” aun cuando sus acciones sean las que han ocasionado una crisis ética de proporciones al interior del mismo.

La deslealtad, puede entenderse como la violación de un compromiso expreso o tácito tomado con alguien o con algo; es el quebrantamiento de la confianza. En un sentido abstracto, la deslealtad se refiere a la traición respecto de ciertos valores éticos y morales o el quebrantamiento del compromiso con una institución o una ideología. Desde este punto de vista, una persona desleal es aquella que a través de sus acciones quebranta su compromiso con los valores y principios que rigen a la institución a la que pertenece. Un político es desleal a su partido cuando, a sabiendas, incurre en conductas reñidas con la ética política que gobierna a su comunidad partidaria. Un político es desleal, cuando habiendo quebrantado los principios éticos que dice profesar, falsea la realidad y miente, anteponiendo sus intereses personales por sobre los intereses de su partido. Un político es desleal, cuando para defender lo indefendible de su propio actuar, recurre al ataque contra la comunidad partidaria a la que pertenece y dice amar.

¿Nos parece esto acaso familiar? Lamentablemente sí. La reciente crisis de la Democracia Cristiana, protagonizada por uno de sus diputados, es evidencia de ello. Sin embargo, estas actitudes soberbias y desleales van mucho más allá de este episodio tristemente anecdótico. La soberbia y la deslealtad política se observan como una constante tanto en Chile Vamos como en la Nueva Mayoría y de manera incipiente, en el Frente Amplio. Es un problema de actitud que afecta la manera en que nos relacionamos con nuestros compañeros de ruta y con nuestra sociedad. Es ese individualismo que todo lo consume, quebrantado las confianzas y generando una sociedad de egocéntricos, donde los énfasis están puestos en el yo y no en el nosotros.

Quienes realmente tengamos interés en hacer un aporte, debemos hacerlo con una mirada colectiva y solidaria; motivados por la búsqueda del bien común y con la humildad de quienes se saben al servicio de su comunidad. Quienes realmente tengamos interés en hacer un aporte, debemos esforzarnos siempre por mantenernos leales a nuestros principios y valores, de manera que ellos se vean expresados con claridad en nuestro actuar y en la percepción que de él se tiene.

Fácil decirlo; difícil vivirlo; especialmente en una sociedad crecientemente egoísta y egocéntrica como en la que vivimos, que nos enfrenta a diario con desafíos que atentan contra nuestros esfuerzos por mantenernos enfocados en lo realmente importante, el país y los más postergados. Es esta, entonces, nuestra tarea de todos los días.

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