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No sabemos argumentar

Patricio Schwaner Saldías

Docente de Filosofía Universidad Católica de la Santísima Concepción

Si una cosa ha quedado al descubierto, con todo lo acontecido en el último tiempo, es que no sabemos argumentar. Aun cuando nos pueda parecer una tarea de difícil alcance, quisiera precisar algunos elementos de rigor que pueden posibilitar el ejercicio argumentativo. 

En primer lugar, se vuelve necesario preguntarnos: ¿Sobre qué vamos a argumentar? Si bien puede considerarse una pregunta ingenua, he notado que muchas personas buscan argumentar sobre temas que ni siquiera conocen, haciendo que la tarea se les vuelva imposible y carente de sentido. Por esta razón se vuelve necesario el profundizar los elementos esenciales de la cuestión que vamos a defender, haciendo que manejemos el tema de forma cómoda y relajada. En segundo lugar, propongo hacer una revisión a las bases de nuestro argumento, es decir a que elementos sustentan lo que vamos a defender, dicho de otro modo, si hemos de cruzar un puente hemos de procurar que sea capaz de resistir nuestro propio peso, de caso contrario no nos animaríamos a cruzarlo. De igual modo, la tarea argumentativa viene a representarnos un vínculo entre dos mundos, que se encuentra comunicado por un pequeño puente, que hemos de fortalecer con fundamentos razonables. 

En tercer lugar, propongo una mirada panorámica al contexto en el cual nos situamos, es decir, no es lo mismo discutir sobre por qué no me gustan las manzanas, que hacerlo sobre el plebiscito de abril, ciertamente hay asuntos que revisten mayor importancia, y hemos de procurar asumir una postura adecuada para su defensa. A fin de cuentas, querámoslo o no, la tarea de argumentar se ha convertido en una necesidad, más aún cuando el florecer de las ideas se encuentra tan alicaído en nuestro contexto nacional.

Al argumentar, vamos tejiendo un entramado de ideas que procuramos sea lo suficientemente fuerte, como para resistir el peor de los vendavales. Por otra parte, hemos de intentar no repetir demasiado el argumento, quizá esté sea uno de los errores más cotidianos, pues no por repetir el argumento, este se vuelve más robusto. 

En palabras de Francis Bacon, filósofo inglés (1561-1626): “El argumento se asemeja al disparo de una ballesta, es igual de efectivo dirigido a un gigante que a un enano”. Con esto dejamos en claro la importancia de argumentar, no solo para la defensa de las ideas, sino además como un ejercicio, necesario y razonable para entender el mundo que nos rodea.

Ludwig Wittgenstein (1889-1951) filósofo austriaco, afirma: “Lo inefable (aquello que me parece misterioso y que no me atrevo a expresar) proporciona quizá el trasfondo sobre el cual adquiere significado lo que yo pudiera expresar”. En este sentido, emerge la necesidad de comunicar lo que pensamos, aun cuando pueda resultar complejo de expresar. Al emprender tan noble tarea discursiva, hemos de facilitar el juicio crítico, el diálogo y la oposición de ideas, que resultan ser favorables en una formación humana integral.

Por otra parte, hemos de entender que el ejercicio argumentativo consiste en un acercamiento a lo esencial, en un intento por descifrar lo más sublime; la verdad. En palabras de Aristóteles, filósofo griego (384 a. C. – 322 a. C.): “No basta con decir solamente la verdad, más conviene mostrar la causa de la falsedad”. Este cometido, solo será posible practicando diversas maneras del pensar razonable, vale decir, asumiendo la tarea de argumentar.

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