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From Mennicken to Mennickent

Sigrid Mennickent Cid

Químico Farmacéutico, Magíster en Ciencias Farmacéuticas. Académico Facultad de Farmacia. Universidad de Concepción.

Mi abuelo Hubert siempre fue una incógnita para mí cuando era niña y cuando era joven. Sabía que era alemán y que había llegado a Chile cuando aún existía la Farmoquímica del Pacífico (FQP), industria farmacéutica en el pueblito de Llay Llay en la quinta región cerca de San Felipe, allí llegó a trabajar después de algunas aventuras por otros lugares del país.

Tenía diecinueve años cuando desembarcó en Chile, en el año 1925. Se había enrolado como marinero cuando tenía dieciséis años apenas terminó el colegio, ya que nunca se llevó bien con su madrastra y quiso poner tierra de por medio, en el sentido literal, aunque fuese mar lo que más los distanció físicamente. Tampoco se llevó bien con los otros marineros, ya que ellos gustaban de beber y de tener affaires con mujeres en los puertos donde atracaba el barco. Al contrario de sus compañeros, mi abuelo gozaba con la ópera, la arquitectura de las edificaciones que veía  y la historia griega. Definitivamente no eran compatibles.

Se bajó del barco en nuestro país porque unas pasajeras le contaron de un hermoso lugar en que habían estado llamado Chile y cuando el barco pasó por estas tierras simplemente decidió conocerlo y desembarcó en Valparaíso. No sabía el idioma y por lo que me contaba mi abuela, trabajó primero en una panadería. Seguramente aprendió el español con el tiempo, lo más básico primero, para poder subsistir en un país en que no entendían su idioma y él tampoco la de ellos.

A mi abuela la conoció en la FQP. Ella trabajaba allí inspeccionando las ampollas (aquellas especies de botellitas que contienen medicamentos inyectables), inspeccionaba visualmente que las ampollas no tuvieran pelusas, suciedad, etc. Algo impensable en la industria farmacéutica actual, con todos esos procesos automatizados y con alto control de calidad.

La verdad es que en ese tiempo,  casi toda la gente adulta del pueblo trabajaba en la FQP. Cuando ésta fue trasladada a Santiago, el pueblo comenzó a morir y posteriormente con la eliminación del tren, ya casi no quedó trabajo ni futuro para la gente de Llay Llay.

Volviendo a mis abuelos, ellos se enamoraron entre algo de español y el lenguaje del amor. Se casaron y se fueron a vivir a Santiago, allí mi abuelo empezó a trabajar en  un periódico alemán que se editaba en nuestro país. El año 1935 nació mi papá, al cual llamaron igual que a mi abuelo.

Poco tiempo después mi abuelo le propuso a mi abuela que fueran los tres a Alemania, quería ir a los Juegos Olímpicos en Berlín que serían en Agosto de 1936. En esa época los viajes eran largos y con poco dinero, más largos aún. Mi abuelo planeaba viajar en tren hasta donde se pudiera y después viajar por barco hasta Hamburgo. A mi abuela la atemorizó este viaje tan sacrificado, especialmente con un bebé pequeño, por lo que decidió que ambos lo esperarían en Chile hasta su vuelta.  Volvió a Llay Llay con mi padre (el bebé) y también a trabajar en la FQP, ahora como telefonista.

Mientras tanto, en Alemania, el año 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial. Mi abuelo le había escrito y enviado dinero a mi abuela durante todo ese tiempo separados. Cartas, que hacía llegar a través de un amigo suyo que vivía en Santiago, en las que  insistía en que se fueran ella y mi padre a Alemania, pero mi abuela entonces tenía mayor temor a viajar hacia el destino de mi abuelo, causado por la guerra. Había visto volver a Chile a amigos de mi abuelo y a sus esposas mutilados, heridos, destrozados física y mentalmente. Así es que decidió quedarse.

