Imperativo ético: la ciudadanía y los demócratas consecuentes, deben impedir la presencia de fuerzas Neo Fascistas en Chile.
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JAIR BOLSONARO, DUELE

Maroto

Desde Canadá.

En la vieja Política, esa con mayúscula, ser Presidente de la República se asociaba con ser un estadista; un líder político con capacidad de conducir a su pueblo, con una mirada de bien común y largo plazo; un líder que, a través de ideales, valores, políticas económicas, sociales y culturales, es capaz de tomar las grandes decisiones que transformarán un país, haciéndolo más justo, moderno y solidario; sin exclusiones ni sectarismos; sin egos ni resentimientos; con pasión, pero sin violencia.

Jair Bolsonaro no es nada de eso.

Jair Bolsonaro ha sido acusado en forma reiterada de ser un político antidemocrático, autoritario, misógino, homófobo y racista; sin embargo, y sin perjuicio de estas graves acusaciones, se levanta hoy como el favorito a ocupar la presidencia de Brasil.

Vale la pena recordar algunas de las declaraciones que Bolsonaro ha realizado durante su carrera política y reiterado durante esta campaña presidencial:

  • En un discurso en defensa de los regímenes militares que asolaron Brasil entre los años 1964 y 1985 declaró, “estoy a favor de la dictadura”; profundizando sobre el tema agregó “el error de la dictadura fue torturar y no matar” y “tendrían que haber fusilado a 30.000 corruptos, comenzando por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso”; en la misma línea se ha referido a la dictadura en Chile, afirmando que “Pinochet tendría que haber matado más gente”; y en una clara demostración del escaso valor que le otorga a la vida humana ha defendido la finalidad de la tortura argumentado que “el objetivo es hacer que el tipo abra la boca. El tipo tiene que ser reventado hasta que abra el pico”;
  • En declaraciones recientes y en un abierto desafío a la democracia como forma de gobierno, ha señalado “yo no acepto un resultado diferente a mi elección”;
  • Al describir su visión de los derechos de la mujer ha señalado que “las mujeres deben ganar menos porque se quedan embarazadas”;
  • Al referirse a una diputada de izquierda señaló, “no merecería ser violada…no merecería ser violada porque es muy mala, muy fea”;
  • Al referirse a la comunidad LGBTQ señaló, “sería incapaz de amar un hijo homosexual” y  “preferiría que un hijo muriese en un accidente a que sea homosexual”; en otro oportunidad, refiriéndose al mismo tema reconoció que no era su intención “combatir ni discriminar, pero si veo a dos hombres besándose en la calle, les voy a pegar”; ahondando aún más en el tema, en una entrevista en televisión señaló que “el 90% de los hijos adoptados (por parejas homosexuales) van a ser homosexuales y se van a prostituir, con seguridad”.
  • Durante la campaña electoral, al referirse a los Quilombolas, asentamientos formados por descendiente de esclavos traídos de África, señaló “los afrodescendientes no hacen nada, creo que ni como reproductores sirven”; y para reafirmar sus ideas racistas ha utilizado a sus hijos, señalando “mis hijos no tendrán parejas negras porque están bien educados”;
  • Al referirse a la pobreza en Brasil ha tildado a quienes viven en estados de grave necesidad social y económica como “burros”, afirmando que “el pobre solo tiene una utilidad en nuestro país: votar. La cedula de identidad en la mano es diploma de burro en el bolsillo. Sirve para votar al gobierno que esta ahí. Solo sirve para eso y nada más”; y profundizando en su visión de la pobreza y los efectos de la misma ha asegurado que “defiendo la pena de muerte y el rígido control de la natalidad, porque veo la violencia y la miseria que cada vez se extiende más por nuestro país. Quien no tiene condiciones de tener hijos, no debe tenerlos”.

Independientemente del resultado de la segunda vuelta electoral que tendrá lugar el 28 de octubre, no cabe duda que Bolsonaro no es un estadista. Su carrera política y su pensamiento, expresado a través de sus propias declaraciones, lo asemejan más a un líder negativo de trayectoria gris, mediocre y oportunista, que ha sabido aprovechar las frustraciones acumuladas, para exacerbar los ánimos de la población y sumar efímeros adeptos, que ven en él y su candidatura una protesta en contra del sistema y de todo aquello que ha salido mal en el Brasil del siglo XXI.

Bolsonaro duele; y duele aún más cuando constatamos que su mensaje de división y violencia ha sido capaz de capturar el apoyo del 46% de los brasileños que participaron en la votación de primera vuelta. Apoyo que se funda no en las cualidades del candidato, sino que en la desesperanza y desilusión profunda existente tanto en el Brasil de izquierda como de derecha. Desilusión con el sistema y con quienes prometieron que serían diferentes y, sin perjuicio de los importantes avances sociales logrados, terminaron corrompiéndose en el poder.

Bolsonaro duele; y duele aún más cuando vemos que algunos de los líderes políticos chilenos (por cierto, no estadistas) se disputan su cercanía, con mezquinos y cortoplacistas fines electorales; sin dimensionar la gravedad de lo que implica apoyar a quien hace de la exclusión y el sectarismo su leit motiv político.

Bolsonaro duele; y duele aún más cuando observamos que el presidente de Chile se manifiesta públicamente en apoyo de sus políticas económicas; como si fuera posible distinguir entre el Bolsonaro antidemocrático, autoritario, misógino, homófobo y racista, y el Bolsonaro ultraliberal en lo económico, cuyo programa es una sumatoria de recortes.

Seamos claros. Quien apoye a Bolsonaro, en Brasil, Latinoamérica y en el mundo, no está apoyando la lucha contra la corrupción, los valores de la iglesia conservadora, ni la liberalización económica. Como muy bien señalara Eliane Brum, quien apoye a Bolsonaro, lo hace porque comparte sus ideas y comparte su odio. Quien apoye a Bolsonaro, un hombre que sin tapujos afirma que está en contra de la población campesina, negra e indígena, los derechos de las mujeres y las conquistas de la comunidad LGBTQ, y se declara a favor del uso de las armas, la tortura y el autoritarismo, será finalmente cómplice, activo o pasivo, del resultado de su gobierno.

Como diría con tanta razón José Saramago, “los fascistas del mundo no van a tener aquel estereotipo de Hitler o Mussolini. No van a tener aquel gesto de duro militar. Van a ser hombres hablando de todo aquello que la mayoría quiere oír. Sobre bondad, familia, buenas costumbres, religión y ética. En esa hora va a surgir el nuevo demonio, y tan pocos van a percibir que la historia se está repitiendo”.

Bolsonaro, duele.

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1 Comentario en JAIR BOLSONARO, DUELE

  1. Interesante el análisis que nos presenta Maroto. La pregunta que salta es ¿cómo se pude explicar qué tal cantidad de brasileños hayan votado por tal energúmeno?

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