«Aquellos o aquellas que creen que la política se desarrolla través del espectáculo o del escándalo o que la ven como una empresa familiar hereditaria, están traicionando a la ciudadanía que espera de sus líderes capacidad y generosidad para dar solución efectiva sus problemas.»

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EL TREN DEL RAMAL COSTERO Y LA LUZ AZUL

J. Antonio Zelada Espinosa

Arquitecto Premio Regional de Arquitectura y Diseño Consejo de la Cultura y las Artes 2012
Preámbulo
Este articulillo tiene su historia, porque ha sido publicado a lo menos un par de veces antes. Después de que apareció en El Sur, me encontré un día en la calle con el jefe de redacción del diario, un importante personaje respetado por su conocimiento del lenguaje y de su mejor uso. Conocidos que ya éramos, me preguntó a la primera de cambio —¿Y ese artículo Antonio, de dónde lo sacó? Me llamó tanto la atención del modo de andar del tren… Bueno, le dije, solo lo saqué de mis recuerdos, así era la cosa para mí, ¡derechamente así! Después me lo pidieron para publicarlo en una revista digital de Tomé. También lo publicó en España un amigo que allí reside. Y también se publicó en este semanario La Ventana Ciudadana el 30.07.2018.

A raíz de ciertas polémicas públicas alguien dijo que yo parecía ser un enemigo de los ferrocarriles. ¡Nada que ver! La verdad es que es todo lo contrario, tengo las más amplias simpatías por el ferrocarril y, más precisamente, por los trenes; aún más preciso: no hay nada que yo recuerde con más nostalgia que el viejo tren del ramal costero Chillán-Concepción, desde los tiempos con locomotoras a vapor hasta su fase mortal con locomotoras a petróleo.

El primer viaje en tren que puedo recordar, que quizás en realidad fue el primero de mi vida, lo hice cuando mi padre me llevó desde nuestro pueblo a la gran ciudad penquista. Nos fuimos en ese para mí mítico tren de grandes vagones, en un carro de lacadas maderas, con aquellos asientos de altos y negros respaldos de cuero, con cromados impecables; después, cuando más grande, vi que esos carros eran alemanes y funcionaban sin problemas desde el siglo IXX.

Pero lo que se grabó en mi mente fue el viaje de retorno, que fue de noche. Particularmente interesante me resultó un farol que iba en el último carro del tren, o sea en la cola, en un costado. Probablemente vista de atrás era una luz roja, pero para el lado delantero era una luz azul violáceo, de penetrante y radiante halo que me resultaba hipnotizante. Yo la miraba cuando las curvas permitían ver la cola del convoy, que avanzaba raudo rompiendo la noche. Esa luz azul, que como una luciérnaga mecánica parecía seguir al tren y producía en mí una extraña fascinación, como que se quedó nítidamente grabada en mi cerebro.

En las estaciones, cuando mi padre me permitía subir la ventanilla, me quedaba embobado mirando esa luz penetrante y embrujadora, misteriosa y etérea a la vez que marcaba el final del tren.

La oscuridad, las luces de la ciudades y pueblos, la fosforescencia nocturna del mar en el trayecto fantástico desde Playa Negra hasta Tomé, el vapor del tren, el carboncillo, el olor metálico del vagón, todo aquello me resultó una experiencia imborrable y cuando en una estación, a la orilla del mar, vi una luz intermitente o giratoria de un faro en esa enorme aunque lejana isla, todo el misterio de las aventuras imaginadas parecía ser real, y nosotros estábamos inmersos allí… ¡montados en esa máquina fascinante que era el tren!

Por mucho tiempo, el recuerdo del viaje en ese tren me persiguió, y en mi memoria el movimiento del tren era hacia delante y hacia atrás. Es decir, un avance y un retroceso, aunque sin duda, más avances en cortos períodos, como quien dice un adelanto de 3 metros y un retroceso de 1 metro y medio. Eso fue para mí la forma natural del “andar” del tren en mi infancia, no me explico mucho porqué.

Después, cuando mis viajes a la capital penquista fueron más seguidos, yo sabía ya apreciar cada segundo de esos viajes, disfrutando el tren y el paisaje, de los usuarios del tren, de las estaciones y, por supuesto, de las tortillas de Menque, acompañadas de una insuperable salsa de ají rojo.

Cuando fue la edad del estudiar afuera, comenzó una larga serie de encuentros con trenes, desde el familiar ramal a los trenes grandes y veloces de la línea central; mi destino era Santiago, a partir de Coelemu y teniendo a Chillán como estación de intercambio. Y viceversa en las vacaciones de invierno y de septiembre. Tres largos viajes al año, cuando no pasaba nada extraño, como las muertes de los abuelos, que sí lamentablemente ocurrieron y significaron un viaje extraordinario.

Inolvidables los viajes en grandes grupos juveniles cuando los del INBA (el Internado Nacional Barros Arana por supuesto, el mítico colegio para internos de provincia, y de la capital también) nos íbamos al sur, y más solitarios cuando nos volvíamos a Santiago. Los trenes, con los años, eran algo casi nuestro, algo familiar y cosa añorada cuando estábamos en el internado capitalino, ya que eran el vehículo del regreso a la querida casa paterna.

Según las estaciones era el olor del tren, y del país, obviamente. En diciembre, cuando nos íbamos a casa de vacaciones, el tren olía a cerezas y a polvo de trigo, siempre a metal. En el invierno, el tren olía a lana, a ropa mojada y a termos con café, también con “malicia”, y el ramal olía a camarones y a potreros mojados.

En septiembre, el tren olía a viento sur y a papel de volantín; también a naranjas, siempre a polvo de metales. Nuestro ramal olía al río Itata y a nubes blancas, también a perdices escabechadas que el conductor o “jefe” del tren, se “apanuncaba” en su recámara, con un buen vaso del tinto de la zona.

¿Quién puede decir que yo no quiero al ferrocarril, si en verdad disfruté tanto en esos trenes? Claro que los trenes del pasado no son como los de ahora, ni la empresa actual es como la de antes. Muchas cosas y años han pasado sobre los rieles y estos ya no son los mismos. Pero en los recónditos rincones de mi mente está intacto ese mítico primer viaje en el tren del sin igual ramal costero, el “Tren 46: Chillán-Concepción, vía Tomé”. Nosotros, por cierto, tampoco somos ya los mismos.

AZE

03.08.2023

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N. del E.:

He aquí el enlace de la publicación anterior de este artículo en LVC. Ver los comentarios de lectores:

https://laventanaciudadana.cl/el-tren-del-ramal-costero-y-la-luz-azul/

Un lindo paseo en tren a Dichato:

https://www.youtube.com/watch?v=YChKUU4Iiuo

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