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Un Reglamento Arbitrario.

Guilmo Barrio Salazar

Desde Georgia, E.U.A.

En los EE.UU. los patrones industriales se han transformado en gobiernos privados.  Hoy, el que trabaja para sobrevivir puede fácilmente recordar a su jefe.  En Octubre pasado los periódicos The New York Times y The New Yorker, reportaron que  docenas de mujeres en Hollywood, California, cuyo jefe era Harvey Weinstein, habían sido abusadas sexualmente por su jefe.  Estas revelaciones impulsaron a muchas mujeres en otras industrias y actividades  a comenzar a presentar sus propias experiencias de abusos sexuales por parte de sus superiores profesionales.  Dentro de estos hombres prominentes acusados de un comportamiento tan libertino, aparecieron  el ejecutivo de los Estudios Amazon, Roy Price;  también el famoso chef John Besh, y un gran número sujetos de alto calibre en los medios de comunicación, dentro de cuyas personalidades se encuentran el periodista televisivo de un  programa tan popular conocido como “Today” (Hoy), Matt Lauer; además, el anfitrión de televisión Charlie Rose, el editor literario del periódico New Republic, Leon Wieseltier, y el editor del ya mencionado periódico The New York Times, Michael Oreskes. Muchas mujeres han acusado a todos estos hombres de explotar sus posiciones de autoridad para coaccionar, molestar, y en muchas ocasiones asaltar sexualmente a sus empleadas.  Hoy, todos ellos han sido despedidos de sus puestos después de ser procesados en las cortes judiciales.

Una de las grandes empresas de limpieza a nivel nacional, es ABM. En ésta,   las mujeres trabajan solas haciendo limpieza de oficinas durante la noche, y se les asigna la tarea de  cubrir todo un piso, y a veces dos pisos de esos grandes edificios a cada una de las empleadas. Muchas de ellas han sido violadas por sus supervisores, sin importar si eran casadas o solteras, quienes les decían que si ellas reclamaban nadie les iba a creer.  Pero,  esa empresa ha sido demandada judicialmente, y ha debido pagar  millones de dólares por daños y perjuicios a sus trabajadoras, por hechos ocurridos por más de una década.

Debido a que la mayoría de las personas que reportan este tipo  de abusos son mujeres, es fácil ver como son tratadas en sus lugares de trabajos, y el sexismo y la misoginia continúa en aumento.  También es fácil ofrecer una “cultura de violación sexual” como una explicación de por qué muchas personalidades permanecen en la impunidad a veces por décadas.  Pero,  también hay otra dimensión en  estos casos de asaltos que de alguna manera han quedado sin ninguna discusión.  En la mayoría de estos incidentes que han salido a la luz pública, las víctimas,  consideradas como mujeres de  segunda clase, han sido profundamente enredadas precisamente  como empleadas de un estado de segunda clase.  Aunque la realidad nos demuestra que no es así.

En muchos de estos incidentes, como lo señala el periodista de la revista Nation, Bryce Covert, hay evasión y atropello  de nuestras leyes laborales federales a nivel nacional, aun cuando éstas  actualmente niegan una protección contra las molestias o los abusos sexuales dentro de los trabajos de contratistas independientes, una categoría que incluye a las actrices y otras trabajadoras independientes dentro de las industrias relacionadas con el arte y el entretenimiento.  Pero,  más que eso, estos casos demuestran una desigualdad fundamental en la relación de los trabajos.  La mayoría comprende que ser un depredador por un largo tiempo y abusar en el lugar de trabajo, es el resultado desordenado del “poder” de los abusadores, y si eso se necesita cambiar, es crucial comprender exactamente cómo opera ese poder, y por qué existe, si realmente se necesita cambiar o desafiar.

Esta dinámica de poder es la razón del “Gobierno Privado”, el nuevo libro de Elizabeth Anderson, que es una profesora de filosofía y de estudios femeninos en la Universidad de Michigan.  En su libro,  Anderson argumenta que los patrones de hoy ejercen un grado de autoridad sobre sus trabajadores, el cual en muchos casos, es más estricto que la autoridad que el Estado ejerce sobre sus ciudadanos.  Los patrones pueden dictar cómo los empleados deben vestir, lo que se les permite decir a los medios informativos, incluso lo que deben hacer en sus tiempos libres.  Eso está perfectamente legalizado. Así,  la empresa Tyson Foods le puede prohibir a sus empleados en esa planta avícola, que utilicen  los baños en sus momentos de descanso. O la compañía Apple puede disponer que se les revise diariamente la ropa y todas las pertenencias de los empleados, causándoles perder media hora de sus salarios cada día.  También es lo más normal que los patrones supervisen las comunicaciones de sus trabajadores, o que les ordenen a tomar un examen médico, a pesar de encontrarse en buena salud, cuyo costo lo debe pagar el empleado, o castigarlos debido a sus preferencias políticas.  Como lo indica Elizabeth Anderson: “Si el gobierno de los EE.UU. nos impusiera tales reglamentos, nosotros tenemos el derecho a protestar, debido a que nuestros derechos constitucionales han sido violados”.

En parte, esto ocurre porque estamos sujetos a más de una clase de gobierno en nuestras vidas.  El gobierno, según la definición de Anderson, “existe en todas partes donde haya personas con autoridad que ordenen a otros, apoyados por sanciones, en una o más formas de dominio en la vida”.  Los gobiernos, tanto  federal como  estatal,  son, por lo menos en teoría, públicos, obligados  por normas y leyes democráticas, y, por lo tanto,  se espera de ellos un grado de transparencia y participación  de alguna manera en la adopción de  decisiones significativas.  Aquellos encargados de las corporaciones, sin embargo, hacen y aplican reglamentos privados y,  por lo tanto,  ejercen una dominación total de sus empresas y de sus empleados.  A los individuos que ejercen  un gobierno privado, no les interesan en absoluto las normas y los reglamentos laborales y cómo deben ser aplicadas.  Tal como lo señala Anderson en su libro: “El Gobierno Privado es un gobierno arbitrario y con un gran poder sobre los que gobiernan”.

Cuando se trata de confrontar el poder atrincherado, un cierto grado de hostilidad tiende a ser útil.  Últimamente, esto parece estar en orden.  En los pasados meses, con más casos de abusos sexuales, y asaltos personales ocurridos en lugares de trabajos, se  han inundado los medios de comunicación y, pese al  enojo de las mujeres,  la situación se ha mantenido sin ninguna disculpa.  Las mujeres que han sido asaltadas sexualmente, se mantienen inseguras, les han hecho proposiciones deshonestas, o han sido molestadas por sus jefes. Ellas están enojadas. Las mujeres que han sufrido en sus trabajos después de rechazar avances sexuales de parte de los mentores profesionales, también están enojadas. Las mujeres que han escapado de tales situaciones, pero que escuchan o leen estas historias de abusos sexuales, están bien enojadas.  La periodista Rebecca Traister ha escrito: “La ventana del enojo está abierta”.  Bajo el régimen de trabajo actual,  cualquiera que trabaje para un jefe, no importa quien sea, puede ser abusado, factor que causa una ira generalizada.  La tarea difícil que se tiene por delante, como siempre, es establecer qué es lo que se puede hacer al respecto.

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