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Editorial: Pascua Feliz para todos

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Vivimos insertos en lo que podría considerarse como una “cultura cristiana”. La casi totalidad de las naciones de Occidente se proclama formalmente como adherente a la fe, los principios y los valores evangélicos, y así lo proclaman en toda ocasión. Sus habitantes, en encuestas, censos oficiales e investigaciones académicas y sociales, declaran creer en un único Dios (precisamente, “el Dios de los cristianos”) y precisan que sus convicciones religiosas las encauzan a través de diversas iglesias entre las que destaca, por su influencia y poder preponderantes, y su institucionalidad, la Iglesia Católica.

En el particular caso de Chile, las estadísticas muestran un aumento significativo del número de personas que se declaran agnósticos o derechamente ateos; una consolidación y crecimiento de los fieles pertenecientes a las confesiones protestantes; y una fuerte caída de un catolicismo que otrora llegó a significar una cifra cercana al 90% de la población.

Sería absurdo desconocer que la serie de graves escándalos que han afectado a la Iglesia Católica chilena ha llevado a que miles y miles de personas (quizá, millones) hayan abandonado toda confianza en sacerdotes y religiosos y en quienes ejercen cargos de autoridad. Las nuevas generaciones observan con profundo escepticismo a sus pastores (en una generalización poco justificable) en tanto que los mayores mantienen una constante fidelidad que obedece muchas veces más a enraizadas costumbres que a convicciones profundas.

Más allá del sempiterno debate acerca de la existencia o no existencia de un Ser Superior, de las dudas y cuestionamientos que legítimamente suscita la afirmación de que ese Dios confía a determinadas personas privilegiadas la mantención y cultivo de las relaciones con la comunidad humana, pareciera estar fuera de toda duda que la mayor parte de las religiones sostienen valores que son estimados como positivos y cuya concreción efectiva contribuye a un avance y progreso civilizatorios. Nadie, por ejemplo, podría hoy negarse a reconocer, sin avergonzarse, que el respeto a la dignidad de todos los seres humanos, la vivencia de la solidaridad, la búsqueda y preservación de la paz entre los hombres y entre las naciones, independientemente de quienes los sostengan, constituyen exigencias de vida inexcusables.

Sin embargo, cuando se ven enfrentados a la necesidad de aterrizar estos principios, de sacarlos del etéreo campo de las abstracciones para traducirlos en formas de vivir concretas y específicas, se produce una chocante disociación que denota una inconsecuencia mayúscula. Así, sectores radicalizados del Islam buscan imponerse por la fuerza y la violencia; sectores fanatizados del cristianismo protestante se abren paso a través de visiones políticas de ultra derecha persiguiendo controlar las formas de vida de las sociedades conforme a un patrón teocrático que consideran el único verdadero y aceptable; el catolicismo institucional se pliega cada vez con mayor compromiso a las elites que controlan el poder político, económico, social y cultural.

De esta forma, las convicciones religiosas que, en lo terrenal, debieran conducir necesariamente a unir a las personas en una trama de respeto mutuo, de amor y fraternidad, de búsqueda incesante de una vida comunitaria más justa, se transforman en coadyuvantes en la mantención del statu quo en sociedades cargadas de agresividad y egoísmo.

En nuestro país, los medios de comunicación social se muestran copados de una publicidad carente de todo aporte, de mensajes ramplones que invitan a comprar en ene cuotas para así alcanzar la felicidad; de llamados a renovar el auto, el televisor, el celular, para alcanzar con ello una razón que justifique nuestro existir. El mensaje expreso es claro: “Endéudese para que sea feliz”. Y si el cupo de su tarjeta ya no se lo permite, el mensaje implícito es: “Busque cualquier camino para adquirir lo que otros ya tienen”.

Consumir, consumir, consumir. En ello se nos va la felicidad. Deje de lado sus deberes y valores como persona, como familia, como comunidad. No pierda su tiempo, compartiendo con su cónyuge, con sus hijos, con todo ese mundo de amigos que conforman su entorno. Eluda la mirada suplicante del pobre. Adore al Dios del consumo. Esa es la tarea del día.

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