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Octavio Fernández: cuentos para no olvidar

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

Octavio Fernández sabe que la escritura es una experiencia con el lenguaje. “Vidas ajenas y otros cuentos”, (Ediciones  Etcétera, 2019), es una buena muestra de ello. Para el autor, agudo observador de su entorno, el acto de escribir es memoria e intento de reconstrucción de un tiempo y un espacio que nos devuelve lo que ya no está y que la escritura nos entrega en la dimensión del recuerdo. Recordar es traer al corazón y en el caso concreto que nos ocupa, reconstruir una historia particular para que haya huella, un relato en el cual también podemos reconocer que esas “vidas ajenas” pueden tener mucho de nosotros o de otros que conocemos. Si mal no recuerdo, Platón decía que escribir era atesorar recuerdos para la edad del olvido. Algo que, en algún sentido, dialoga con el comienzo de este libro: “Presiento que mis recuerdos se evaporan, un tiempo más y no quedará nada de aquello guardado con tanto celo en mi memoria”. Uno de los objetivos de la escritura de Octavio Fernández es, entonces, dejar testimonio. Y lo hace con una innata capacidad narrativa, amena y sorpresiva, tal como es él mismo: un permanente viajero por el mundo que no ha olvidado que “conversar” es, en la tercera acepción en desuso que señala el Diccionario de la Lengua Española (DLE, antes DRAE), “vivir, habitar en compañía los otros” y no un mero intercambio de ideas y opiniones. Entonces hay pasión, hondura, experiencias vividas y padecidas, encuentro, creación, poesía siempre: “¿La poesía para qué puede/ servir sino para encontrarse?”, nos pregunta y responde el poeta Omar Lara. Viaje y búsqueda, entonces, para ser mejores. Así conocemos al escritor Octavio Fernández.

El libro está dividido en dos partes. En el caso de “Historia de una familia”, por ejemplo, asistimos a un relato tradicional de carácter realista y costumbrista con elementos que reconstruyen cronológicamente el devenir de unos familiares. Narrado en primera persona e incorporando diálogos en discurso directo, el narrador parece confundirse con el autor. Al comienzo leemos, casi como una advertencia, pero también como un recurso literario: “Decidí narrar la historia de mi familia para descendientes, amigos y para todos aquellos que se sientan de alguna manera identificados con un origen humilde. Lo aquí narrado es común a miles de habitantes de esta América morena”.

Los nueve cuentos que vienen en la segunda parte tienen todos esa unidad que se resuelve en el adecuado empleo de una continuidad que tiene cohesión, coherencia, recurrencia, sorpresa y la necesaria tensión que permite leerlos con interés y uno nunca sale decepcionado de tal experiencia, muy por el contrario Octavio Fernández sabe rematar cada cuento con un cierre inesperado que sorprende siempre al lector de un modo ameno, entretenido, lúdico, inteligente. Es lo que Abelardo Castillo y Julio Cortázar afirmaban como característica fundamental de un cuento (para distinguirlo de la novela): el ganar por nocaut. En el cuento, y más aún en el micro cuento, se dispone de un espacio reducido para su desarrollo, por lo que esa suerte de fotografía que contiene el recorte de una realidad, debe luego expandirse en el lector desatando el nudo de la intriga que no es otra cosa que la constatación de un mecanismo que produce algo, una forma que genera significados, en fin, que entendamos cuál es el artificio, la cosa hecha que hace que reaccionemos de una manera determinada.

En su micro cuento “Ayuda extemporánea” podemos apreciar lo que hemos comentado: “En un salón del Liceo Enrique Molina, Matías enfrentaba a una severa comisión. Último examen de revalidación de enseñanza media. Si lograba pasarlo su futuro sería otro. Los nervios lo estaban invadiendo, casi no sentía sus piernas. Lo aprendido durante una noche y un día, se negaba. La pregunta lo aterró. ¿Cómo se llama la guerra en la que se enfrentaron Atenas con Esparta? Segundos eternos, al mirar sobre las cabezas de la comisión, le pareció que la fotografía de don Enrique Molina le sonreía y su cabello se oscurecía. La guerra del Peloponeso, respondió. Lo demás fue fácil.”

Invitamos, pues, a los lectores a aventurarse en la lectura de este libro de Octavio Fernández Flores y a descubrir por qué tiene la gracia de ser entretenidamente interesante.

DATOS DUROS:

Octavio Fernández Flores nació en la provincia de Linares, Chile, en 1939. Es felizmente casado, con tres hijos y cinco nietos. Estuvo vinculado laboralmente por más de 30 años con la Empresa Nacional del Petróleo, en especial con su filial de San Vicente.

Desde 1999 incursionó en la literatura cuando postuló al Concurso Literario para el Adulto Mayor, organizado por la Secretaría Ministerial de Gobierno, Región del Bío-Bío y la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Filial Concepción, oportunidad en que obtuvo el Primer Lugar con su cuento “Olvido total”. Desde ese año ha participado en varios concursos literarios obteniendo el Primer Lugar regional con su obra “El campesino que se transformó en leyenda”, organizado por el Ministerio de Agricultura, FUCOA, 2005. También han sido premiados sus cuentos: “El enigma de la mansión Rendic”, incluido en la  antología “Hrvastski Duh”, 2002; “La diosa del carbón”; IV Concurso de Narrativa “Me lo contaron mis viejos”, de la cuenca del carbón, 2010, y la obra “Confieso que he vivido”, en Concurso Literario Autobiográfico del SENAMA, Región del Bío-Bío, 2017.

Hasta el año 2018 ha escrito 60 cuentos, 16 aparecen en su libro Cuentos de un escritor tardío (Ediciones LAR, 2017); 20 están repartidos en antologías de talleres literarios: “Plenitud”, “Jueves será…”, que dirige el poeta Omar Lara, y en “Historias de mi ciudad de aquellos tiempos”, editada por CIEDESS para Caja de Compensación Los Andes. La diferencia todavía está inédita. En 2018 publica Vidas ajenas y otros cuentos (Ediciones Etcétera).

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