De pronto, un día cualquiera  que cambió toda la historia de mi abuela, mi padre, mi abuelo y toda la familia; mi abuela dejó de recibir las cartas y el dinero de mi abuelo. ¿Qué pasaría? ¿habría muerto? La última carta decía que era terrible lo que pasaba en Alemania y que ojalá nunca pasara algo así en Chile. Crecí preguntándome qué había pasado con mi abuelo. Terminada la guerra, mi abuela lo buscó a través de la Embajada, pero no lo encontraron vivo ni muerto. Pasados diez años lo dieron por muerto aquí en Chile, pero siempre estuvo la duda de si había sido así realmente.

El año 2000 mi papá me dijo que no quería morir sin saber lo que había ocurrido con mi abuelo, entonces decidí ayudar a mi padre con ese deseo de su corazón y empecé la búsqueda de este abuelo incógnito, casi irreal. Fui al Registro Civil en Santiago, a la Embajada Alemana, al Consulado aquí en Concepción, a la Cruz Roja Internacional; gracias a muchas personas que me ayudaron conseguí los documentos con los que mi abuelo legalizó su entrada al país el año 1925, hablé con personas de un periódico alemán que actualmente se edita en nuestro país, etc. Pero no lo encontraba. Hasta que, estando en la oficina del cónsul alemán en Concepción, vi que estaba buscando en la página web telefónica alemana. No me lo comentó, pero llegando a casa le pedí a mi hermano que la imprimiera y con el apoyo económico de mi padre y la ayuda del idioma de un colega ahora fallecido de mi madre, comencé a llamar a todos los Mennicken que aparecían en la guía telefónica alema on-line  (la “t” final de nuestro apellido es un error de la época en que inscribieron el nacimiento de mi padre). Pensé que sería una empresa fácil (“no pueden haber muchos Mennicken en Alemania, aquí en Chile somos los únicos”). Ese pensamiento distaba mucho de ser verdad, eran más de doscientos.  Empecé por los que se llamaban Hubert, igual que mi abuelo y que mi padre. Seguí con un matemático que publica bastante en revistas de la especialidad (“quizás viene en los genes”, me dije), pero nadie era mi abuelo o alguien relacionado con él. Entonces seguí con los Mennicken de Hamburgo, ya que allí vivía mi abuelo cuando se embarcó al terminar el colegio. Llamé a uno y no sabía nada, llamé al segundo de esa ciudad, y al decir “llamo desde Chile”, me contestó “ ¿Chile? mi abuelo estuvo en Chile”.

Ahora somos una gran familia: diferentes países, diferentes idiomas, pero una misma raíz y un mismo sentir. Nos une un lazo que va mucho más allá que esas barreras.

Mi abuelo y mi abuela murieron el 2002, el mismo año que encontré a mi primo Tobías, quien contestó la llamada, y después a mis tíos Volker y Jurgen,  a mi primo Florian y a sus familias. Desde entonces nos decimos “From Mennicken to Mennickent”.

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5 Comentarios en From Mennicken to Mennickent

  1. Una historia que recoge y resume la vida de tantos y tantos emigrantes en este país y en el mundo entero,de dulce y de «agraz» como la vida misma.
    El mundo no debería tener fronteras.
    Una muy buena forma de relatar una realidad mas común delo que nos imaginamos,un ejemplo.

    • Muchas gracias por su comentario. Pienso lo mismo y creo que, gracias a las comunicaciones, actualmente las fronteras son menos y permiten estar cerca aunque se esté lejos físicamente, compartir momentos aunque se esté a kilómetros de distancia. Ya no hay que esperar por una carta que podía demorar meses cuando su traslado era por barco, generando, en ese lapso, una suerte de interrogantes y falsas conclusiones que podían levar a decisiones sin fundamento. Comparto absolutamente que el mundo no debiera tener fronteras. Gracias de nuevo.

    • Muchas gracias. Su comentario es muy importante para mí y mi familia.
      Abrazo,
      Sigrid

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