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SACRILEGIO

Belén Pulgar Neira

Periodismo U. de Concepción.

Esto es, querido compañero, lo que sucede por nuestras mentes, por nuestros cuerpos, cuando ocurre algo tan grave, tan intenso, como un acoso o abuso.

Sentimos miedo. Sentimos la duda frente a alguien a quien solíamos mirar con ojos de amiga, de hermana. La familiaridad se nos fue y comenzamos con nuestro trato automático frente a alguien a quien no queremos hacer enojar. Nos vemos incómodas por la impotencia de no hacer algo, de no poder preguntar, de no poder encararlo si lo que nos dijeron -que nadie debe saber- era verdad. Queremos correr y salir de ahí. Pretender nos gastó las energías y ahora estamos emocionalmente agotadas. Incapacitadas. ¿Será que hemos perdido la capacidad de hacer como que todo está bien cuando sabemos que la persona con la que estoy tratando nos ha decepcionado?

Queremos llorar y no podemos, nos pesa el aire, nos duele el pecho. Supongo que si fuera una pareja dolería aún más, pero incluso siendo sólo un amigo el alma se corrompe y nos rompe. Si fuera familia nos dolería un poco más, pero ¿quiénes son los amigos sino familia por elección? Queremos que nos digas que es mentira, que no lo hiciste, que no dañaste a un alma como la nuestra, que no te apoderaste de su cuerpo, que no profanaste, que no lo disfrutaste.

En mi mente veo a tantas como yo que por mucho que digan “no” siguen tocándonos, golpeándonos, manipulándonos, besándonos con sus alientos amargos y manos fuertes. Y nuestros cuerpos fríos se vuelven sucios, maltratados, avergonzados al tener que esconder las marcas de sus cuerpos, de tu cuerpo.

Por eso jamás dejaremos de llorarte y pedirte que no lo hayas hecho de verdad. Dinos que no cometiste sacrilegio para volver a creer en ti. Para no mirarte diferente y ser una de esas mujeres que aborrecemos, esas que se creen el cuento de la mujer víctima del mundo, de la mujer que siempre dice la verdad, de la mujer que siempre es mejor que el hombre. Porque no siempre es verdad. Porque no siempre hay hombres que hacen lo que supuestamente hiciste, porque a veces son mujeres aprovechándose frente mío, frente a todos de la situación y vulnerabilidad que implica ser humano estos días. Porque cuando hay un hombre que en verdad que ha dejado de lado los estereotipos y la clasificación de “macho”, es casi una deidad, un hombre feminista, un imposible que para muchas jamás ha existido por su incapacidad de perdonar y olvidar sus resentimientos como algunas lo hemos hecho.

Te volverás un sacrificio más del escrutinio público. Te funarán por todos lados y tu imagen de artista será destruida por los medios. Sufrirás al conseguir trabajo, al tener relaciones, al conservar amistades y familiares. Te sucederán todas esas cosas que detestamos y no podrán defender tu nombre porque sabrán lo que has hecho. Cambiaremos la tele y nos iremos de la conversación cuando te mencionen. Y no faltará el que nos pregunte por ti a lo largo de los años cuando junte las señales y sepa que te conocemos.

Por ello y más te ruego, dile al mundo la verdad, que si en verdad cometiste el sacrilegio del que hablo, entonces tendrás que volver a ganarte las confianzas. Y quizás algún día, los ojos de extraña que te regalan a cada hora abandonen sus facciones. Tendremos que refugiar nuestra pena en las parejas, en la mejor amiga, en la familia si es que la entienden siquiera. Extrañaremos hablar contigo y la decepción nos obligará a hablarte diferente si es que los años nos reúnen.

Me pregunto cómo has ocultado tanto sufrimiento por tantos meses, cómo es que vienes y prestas atención cuando alrededor tuyo están personas que te quieren en su ignorancia y te echarían al fuego si les contaras. Me sorprende tu actuación, tu habilidad para pretender. Y me pregunto también si es que volverás a sonreír, a dormir con tranquilidad por las noches sin miedo a ser asesinado por la turba, si volverás a cantar con nosotras, con nosotros.

Mas que no se mal entienda, porque ellas se sienten peor que yo, las violadas, las netamente penetradas por el instinto animal liberado por el ego y la represión. Pues yo me escapé, logré escapar de todo eso y tuve una vida normal aunque el miedo persista. Las lágrimas siguen y vienen a visitarme cada cierto tiempo, así como los miedos en forma de barreras, de murallas que por decisión y cuenta propia he sacado a la luz y quebrado lentamente.

Jamás entenderé por lo que ellas pasaron a flor de piel, sin embargo sé cómo se siente estar en presencia de un hombre que jamás pensaste te iba a hacer daño y de pronto lo hace. Sus ojos se vuelven fríos, turbio, deseosos de carne y sangre. Pierde el control de su cuerpo y susurra al oído “lo siento”. Una y otra vez te lanza contra la pared, contra un mueble, contra una cama. No te toca con gentileza sino con la furia de una pelea acumulada. No pregunta nada, y si habla a veces solo son órdenes o insultos. No parece entender nada, no entiende por qué no te gusta, porqué lloras, por qué no te mueves ni por qué no lo miras. Desgarra tus ropas, a veces ríe. Te abre las piernas y las separa una y otra vez. O simplemente levanta tu trasero y te ahoga contra cualquier superficie.

En sólo unos momentos te quita la vida, te la esconde, se la lleva y te la deja rota, manchada. Ya nadie puede volver a tocarte porque recuerdas sus manos, recuerdas todo su cuerpo, su olor, sus fluidos, y cada vez que quieras o lo cuentes, lo pienses o lo escribas, vas a volver a recordar la sensación que tuviste al sentirlo.

Luego tendrás que esconder los moretones, te ducharás a ver si eso se lleva todo, a ver si eso lo borra. Y en el futuro ya no sabes si vas a poder volver estar con alguien a no ser que te convenzas a ti misma que eres fuerte y puedes seguir adelante con todo, que todo lo que viene no es nada porque ya saliste de lo peor y sobreviviste. Pero aún después de todo eso, sigues estando manchada.

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