«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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Las vacaciones de Monsieur Hulot.

El cineasta y actor francés Jacques Tati logró altos niveles de fama con el filme cuyo nombre encabeza este comentario.  La cinta, libreteada por él, dirigida por él y actuada por él fue ampliamente aplaudida al mostrar a un excéntrico e ingenuo ciudadano que, mostrando las vicisitudes de un hombre común que llega a un balneario para romper los hábitos y siutiquerías de los tradicionales visitantes estivales del lugar, critica a una burguesía enredada en sus opresivas tradiciones y costumbres, y a seudo intelectuales que sueñan inopinadamente en cómo cambiar el mundo. Así, las vacaciones bien pueden ser una comedia. O, también, una tragedia.

Las vacaciones (o feriados legales) han sido consagradas legalmente como un derecho laboral en la mayor parte de los países de Occidente y tienen un cierto alcance general pues benefician a todos los trabajadores contratados, cualquiera sea su nivel, de capitán a paje, desde un peón hasta el mismo Presidente de la República. Este derecho consiste simplemente en que al beneficiario se le autoriza para no trabajar durante quince días hábiles en el año sin perjuicio de que reciba el pago íntegro de las remuneraciones pactadas. Lo dicho rige para el trabajador del sector privado y también para el funcionario del Estado. Por supuesto, no están incluidos ni los que laboran “a honorarios”, ni los informales ni la enorme multitud de mujeres que trabajan (más que nadie) en el seno de sus hogares.

De acuerdo a lo señalado, indudablemente el Presidente Sebastián Piñera tiene derecho a feriado legal. Nadie lo discute. Por esa razón, la autoridad ha hecho uso del beneficio y se ha ido a ociar a Caburgua pero, como se trata de un hombre responsable, ha decidido permanecer comunicado telemáticamente con los escasos funcionarios de Palacio que se ven obligados a permanecer al pie de los cañones del Patio de los Naranjos.

Pocas voces se han levantado para criticar su determinación. Cabe preguntarse ¿qué habría pasado si no hubiese ejercido el derecho que le corresponde como trabajador antes del 11 de marzo? Las alternativas son pocas: o renuncia al ejercicio de esta posibilidad o demanda a su empleador (el Estado) para que le pague lo que corresponda tal como a cualquier obrero que deja sus labores se le paga el feriado proporcional.

Entre sus más duros críticos está el cantante Alberto Plaza, personaje que en el último tiempo se ha identificado reiteradamente con la ultraderecha que capitaneaba J.A. Kast. A voz en cuello, Plaza ha denunciado la irresponsabilidad   de un mandatario que se va de vacaciones en los mismos días en que la crisis migratoria arde en el Norte y la violencia (sea delictual, terrorista o étnica), pese a los reiterados estados de excepción, campea en la Araucanía y el Bío Bío. Irrespetuosamente. Lo ha calificado sin titubeo alguno como un individuo “perverso”.  En el otro lado, M E-O ha puntualizado que salir de vacaciones en medio de una crisis social, económica, migratoria y de seguridad es permitir que el país se transforme en un caos.

Muchos han recordado hechos simbólicos: un gobernante que sale a comer pizza mientras el país estalla, o que rompe las limitaciones sanitarias para salir de short y camiseta a comprar vino a una enoteca de Vitacura (de seguro la cava de su residencia estaba desabastecida) o que rompe las barreras policiales para apearse y tomarse una foto junto al dañado monumento al general Baquedano. De esta manera, todo lo justifican como rasgos de la personalidad imprevisible de Piñera.

Pero, no.

Hay algo más de fondo.

Cuando falta poco más de un mes para el fin de un ciclo, que ha mostrado quizás el mayor desgobierno de la historia y que ha dejado a la derecha chilena entregada a la desvergüenza de un extremismo incomprensible, la estrategia oficialista, aunque torpe, es evidente. Empantanado en el esfuerzo por procurar salir lo mejor parado posible de este intríngulis, el juego consiste en dejar “ubicada a su gente” (diez altos funcionarios del Registro Civil, 9 de 17 directores regionales del nuevo servicio “Mejor Niñez” en los últimos días), en apurarse por cerrar concesiones al “sector privado” (litio) o en exigir públicamente soluciones de los problemas apremiantes al próximo gobernante (para lo cual ha contado con la colaboración de la “prensa seria”), demostrando que no era cierto el “Chile Podemos Más” que debió ser sustituido por “La verdad, es que no podemos más”. El broche de oro, increíble pero cierto, lo ha puesto el Ministro del Interior Rodrigo Delgado, quien, con el mayor desparpajo, ha responsabilizado de la grave crisis migratoria de las ciudades del Norte, al Servicio Jesuita de los Migrantes. ¿La explicación? Haber interpuesto recursos de protección en favor de personas que habrían ingresado ilegalmente al país.

El Gobierno se abocará en los días que le quedan, a preparar “la ceremonia del adiós”. En ninguno de sus discursos y comunicados podremos encontrar la más mínima asunción de responsabilidades. Todo lo que ha sucedido es culpa del destino o de los demás. Triste final para quien prometió días mejores o el fin de fiesta para los delincuentes.

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