En esta vida, bien nos vale: Ser humildes para aprender de los demás, sin ser humillado y ser orgulloso de lo que uno es, sin ser arrogante!!!
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LIBERTAD DE EXPRESION Y TOLERANCIA

Maroto

Desde Canadá.

Hace un tiempo atrás una amiga preguntó si la libertad de expresión tenía límite; aprovecho mi café del sábado para compartir mis comentarios sobre este tema.

Una respuesta rápida nos indicaría que la libertad de expresión es un derecho fundamental que debe protegerse siempre y encuentra sus límites sólo en los demás derechos fundamentales; su protección está en manos del sistema (imperfecto y todo) de leyes y tribunales nacionales e internacionales y por supuesto que no en las de fundamentalismos políticos, religiosos, ni de ninguna otra índole.

Sin embargo, después de esta respuesta teórica, académica y políticamente correcta,  la pregunta planteada sigue pareciendo sin una respuesta apropiada; particularmente en el contexto de las manifestaciones de intolerancia que vemos en nuestro país y lo que observamos ocurre en el mundo, especialmente en los últimos años.

Al leer regularmente las noticias nacionales e internacionales, es inquietante observar como un espiral de intolerancia va desarrollándose y creciendo lentamente. Cada día es más común encontrar más y mayores muestras de intolerancia en los más diversos temas y ambientes; ya sea a nivel de autoridades, en partidos y movimientos, en las discusiones políticas, en el seno de la familia, en la liviandad de una reunión de amigos, las reacciones tienden con preocupante frecuencia a pasar rápidamente de un sano disenso o criticismo constructivo, a una manifestación de intransigencia, en ocasiones con niveles de vehemencia y fanatismo alarmantes.

La tolerancia es un valor y virtud humana de gran relevancia; en términos amplios podríamos definirla como la aceptación de la diversidad de opinión política, social, étnica, cultural y religiosa; es la capacidad y el compromiso individual de saber escuchar, aceptar respetuosamente a los que nos rodean y valorar sinceramente las distintas formas de entender y acercarse a la vida, cuidando que estas no atenten contra los derechos fundamentales de los seres humanos. La tolerancia no es sinónimo de conformismo, determinismo, claudicación o renuncia; por el contrario, la tolerancia es un ejercicio en que reafirmamos nuestras creencias y opiniones por la vía de aceptar que los demás pueden válidamente opinar distinto.

Es en este contexto que resulta preocupante la descomposición observada en relación a la tolerancia espiritual, política y social.

La tolerancia espiritual, diferente a la tolerancia religiosa, significa aceptar que en nuestro sociedad hay cabida por igual para ateos, agnósticos y quienes profesan una religión, cualquiera que ella sea;  es entender que creer o no creer en un ser o algo superior es una opción igualmente valida, que debe ser ejercida con absoluta libertad; es comprender que el tiempo de los estados comprometidos con una religión ya pasó y que el estado moderno debe ser por esencia laico; es reconocer que nuestra sociedad se extiende más allá de opciones espirituales personales y por lo tanto debe regularse y legislarse con amplitud de criterio y para todos.

La tolerancia política o civil es un valor esencial en una democracia sana, que se manifiesta en asumir con grandeza de espíritu que todos los ciudadanos, cada uno desde su propia perspectiva, intenta genuinamente aportar para construir un país mejor; es la fortaleza intelectual que nos permite aceptar que pensar distinto o aspirar a un país con matices o prioridades diferentes es plausible; es la capacidad de escuchar y disentir con respeto y sin descalificaciones apresuradas y burdas; es la humildad para entender que, sin dejar de lado la importancia de nuestra capacidad para analizar objetivamente y criticar constructivamente, no somos nosotros los llamados a condenar a diestra y siniestra, sino que son nuestras instituciones, las que responsable o irresponsablemente hemos elegido, las llamadas a determinar lo que es o no aceptable o condenable hacer.

La tolerancia social es un elemento fundamental para que una sociedad funcione armónicamente; es la capacidad de entender que los recursos económicos, educacionales, culturales o intelectuales con los que un individuo cuenta, no determinan si una persona es buena o mala; no es el país de origen, el poder económico o el nivel de educación el que nos hace mejores o peores; son nuestras acciones las que demuestran el valor de cada persona como ser humano, poniendo en evidencia el real compromiso por construir una sociedad mejor. La corrupción, la evasión de impuestos, la falta de ética, solo por citar algunos ejemplos, no son patrimonio de ricos, pobres, empresarios o políticos; y es desde esta perspectiva, que los juicios a los ricos por ser ricos, a los pobres por ser pobres, a los indígenas por ser indígenas, a los empresarios por ser empresarios o a los políticos por ser políticos, sin atención a las circunstancias particulares que rodean cada situación, solo contribuyen a una polarización de nuestra sociedad y a su progresivo deterioro.

