
Cambio de régimen: la nueva coartada
Donald Trump parece haber convertido en principio de la política internacional norteamericana la pretensión de decidir sobre la legitimidad de otros gobiernos e intervenir para propiciar lo que su administración denomina “cambios de régimen”.
El uso de este recurso puede resultar desconcertante. ¿Quién podría coincidir con Trump en que el nombramiento de Mojtaba Jameneí como líder supremo de Irán, tras el asesinato de su padre, constituye un auténtico cambio de régimen? ¿Y no había afirmado previamente, ante sus propios votantes, “No more nation-building” (“no más construcción de naciones”)?
Y es que, si Trump hablaba de un “no más”, es porque la idea, evidentemente, no es nueva. Su predecesor en la Casa Blanca, George W. Bush, lanzó a su país a la empresa de construir nuevos Estados en Afganistán e Irak. Incluso la referencia a la supuesta capacidad inminente de poseer armas de destrucción masiva desempeña un papel en ambos casos. Todo ello remite a un mecanismo recurrente: actuar como si no existieran diferencias relevantes entre países distintos, como si bastara una misma justificación para intervenir en contextos profundamente disímiles, aun cuando estos —como Irak e Irán— han protagonizado una de las confrontaciones bélicas más prolongadas del siglo XX. No deja de ser significativo que el propio Trump, durante su campaña electoral, cuestionara estas prácticas como un error estratégico de la política exterior estadounidense.
Podríamos pensar, entonces, que todo se reduce a un gran engaño. Más allá del carácter dictatorial del régimen de Hussein —o, llegado el caso, del de los ayatolás—, las armas de destrucción masiva no constituían un peligro inminente; las revueltas eran presentadas como espontáneas cuando, en muchos casos, eran instigadas desde Occidente; el motivo último era el control de los recursos energéticos en Oriente Medio. Pero incluso si así fuera —y hay razones para sostener que lo es—, hablar de “cambio de régimen” no resulta irrelevante. Si todo es un engaño, ¿por qué se lo encubre precisamente con estas palabras y no con otras?
La respuesta es significativa: la idea misma de “cambio de régimen” opera como un recurso de legitimación cuya validez se da por supuesta. Por ello, la cuestión no se agota en la verificación de los hechos. Lo decisivo es interrogar los fundamentos de su legitimidad. ¿Qué debe entenderse por un “cambio de régimen”? ¿Bajo qué condiciones podría un Estado estar justificado en promoverlo?
En su sentido más fuerte, la idea de cambio de régimen no remite simplemente a la sustitución de personas en el poder, sino a la transformación del sistema político mismo: el paso del despotismo a la democracia o, en otros términos, una democratización por la fuerza. Como ha señalado Michael Walzer, aquí se introduce una novedad relevante desde el punto de vista de la teoría política. En la formulación clásica de la guerra justa, lo que se condena como injusto es la agresión de un gobierno; no la existencia de un “régimen criminal” como tal. El desplazamiento es significativo: implica que la guerra deja de dirigirse únicamente contra actos y pasa a orientarse contra formas de organización política en su conjunto. Con ello, el principio de soberanía estatal y el deber de no intervención quedan directamente tensionados, abriendo además la puerta a formas de intervención preventiva.
La justificación de la intervención, entonces, se apoya en la caracterización de ciertos regímenes como intrínsecamente represivos o criminales. Bajo este supuesto, la intervención no solo sería permisible, sino incluso moralmente exigible. Sin embargo, este argumento introduce una dificultad adicional: tiende a atribuir un valor intrínseco a la imposición de la democracia, con independencia de las condiciones concretas de la intervención y de sus consecuencias efectivas. La historia reciente muestra, en este punto, resultados, cuando menos, ambiguos. Conviene, no obstante, evitar simplificaciones. No todo cambio de régimen es emancipador, pero tampoco toda intervención es necesariamente ilegítima. La cuestión pasa, más bien, por determinar qué tipos de justificación pueden sostenerse sin vaciar de contenido los principios que estructuran el orden internacional. Argumentos de tipo utilitarista —centrados en las consecuencias— pueden ofrecer, en algunos casos, razones plausibles. Pero incluso ellos encuentran límites evidentes cuando los costos humanos y políticos de la intervención superan sus beneficios esperados.
De ahí que la cuestión decisiva no sea solo empírica, sino normativa: qué lugar ocupa hoy el principio de no intervención en un contexto en el que el lenguaje del “cambio de régimen” tiende a expandirse sin criterios claros. Si este lenguaje se normaliza sin precisar sus condiciones de legitimidad, el principio deja de operar como una regla y pasa a convertirse en una excepción disponible para las grandes potencias. En ese desplazamiento no solo se redefine la política internacional: también se debilitan las bases mismas sobre las que pretendemos juzgarla.
Volvamos al caso concreto que utilizamos como disparador de esta breve reflexión: Irán. ¿Dónde radica aquí la paradoja? El régimen iraní no despierta simpatías, y no lo hace desde hace décadas. Se acusa de hipocresía a quienes lo defienden —sobre todo en Occidente—, pues incurre en prácticas que difícilmente aceptaríamos en nuestros propios países: discriminación contra las mujeres, segregación de minorías, represión de quienes disienten. En pocas palabras, lo que la tradición denomina despotismo o tiranía.
Pero que los ciudadanos de Irán no sean libres a nuestros ojos no justifica que una potencia externa determine su destino. Por el contrario, son quienes intervienen los que deben ofrecer una justificación última de sus acciones. Afirmar que ya ha acontecido un cambio de régimen sin siquiera considerar que tal cambio solo podría tener lugar cuando una tiranía se transforma en democracia constituye la contradicción decisiva en la legitimación de esta intervención y, por ello, la prueba de que se trata, en última instancia, nada más que de una coartada.
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N. del E.
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