La tan "mentada" Carretera Hídrica, desde un punto de vista estructural, ingenieril... como proyecto, claro que es viable. ¿Se puede construir? Sí claro, lo que no se puede es: predecir, con claridad, sus consecuencias y daños colaterales, desde el punto de vista Medio Ambiental y sus alteraciones naturales, con la sola intervención de los espacios...
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PACA JILIBERTO Y SU LENTO CARACOL DE SUEÑO

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

La pintura sucede en un espacio real: la superficie de su soporte, pero, curiosamente, ese recorte de la realidad tiene también una extensión, una apertura a un espacio en ausencia que completa la cultura y la imaginación del espectador. El verbo “suceder” nos remite a algo que pasa en un lugar: a territorio, a geografía, a cubrir algo, a desarrollo. En efecto, la pintura o los materiales que se usan, cubren el espacio en blanco que se ofrece al artista visual. Para los escritores ya constituye un lugar común, hablar de la famosa página en blanco. ¿Dónde comienza un cuadro? ¿Dónde termina? En todas partes y en ninguna. La obra se nos presenta en forma simultánea a la mirada, como un todo, aunque nuestro ojo puede detenerse por aquí, deslumbrarse por allí o aventurarse por allá. El espectador la recorre como una mano que acaricia y que se asombra. Las nociones de “punctum” y de “studium” que Roland Barthes acuñó para referirse a la imagen, particularmente a la fotografía, nos sirven para comentar algo sobre la percepción que nosotros tenemos como espectadores al observar un cuadro.

El “punctum” tiene que ver con la fascinación y el carácter emotivo que, al observar una obra, provoca de inmediato una respuesta en el espectador, es algo que no se busca sino que surge repentinamente de la escena e impacta de algún modo u otro en pleno rostro, en pleno corazón, al que mira. No hay premeditación ni teatralidad, aquí opera el azar y el misterio.

El “studium”, en cambio, se refiere a algo más general, a un saber denotativo más directo y compartido en función de la cultura y de la información que se tiene sobre un tema particular. Es lo que efectivamente muestra una imagen y tiene que ver más con información estandarizada que con un saber emotivamente especializado.

Razono sobre estos aspectos, porque lo que uno experimenta frente a estas bellas y logradas obras de Paca Jiliberto, es la fascinación de leves y coloridas geografías que suspenden sus límites en abrazos de nubes o algodones; en profundidades de espacios como húmedos velos que ni siquiera hay que descorrer, ya que su transparencia fluye acuareladamente seductora y nos invita a entrar limpiamente en mundos oníricos siempre intervenidos por grafismos que van desde figuras reconocibles a interesantes y significativos trazos como flecos ordenados, rasguños o rayas.

Hay una cierta intimidad telúrica en estas telas llenas de pasión imaginativa, de movimientos que hacen patente velocidades, tensiones y direcciones como vasos comunicantes, muy lúdicas y juguetonas, porque existe un libre juego de sentidos y correspondencias que funden y confunden pequeños mundos dentro de otros mundos que fluyen como el agua y así hasta descifrar el encanto y la sublimación mayor de esta continua presencia que es la obra toda de Paca Jiliberto: palpamos la levedad de sus telas, oímos sus colores, una música honda, “callada”, como en el querido oxímoron de San Juan de la Cruz, pero también la “soledad sonora” y sublime. Sublimación, nos recuerda el filósofo Jacques Derrida, es “estar arriba, cerca del cielo y, a la vez, el lugar donde llevé todos mis sueños de escritura.” Pintar es también un modo de escribir, una experiencia del deseo, una presencia amada que deja huella y si hay registro, hay supervivencia, diálogo, historia, tradición. “Sublimar” es también, en física, “pasar directamente del estado sólido al de vapor.” Apreciamos un carácter vaporoso en estas telas, la artista ha transformado una realidad en otra, en esa inteligente ingenuidad que fluye a la par de una extraordinaria pulsión vitalista que en Paca Jiliberto se traduce en sensualidad, erotismo, emoción, felicidad, goce, armonía compositiva, vértigo del deseo, cromatismo y seducción, gradaciones y contrastes, temblor y estremecimiento, vibración como de sueño, intuición, amabilidad, misterio. Y como dice el poeta García Lorca: “Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio.” Y el poeta granadino también está presente en estas obras: basta observar aquí y allá, algunos dibujos que nos recuerdan los suyos: intertextualidad figurativa, pero se diría en trayecto, nunca completamente terminada, porque es un guiño, tal vez un homenaje, y la obra, como quería Paul Valéry, es un ser abandonado en espera de otro que lo acoja y complete, es decir, que lo ame.

