Sabiduría, un estado superior de conciencia, implica habilidades para poner en práctica los conocimientos adquiridos por los seres humanos.
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La democracia en peligro

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

La trascendente caída del Muro de Berlín llevó a algunos ilusos a proclamar el fin de la historia con el triunfo definitivo del capitalismo. Paralelamente, no pocos destacaron que el fracaso de la experiencia de los llamados “socialismos reales” (que encubrían un capitalismo de Estado sustentado en un duro régimen de dictadura política de partido único) abría las puertas para la creciente consolidación de las democracias liberales a nivel planetario.

Sin embargo, los utopistas y soñadores (que tienden a autoproclamarse como “expertos”) olvidaron que todas las sociedades han marchado siempre por un camino propio que en gran medida va siendo determinado por los problemas, desajustes e insatisfacciones que las llevan a explorar alternativas nuevas que implican respuestas a las críticas situaciones coyunturales, las que no son legibles en el momento inmediato pero que serán notorias en la gran perspectiva de la evolución humana.

Así, el rampante capitalismo que ha llegado a los mayores extremos de libertinaje económico creando una cultura de individualismo, egoísmo y concentración de riquezas en unas pocas manos, en que los pobres son percibidos como elementos innecesarios y desechables, enfrenta una crisis paradojal. Los enormes niveles de producción de bienes y servicios, sumados a un progreso tecnológico acumulativo e incesante, contrastan con el hambre de millones de seres humanos que en África, Asia, América Latina y el Caribe, ( y también al interior de las mismas sociedades desarrolladas), luchan simplemente por sobrevivir al tiempo que ven cómo la naturaleza se degrada día a día para llenar los bolsillos nunca satisfechos de los grupos dominantes.

Por su lado, la democracia, idealizada como el sistema político que mejor garantizaba el resguardo de los derechos humanos y que, además, era vista como el único régimen que tenía en sí mismo la capacidad de enmendar y superar sus errores e insuficiencias, empezó en las últimas décadas a vivir paulatinamente una declinación que compromete sus valores fundamentales.

Hoy por hoy, países que representan casi la mitad de la población mundial tienen regímenes políticos que prácticamente no cumplen con los requisitos indispensables para calificar como democracias en tanto que otros importantes avanzan hacia sociedades integristas en que las libertades básicas son crecientemente atropelladas. No deja de llamar la atención a este respecto que el propio ex Presidente de los EE.UU., Barack Obama, en su texto autobiográfico “La tierra prometida”, llegara a señalar que la democracia en su país “está erosionada”, “desgastada”, puntualizando que ello viene desde mucho antes de Trump.

Cuando en una nación la democracia pasa a ser un mero rito formal consistente en el periódico depósito de un papel en una urna, pero el sistema mismo tiende a excluir la participación ciudadana, a legitimar los abusos y las injusticias, a relativizar el respeto a los derechos fundamentales de las personas, a cultivar el racismo, a fomentar el odio y la exclusión por sobre la tolerancia, el pluralismo y el respeto, es claro que los valores sustantivos que la alimentan se están corroyendo inexorablemente.

Lo dicho amerita innumerables puntos de reflexión.

De partida, simplemente constatar que constituye acción deliberada de los grupos dominantes la de desincentivar el interés ciudadano por la política, cuestionar todo análisis crítico al sistema imperante, manipular opiniones a través del control de los medios de comunicación y de la contratación de encuestas de opinión, alimentar temores e inseguridades, promover el aislamiento y el deterioro de la organización social.

En tanto, en el plano económico esos mismos grupos rechazan toda acción reguladora del Estado idealizando un sistema en que el afán de lucro es considerado como como la expresión suprema de la naturaleza y los sentimientos de los seres humanos, lo que junto con permitir la concentración de las riquezas en unas pocas manos vende la ilusión de que algún día llegará el momento en que el bienestar chorreará hacia los desposeídos.

El sistema democrático necesita ser reivindicado y ello exige que se revitalicen sus  principios fundamentales dándole sustancia valórica de tal forma que las personas lo aprehendan como algo propio y esencial para sus experiencias de vida individuales, familiares y sociales. El desarrollo de una cultura de respeto a los derechos humanos constituye el punto de partida que nos debe llevar a socializarlos en todos los niveles y particularmente en la educación formal e informal, en los medios de comunicación social, en las entidades religiosas y filosóficas y en la propia institucionalidad pública. Sin embargo, vanas serían las palabras si no se traducen en conductas concretas que condicionen nuestra relación con los demás. Aceptar la legitimidad de los puntos de vista diferentes, estar dispuestos a abrir las puertas a la integración de sectores de la sociedad que han sido históricamente excluidos y marginados, asumir que tenemos una igualdad esencial que debe ser respetada, entender que por sobre nuestros intereses particulares hay un bien común que debemos preservar, constituyen las bases fundamentales sobre las cuales debemos ser capaces de dialogar. Por el contrario, si nos encerramos en la defensa de nuestros privilegios y prejuicios y visualizamos la solidaridad como algo inalcanzable, estaremos socavando los cimientos de una sociedad más humana.

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