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SAN ANDRÉS DE TEIXIDO

Gladys Semillán Villanueva

Embajadora por la Paz de las Naciones Unidas por la Letras UNILETRAS. Ave viajera de Semillas para la Juventud

Desde Castelar, Argentina

Allí estaba ella llegando en ese coche, acompañada por un amigo que había nacido en una aldea de la Costa de la Muerte…El Finisterre.
Se conocían de mucho tiempo.
De aquellos días en que en uno de sus viajes llevó un dibujo hecho en grafito reproduciendo la cara de Rosalía de Castro.
Trabajo que donó a La Casa Museo de la Poetisa en Padrón y él era el Director Cultural de esa casa.

Ahora miraba desde la ventanilla esos acantilados imponentes donde las olas hacían su festín de choques y diálogos con las piedras de una manera furiosa pues el día estaba ventoso, si bien el sol brillaba soberano.

Sabía bastante de la historia y mitos del lugar, pero deseaba comprobar la bravura del lugar y ese encanto ‘atrapador’ del que le habían hablado.
La llegada fue así, atrapante, sobre todo la iglesia, parecía hecha con paredes de turrón, fondo blanco y cada tanto una piedra semejando una almendra.
Absolutamente original.
Habían convenido que ella tendría su tiempo para recorrer, fotografiar y dejarse llevar por sus particulares investigaciones.
El lugar lo prometía.

La aldea era pequeña, pocas casas, cerca de la iglesia una suerte de corredor de piedra con algunos chiringuitos ofreciendo recuerdos realizados por los pobladores.
Le llamó la atención unos manojos de figuras hechas en miga de pan horneada y pintadas en vivos colores representando cosas de San Andrés.

Fue lo primero que compró y como gentileza le dieron un ramito de “hierba de enamorar”, que según dicen, da buen resultado a las niñas casaderas.
Mas, lo que la impulsaba era investigar sobre ese dicho popular, “Irá de muerto quien no fue de vivo”, claro refiriéndose al lugar, San Andrés de Teixido.

¿Preguntar?
Sabía que le dirían que era cierto.
¿Pero cómo comprobarlo?…era casi un delirio.

El lugar se imponía por una presencia mágica casi palpable.
Desde un balcón frente al atrio de la pequeña iglesia dejo vagar la mirada hacia ese Atlántico que bien conocía, allá  adelante estaba su orilla, Argentina.
Su amigo le alcanzó un café y ella buscó unas piedras para sentarse y observar en la floresta razones para…llegar,…en forma de hierba…mariposa…o animalito pequeño. ¿Una lagartija tal vez?

¿Por qué pensó en esa forma?
Y allí estaba, mirándola, en la piedra casi blanca frente a ella.
Quieta, segura, como esperando una conversa.
Mientras se miraban tomó un par de sorbos de café, como queriendo tragar lo que veía.

Pequeña, vivaz, su colita curvada hacia adelante, dando idea de estar bien sentada esperando.
Casi desafiante.
Entonces, como si estuviera posesa de un deseo de entendimiento, le habló.

¿Se cumple en ti eso que dicen?
La lagartija se enderezó y se puso bien de frente.
Ojos con ojos.
Avidez y misterio.

¿Me tienes miedo?,…preguntó
Era evidente que no pues se acercó a la orilla de la piedra como para estar más próxima.
¿Si extiendo mi mano, subirías a ella?
¿Pruebo?
Ahora la mirada era firme pero confiada, casi desafiante.
Estiró la mano hasta el borde de la  piedra y su asombro fue enorme al ver que la pequeña no se inmutaba, esperaba posarse en la mano.

Y se posó.
Trató de estar serena, pero aquello la superaba.
Puso la mano sobre su regazo pues a esta altura temblaba bastante y no deseaba asustar al animalito.

Casi en un murmullo, las palabras le fueron brotando en los labios como en una confesión.
No entiendo…pero es que hay tantas cosas que no se entienden y pueden ser.
Esto,… por ejemplo.
Es emocionante tu respuesta de confianza,…es increíble que estés en mi mano.

Solo sé que hice una pregunta al viento y como por arte de magia apareciste.
Acá estamos las dos…en  condiciones distintas, pero acá.
Sí, es verdad yo no regresaré…pero tú,…¿te quedarás acá para siempre?
Se miraron largamente en silencio.

Te  dejo pequeña…ya es hora de retirarme.
La puso sobre la piedra, acarició la cabecita y se marchó.
Cuando estaba por subir al auto, su amigo la alertó.
¡Cuidado hay una lagartija cerca de ti, no vayas a pisarla!

Se sonrió.
¿Cómo te fue?
La miró, cómplice, ya que evidentemente la había acompañado.
De maravillas…respondió, acercando su mano a los labios.

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