La tolerancia no es un llamado a ignorar o a ser ignorante; no es una invitación a la indiferencia hacia quienes piensan distinto. La tolerancia es una manifestación fundamental de nuestra responsabilidad ciudadana, que implica escuchar a quien piensa distinto, entender seriamente las diferencias de opinión y aceptar con respeto que podemos disentir y aun así, vivir en armonía social.

En la medida que no hagamos un esfuerzo consciente por recuperar nuestra capacidad de ser tolerantes sin dejar de ser críticos, abandonando los fanatismos religiosos, la radicalización ideológica y las políticas que fomentan la desigualdad y falta de diversidad, el ambiente social y político en Chile y el mundo seguirá degradándose con consecuencias probablemente lamentables para el potencial de avanzar, por la vía de un desarrollo humanista e integral.

Y es en este contexto, que el respeto irrestricto a la libertad de expresión cobra especial relevancia. La libertad de expresión es un derecho fundamental de primordial importancia y que en muchas partes del mundo cuesta grandes sacrificios conquistar y mantener. Es por ello que debe ser protegido; y su protección no es solo responsabilidad de los poderes formales, facticos, políticos o económicos, ni del estado vigilante, sino que de cada uno de nosotros como ciudadanos.

No hay justificación posible para actos barbáricos o conductas terroristas que esgrimiendo banderas supuestamente de izquierdas o derechas políticas, intentan coartar la libertad de pensar distinto; son también inaceptables los actos contra la libertad de expresión de gobiernos dictatoriales, autoritarios e incluso de algunos gobiernos supuestamente democráticos, de cualquier color político que sean, en contra del derecho a expresarse libremente ya sea en forma individual o a través de la prensa organizada; tampoco son aceptables las estrategias de sofocamiento económico impuestas por algunos gobiernos o poderes facticos, que a través del control de la propiedad de los medios de comunicación pretenden intervenir o imponer una agenda informativa, estableciendo lo que esta “permitido” decir o influyendo en lo que es conveniente pensar, de acuerdo a lo que beneficie sus intereses de grupo.

Desde este punto de vista, la intolerancia manifestada pública y privadamente sólo genera más intolerancia, violencia, persecución y abusos.  La tergiversación de religiones, la caricaturización del mundo indígena, la banalización de las creencias, la ridiculización de ciertas opciones sexuales, la burla pública permanente y sin límites, solo promueven un discurso de odio que engendra rencor, despertando sed de represalias.

Las miradas irreverentes, rebeldes o alternativas, son siempre necesarias para el desarrollo de nuestra sociedad. Son ellas, las que amparadas por la libertad de expresión, promueven nuestra capacidad como sociedad de cuestionarnos y deliberar con espíritu crítico; sin embargo, una mirada que por irreverente cruza una línea invisible colocándose del lado de la degradación y la ofensa a personas e ideas, puede fácilmente transformarse en un destructivo factor de división y decadencia social.

La burla hacia quienes piensan distinto, pertenecen a culturas o etnias diferentes o manifiestan opciones de vida alternativas, particularmente hoy, en que persistentemente son representados como quienes pretenden destruir o poner en riesgo la “civilización occidental” no puede dejarnos tranquilo. Así como no parece aceptable burlarse de la mujer discriminada, humillar o menospreciar a la gente de color, ridiculizar a las personas con una orientación sexual distinta, ofender a las minorías indígenas, atacar odiosamente a los inmigrantes y agraviar las creencias de un pueblo, tampoco parece aceptable hoy permitir campañas que, basadas en mensajes de odio e intolerancia, se orientan a coartar la expresión de determinados grupos sociales estigmatizándolos como amenaza para nuestros “valores” occidentales.

La libertad de expresión debe necesariamente protegerse; sin embargo su protección no debiera estar necesariamente basada en la censura o limitación de la misma. Sin perjuicio del legítimo derecho de una sociedad a establecer mecanismos para resguardar la libertad de expresión del abuso de esta, la protección de este derecho fundamental tan preciado, depende en gran medida del ejercicio responsable que cada uno de nosotros haga de él.

Elevados niveles de intolerancia y el irresponsable ejercicio de este derecho, harán justificable e incluso necesario el establecer restricciones de carácter preventivo a la libertad de expresión. Es nuestro derecho como ciudadanos cuestionar el estatus quo; es también nuestra responsabilidad expresar nuestras opiniones y pensamientos, en forma privada y pública, de una manera franca, directa, clara y honesta; con respeto a la diversidad y el pluralismo de ideas y creencias y sin rastro alguno de intolerancia.

En la medida que el ejercicio responsable de este derecho se haga efectivo a nivel individual (personal), corporativo (medios de comunicación, grupos empresariales, etc…) e institucional (gobiernos y sus diferentes autoridades), los mecanismo regulatorios y legislativos de salvaguarda de la libertad de expresión, serán cada vez menos necesarios.

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3 Comentarios en LIBERTAD DE EXPRESION Y TOLERANCIA

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