«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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LO QUE LA DEMOCRACIA NOS PERMITE

Miguel Ángel San Martín

Periodista. Especial para La Ventana Ciudadana, desde Madrid, España.

Nuestro país está a punto de dar un paso trascendental en su devenir histórico, aprobar este domingo 4 una nueva Constitución que se considera el marco jurídico que cobijará nuestra relación social durante las próximas décadas. Es, sin duda, un paso importante para avanzar en los cambios profundos que nuestro país necesita.

          La propia democracia nos abrió los caminos para que decidiéramos tener una nueva Constitución. Y lo hicimos masivamente mediante un plebiscito. Pero, además, nos permitió elegir a quienes escribieran dicho documento trascendental. Y también lo hicimos a través de las urnas, manteniendo una condición sin precedentes: que tales representantes fueran paritarios entre hombres y mujeres.

O sea, fue la voluntad del pueblo la que lo decidió, en una demostración contundente de que la democracia abre los cauces a la participación ciudadana. Y ahora nos llama a dar el paso final, que es aprobar o rechazar dicho documento. También se trata de un acto democrático mediante las urnas, pero esta vez con la participación obligatoria de la ciudadanía. Porque todos tenemos derechos en nuestra convivencia, pero también debemos asumir deberes, obligaciones. Entonces, esto se transforma en un acto serio, concreto y comprometido con el futuro de la Patria.

          Como sucede en toda buena democracia, esta es la forma más justa y ecuánime de dirimir cualquier controversia y abrir los caminos que nos conduzcan por los derroteros que la mayoría elige. Todos los ciudadanos tenemos los mismos derechos, contamos igual para nuestra sociedad y nuestro voto tiene un valor similar al de los demás y es secreto.

          Dicho esto, ahora debemos pensar en lo mejor para Chile. Debemos encontrar las soluciones para los problemas acuciantes que sufren las grandes mayorías nacionales. Problemas que quedaron en evidencia cuando se escuchó el grito masivo y contundente de “¡Basta ya!” que se escuchó en las calles de nuestro país.

          La injusticia, el abuso, la inequidad y la corrupción, males cobijados bajo una Constitución escrita entre cinco personas y entre cuatro paredes, hecha a la medida de una dictadura cruel, tiene sus horas contadas.

          El hecho de que ahora vayamos a votar esta nueva Carta Magna, repito, elaborada por representantes elegidos democráticamente, no gusta a aquellos que se beneficiaron de la anterior, que les permitió esquilmar  nuestra Nación y a sus habitantes. Y como tienen muchos recursos, se han volcado a manipular y mentir con el único fin de  desprestigiar a los Convencionales Constituyentes y desacreditar el Documento Final.  Esas maniobras y falsedades han sido divulgadas masivamente por los medios de comunicación tradicionales, en su enorme mayoría en manos de unos pocos. Han abusado de la inocencia, de la incultura y del fanatismo de muchos que se han creído esas mentiras y las han hecho suyas.

          Sin embargo, las grandes mayorías populares, aquellas que votaron masivamente por una nueva Constitución y que eligieron a sus representantes en forma democrática, nuevamente se van a manifestar en el mismo sentido, dejando de lado las presiones, campañas del terror y las constantes amenazas.           Chile seguirá avanzando en su accionar y aplicará los cambios que necesite nuestra vida social, para ser más fuertes, más justos, más igualitarios y más solidarios. Lo conseguiremos respetando la Democracia, ese sistema inventado hace ya miles de años y que impera en la inmensa mayoría de los países del mundo. Sobre todo, lo haremos en paz, con la frente alta, mirando el horizonte luminoso que se le presenta a nuestra sociedad.

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