
Jerarquía no es igual a Iglesia. Una posibilidad al misterio gracias a una Iglesia Católica en crisis.
Es posible construir desde las trincheras no es una afirmación sino más bien una interrogante que me asalta a la hora de leer los juicios, comentarios y opiniones sobre la situación de la Iglesia católica por el comportamiento derechamente delictual de algunos sacerdotes. Proponerse construir desde lo laical como si el otro, el no laico, fuese un adversario, resulta claramente y en general poco propicio para la construcción del ánima común, vale decir, del ser religioso que consiste en aceptar caminar juntos en procura de comprender el sentido del misterio de Dios. Tengo la sensación que en el territorio de la fe, en su expresión católica, lo que late en los nervios de muchos y muchas es cierta tendencia a replicar –inconscientemente acaso-el acto de Lutero, pero no para autoexiliarse creando otra forma concreta de comunidad de fieles (otra Iglesia), sino expulsando a los pastores si estos no se adecuan a las demandas por cambios ofreciéndoles en recompensa ocupar un puesto decorativo en la asamblea. Este fenómeno aún en gestación, hay que tenerlo en cuenta a la hora de evaluar lugar y rol en la llamada (mejor autollamada o autoconvocatoria) que se hace para dar vida a una nueva institucionalidad eclesial. Situación que implica mucha tarea y mucha confianza de que es posible de hacer.
¿Dónde está el riesgo? En principio en muchos lugares de la construcción que se desea si efectivamente hay ánimo para realizarla. Uno de los peligros, al menos a esta hora del día, es la vaga sensación que puede darse el caso que lo criticado se convierta en norma de acción, esto a razón que se tienden a reproducir los comportamientos. Su causa posible: somos parte y resultado de siglos de aprendizaje de una forma de actuar sacerdotal que la teníamos por adecuada, de suyo sigue siendo relativamente fácil -si no se está atento y a la vez se es sumiso ante el que viste de ordenado- de tener por normal lo anormal (así efectivamente ha ocurrido y sigue sucediendo no en pocos movimientos y comunidades parroquiales). Pero también es relativamente cómodo en estos días, rasgar vestiduras ajenas sin reconocer las propias culpas en la consolidación de una forma de actuar que el sentido común califica sin duda como absurdas. De hecho, si nos instalamos comprensivamente y empáticamente en la variable de creer que en los consagrados y las consagradas para el orden sacramental hay cierto vínculo privilegiado con Dios, entonces su efecto necesario lleva a aceptar un tipo de orden eclesial absolutista que sostiene de modo práctico la negación al pueblo creyente llano, individual o colectivo, de la capacidad para decidir su camino sin tener presente la venia sacerdotal. Este modo malamente entendido como pastoril nos marcó, y acabó por dar vida a un carácter muy poco adulto que se fue construyendo en un espíritu de sumisión. Luego no es de extrañar que la sumisión se vea reflejada penosamente en muchos actos socio-religioso que afectan no solo la vida mundana sino también la llamada vida sacra. La evidencia que en este modo de vivir la fe de muchas y muchos, vivida así por consejo sacerdotal, se encuentra la justificación de los juicios sobre el estado de la Iglesia católica en su jerarquía. Los juicios se articulan secuencialmente a partir de evidencias vitales que acusan preguntas tales como si no existe en la práctica –y por qué no en la teoría catequética- cierta traición a la mirada original de Dios a todo hombre y mujer que respeta por sólo hecho de ser criatura; o si no existe acaso una ruptura con Dios mismo que reconoce el valor único del hombre y de la mujer, o de la consideración de que todos y todos somos un igual antes su ojos; o si no hay acaso en la mirada y construcción de la elite sacerdotal que incluso toca a algunos laicos y laicas, escondido ahí un error comprensivo del concepto de siervo, o si no es acaso la aplicación a algunos del adjetivo “monseñor” una construcción y reconocimiento de que aquel posee ciertos privilegios socio, culturales, religiosos en comparación con quienes también son parte del pueblo de Dios (olvido convenientemente político acorde al poder terrenal muy lejos de la enseñanza de un solo Señor, Dios Padre).
Las dudas y cuestionamiento afloran ahora con prisa. Años atrás las sospechas y certezas de pecados y delitos de la casta sacerdotal, se guardaban en el secreto de la vicaría o al alero de los confesionarios. Todo un mundo compuesto de secretos que se vestía para el pueblo creyente falsamente del misterio de Dios. Error tras error, pues el misterio de la fe está lejos de ser sinónimo del ocultamiento de las formas autodestructivas y destructivas de la confianza en la jerarquía. Error ahora develado y asumido por muchos y muchas: jerarquía no es igual a Iglesia







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