Las personas y la ciudadanía deben estar conscientes de los pasos que se dan, para orientar el desarrollo o para estancarse y retroceder... El próximo plebiscito, es una oportunidad de desarrollo para la ciudadanía y para dignificar al ser humano y transformarlo en soberano.
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Preguntas sin respuestas

Nuestro país enfrentará siete (7) votaciones durante los próximos catorce meses. Una cifra relevante que, para cualquier observador externo y que constituiría la prueba irrefutable de que en Chile tenemos una democracia vital y pujante.

Pero, como sucede en muchos aspectos de la vida en común, las apariencias engañan.

El plebiscito preconstituyente del 25 de octubre tiene un valor innegable. La frase que tradicionalmente ha engalanado nuestros documentos fundamentales: “la soberanía reside en la nación”, por primera vez en la historia republicana tiene la posibilidad de hacerse realidad. Ello, por supuesto, en la medida en que se imponga el “Apruebo”, se registre mayoría por la “convención constitucional” y que los integrantes de ésta sean el reflejo lo más exacto posible de la voluntad soberana.

Los sondeos de opinión han apuntado, en líneas generales, a que un 66% de los votantes lo harán por aprobar el proceso de elaboración de una nueva carta fundamental en tanto que solo un 15% estaría por el “rechazo” aunque los analistas coinciden en destacar que es muy probable que la mayor parte de ese 19% que no declara su opción (no sabe / no responde) se agregue al voto de rechazo ya que en este grupo se escondería la llamada “espiral de silencio”.

Si se analizan las opiniones favorables al “Apruebo”, se puede constatar que se trata de un universo bastante transversal tanto en edad como en condición socio-económica, en tanto que el mundo del “Rechazo” está compuesto fuertemente por votantes ligados a la clase alta, en su mayoría varones y personas de edad superior a os 60 años. El “Rechazo” recoge, sin duda, el voto duro del electorado de derecha que corresponde como mínimo a ese 22% que califica los diecisiete años de la dictadura gremialista-militar como “un buen gobierno”.

Otra consideración que se debe tener presente es que, si se mide el comportamiento ciudadano del período 1990-2017, solo un 35% de los encuestados declara haber votado “siempre”, un 15% dice no haber votado nunca y el resto, la mitad de los ciudadanos, que solo lo hace “ocasionalmente”. Los resultados de las elecciones realizadas desde que se implantó el voto voluntario, indican que la abstención bordea constantemente el 50%.

A pesar de que sobre el 70% de los ciudadanos declara que es necesaria una nueva Constitución, es difícil predecir cuál será la comparecencia efectiva más aún si se consideran los temores de contagio que están muy presentes en estos momentos.

Teniendo presente lo antes dicho, es preocupante la desidia con que los movimientos políticos y sociales que llevan tres décadas clamando por una nueva Constitución, han enfrentado el proceso.

El comportamiento en este tiempo de los partidos políticos tradicionales y de los movimientos emergentes, ha sido casi lamentable. En un período de casi un año, todos, sin excepción, han sido incapaces de efectuar un proceso de pedagogía cívica que eduque a la ciudadanía sobre lo que está en juego no solo en el próximo plebiscito del 25 de este mes sino también en el desarrollo del proceso constituyente propiamente tal.

En los últimos días, de acuerdo a la ley, se ha iniciado la franja obligatoria de la televisión abierta. El programa diario no informa, no motiva, no explica y, sobre todo, oscurece y confunde. El fraccionamiento de los tiempos, que debió haberse dividido entre las alternativas “Apruebo/Rechazo” y “Convención Mixta/Convención Constituyente”, procurando entregar razones y fundamentos, ha permitido la entrega al telespectador de señales confusas que demuestran que, pese a lo trascendente del plebiscito, han primado los intereses partidarios y personales, apelando más a las sensaciones y a las imágenes que a las ideas y a la razón. Los cerebros del mensaje comunicacional erróneamente han apelado más a buscar la respuesta del “voto duro” de cada sector que a la incorporación de ese 50% que no reconoce afiliaciones y cuya participación es indispensable para avanzar en la consolidación de nuestra lánguida democracia.

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