«Cuando faltan las ideas y los argumentos, en la agresión y en la injuria encontramos la solución.»

 

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Entre dignidad y zozobra.

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

No en pocas ocasiones nos enfrentamos a la necesidad de recordar que la condición de ser consiste en gozar de dignidad, y esto debido a ser la dignidad lo que expresa cierto poder de dominio sobre distintas esferas relacionadas todas con la persona, y en cuanto no afecten a quien decide libremente ni tampoco afecten negativamente a otros en su decisión; por ello, resulta que la dignidad es referencial, y por serlo nos permite juzgar si una persona goza efectivamente de aquello o vive en su ausencia. Ahora bien, si efectivamente se tiene dignidad, entonces de ella nace y se conduce un proceso que tienen por significado “vivir bajo condiciones en las que el ser no está aplastado por el peso de la zozobra, en las que se puede desarrollar una conciencia que no es sólo conciencia de sí mismo, sino también de otros y también de la realidad que trasciende a esta antítesis” (Marcel, 1958). descripción que encierra entre sus líneas al menos dos conceptos: autonomía y justicia. En ambos conceptos, está la clave de lo que nos identifica como personas de derechos.

En efecto, a lo largo del tiempo hemos asumido que lo propiamente humano se identifica en el concepto de Dignidad; y asociado a ello, también hemos comprendido que se comporta como sostén de principios y derechos humanos, por lo tanto, como signo del progreso en humanidad. Siendo así, resulta operativamente útil en los análisis de realidades socio-políticas, pues la dignidad se asume como criterio de interpretación para descubrir cuánto de justicia es real y cuánto es un ideal perseguido.

Mas hoy en día, y gracias precisamente en el avance comprensivo de lo realmente significativo de aquello que identificamos como lo verdaderamente humano,  no se puede obviar en los juegos de interpretación sobre el significado de, precisamente, la dignidad en sociedades plurales y diversas, un prisma cultural. En efecto, sin la variable cultura que, sabemos, tiene orientación normativa e incluso jurídica, podemos errar en los juicios por desconocer las normas de uso que conducen sociedades completas y claramente complejas por la existencia de múltiples factores socio-culturales conviviendo en una suerte de abanico que se mueve incesantemente por intereses muchas veces contrapuestos. Súmese a la complejidad el tender circunstancialmente a menospreciar formas culturales diferentes a la nuestra, por la simple causa de no coincidir en formas de sociabilidad como los nuestros. Mas, y aquí el asunto, hoy es imposible sostener aproximaciones de juicio discriminatorios, pues en el diálogo cotidiano, en los espacios públicos ya resuenan formas lingüísticas diversas, oraciones llenas de giros que las más de las veces no entendemos. Lo cierto que en esos giros se traducen convenciones culturales vitales. Pero pasado el tiempo, hemos ido asumiendo (no sé si “aceptando” es la palabra que explica el hecho a cabalidad, por ello prefiero “asumir”), que vivimos en progreso una realidad multicultural y que, sin duda, exige de parte nuestra –de la academia, de la institución política- más una lectura honestamente intercultural, en particular con los pueblos originarios, y sin duda, con las de poblaciones migrante de países en donde abunda, incluso más que acá, la desigualdad en la vivencia de derechos. De hecho, esa especia de impulso al autoexilio obligado, ya dejó de ser un tema individual, es un tema de decisiones colectivas o comunitarias nacidas de la necesidad de una mejor vida sin la zozobra del día a día.

El escenario es complejo. Ante ello la vía pensada de respuesta es constitucional, pero  hoy se realiza la convocatoria bajo otros presupuestos de análisis y otros principios,  a causa que las marcas de normas escritas que conducen y regulan procesos que vienen de antaño ya no sirven (lo esperamos muchos, es decir:  que no se traicione esta necesidad de una nueva construcción).

El dilema o el conjunto de dilemas de actualidad es creciente; hay preguntas sobre el significante de las  migraciones, de la pluriculturalidad, del aguante de poblaciones largamente en el tiempo discriminadas, de la existencia casi por derecho hereditario de una  elite o varias que goza de privilegios en algunos casos obscenos, etc.; todo esto, entre otras preguntas de otros problemas que se avisan en el día a día, requiere una reflexión distinta en principio a la política. Y ante este escenario,  ¿por qué no ha de pensarse que todo ha de ocurrir, para encontrar vías de ingreso y salida a los dilemas socio-políticos,  en una aproximación que sea dada en términos éticos, y desde ahí a la construcción articuladora de respuestas que es tarea de  la acción política?.. a no ser que la política se reconcilie con la ética..

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