En este sentido los invito a detenerse en estas telas, a demorarse, a descubrir ese “punctum” que los seduzca, a que se levante de la tela ese detalle que vendrá a cambiarlo todo, como sucede en la obra El túnel de Ernesto Sábato: solo María Iribarne se fijó que en el cuadro pintado por su victimario Juan Pablo Castel había, además del “studium”, un “punctum”: “… arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta. Nadie se fijó en esta escena; pasaban la mirada por encima, como por algo secundario, probablemente decorativo. Con excepción de una sola persona, nadie pareció comprender que esa escena constituía algo esencial. Fue el día de la inauguración. Una muchacha desconocida estuvo mucho tiempo delante de mi cuadro sin dar importancia, en apariencia, a la gran mujer en primer plano, la mujer que miraba jugar al niño. En cambio, miró fijamente la escena de la ventana y mientras lo hacía tuve la seguridad de que estaba aislada del mundo entero; no vio ni oyó a la gente que pasaba o se detenía frente a mi tela.”

Estas obras logran el milagro de mover nuestros adentros e invitarnos a mirar esa ventana esencial, a observar por esa ventana, a crear un diálogo de nube, de juego, de color y de pasión, porque en ellas están las visiones de una trayectoria. Paca Jiliberto nos cuenta y nos canta parte de sus claves: el instante primero del asombro venido de algo que ya encerraba un destello que buscaba un alma: un tejido, y ya sabemos que toda obra es un texto, una urdimbre, un hilo visible o invisible que teje sensaciones. El poeta Miguel Arteche nos recuerda el “pan” de Gabriela Mistral que a ella siempre le “parece nuevo o como no visto.” Y allí encontró nuestra artista Paca Jiliberto el asombro: unas manos de mujer mezclando hebras y colores, traspasando imaginaciones y significados: “Tanta vida y sencillez”, nos dice Paca Jiliberto y nos deslumbra con su definición del concepto de “inspiración”, ella lo asocia a “conexión”, a algo que surge de la obra misma. Y claro, un cable a tierra, a aire, a fuego, a agua, para instalar la fragua en capas transparentes que el lector-espectador debe aventurar como indagando la niebla. Y Unamuno, Miguel, El Vasco, nos sopla al oído su “Credo poético”: “esculpamos, pues, la niebla”. ¿Cómo hacerlo? Paca Jiliberto se conecta y, paradojalmente, ese cable se transforma en línea y la línea desaparece y aparece otra, sube, baja, se traslada, canta, dice, narra, cuenta y transfigura la realidad en cortinas nebulosas que en vez de oscurecer, en vez de ser sombríos pétalos, alumbran con sus dedos luminosos todo lo que tocan, hacen leve el peso del deseo y se oye a un desconocido cantar en el bosque, como escuchó el poeta Jorge Teillier. Mientras tanto viene la espera: un cuadro aquí, otro allá aguardando que se vaya la humedad. Paca Jiliberto hace del viaje una vía de conocimiento y su intuición recupera el paraíso perdido de tanta alma en pena. Descubre en Berlín el “obstinato rigore” de Leonardo, grabando el silencio y la lluvia de ese Sur suyo, entre aceites y colores y transparencias y esa precisión para llegar a la pieza que se busca, a la caligrafía de algo venidero, pero que ya está aquí; en Marruecos y la India, aparecen los colores del cielo y del infierno y más allá del bien y del mal Paca Jiliberto se imagina una blanca tela que se irá cubriendo y poblando de una magia incesante, de un silencio bullicioso de duendes y fantasmas y seres de aquí y cosas de allá; de un suave aleteo multicolor con estambres de otro mundo y un cielo de transparencias y el sol arrastrará, como en el tango de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo, “su lento caracol de sueño”.

Transparencias en el cielo

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