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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL ORDENAMIENTO INTERNACIONAL

Análisis Internacional

Maroto, Canada.

Hoy nos enfrentamos a un ordenamiento internacional que no funciona y que ha sido incapaz de hacer frente a los desafíos del siglo 21. Con que recursos cuentan organismos como la ONU o la OEA para atender satisfactoriamente las demandas de respeto universal a los derechos humanos, a la democracia, al medio ambiente o a la diversidad? Que herramientas efectivas pueden utilizar estas organizaciones para coadyuvar en la resolución de conflictos territoriales, religiosos o de complejos fanatismos que se traducen en larga y crueles guerras que asolan grandes zonas de nuestro planeta?

Es que acaso necesitamos nuevos organismos internacionales que actúen como un gobierno mundial? Se requiere quizás impulsar urgentemente un cambio radical en las organizaciones internacionales existentes? O puede el status quo ofrecernos una alternativa de solución a los apremiantes desafíos de la humanidad?

El concepto de un gran gobierno mundial requiere de la existencia de una autoridad global común que es conferida el derecho a gobernar por sobre todos los seres humanos. Si bien un gobierno global de este tipo nunca ha existido, la idea de estructurarlo ha sido ampliamente discutida. Mientras algunos ven esta alternativa como una posible solución definitiva a los desafíos presentes de la humanidad, otros la ven como un esfuerzo inútil e ineficiente.

Krasner argumenta que un gobierno global es irrealizable ya que el interés individual y la natural tendencia a la anarquía internacional comprometerían cualquier intento por implementarlo; un esfuerzo de esta naturaleza sería una solución impracticable ya que enfrentaría las múltiples complejidades que existen para estructurar niveles consensuados de autoridad jerárquica en la arena internacional.

Un gobierno mundial sería incapaz de proporcionar justicia, orden y seguridad de manera desinteresada, imparcial y universal, ya que al igual que los gobiernos locales se vería inevitablemente afectado por los intereses propios de su organización, lo que comprometería los intereses y grados de libertad de los países miembros. Como podría la humanidad protegerse de la dominación y poder absoluto que una autoridad global ostentaría después de establecida? Un gobierno mundial podría fácilmente transformarse en una tiranía imponiendo su propia agenda, impidiendo por la fuerza cualquier oposición a sus decisiones, poniendo a la entera humanidad a su servicio y resultando en una sumatoria de imparables conflictos violentos.

Walzer va incluso más allá, al señalar que un intento por crear una gobierno mundial atentaría contra el multiculturalismo ya que forzaría a la humanidad hacia la homogeneidad. La diversidad cultural y social de nuestro mundo se vería destruida como una consecuencia inevitable de un ordenamiento mundial.

Finalmente Bull afirma que una autoridad global con poderes ejecutivos, legislativos, adjudicativos y coercitivos sería incapaz de resolver los desafíos actuales, siendo por tanto inconducente establecer este tipo de supra-organismo. Las características y complejidades particulares de las guerras del siglo 21 y desafíos como la pobreza, hambruna y protección del medioambiente sobrepasan las potenciales capacidades de un gobierno global. Si bien hoy no existe un organismo con atribuciones globales por sobre la soberanía de los estados, la autonomía entre estados no impide la existencia de una sociedad internacional guiada por ciertas normas consensuadas, argumenta Bull. Desde su perspectiva, un gobierno mundial no es deseable ni necesario y pudiera incluso resultar peligroso al promover indirectamente la idea de dominación por sobre los estados.

Sin embargo, la oposición de los intelectuales liberales al establecimiento de un gobierno global no implica un apoyo al ordenamiento internacional existente, ni al concepto de soberanía absoluta de los estados. Alternativamente, los teoristas liberales ven la necesidad de establecer un tipo de autoridad internacional e instituciones globales que cambien significativamente la distribución de cuotas de poder existentes hoy en el ordenamiento internacional. Falk, quien es particularmente crítico con la noción de soberanía estatal, afirma que un sistema de gobierno humanitario no requiere de un gobierno global, sino que de iniciativas democráticas trasnacionales impulsadas por la sociedad civil y del fortalecimiento de instituciones internacionales como la ONU; esto desafiaría y equilibraría las presiones estatistas y las fuerzas del mercado que son, en su opinión, las principales responsables de los desafíos que enfrenta hoy la humanidad.

Teóricos liberales contemporáneos plantean que la justicia global se basa en una concepción de la humanidad como una comunidad moral de seres humanos libres y que comparten en igualdad. Esta moral cosmopolita planteada por Beitz y otros liberales no apoya la idea del status quo, ni la aceptación del concepto tradicional de soberanía estatal; sino más bien el establecimiento de instituciones internacionales y transnacionales dotadas de real legitimidad. La visión que Rawls tiene de un orden global rechaza el concepto actual de estados con poderes tradicionales y soberanía absoluta y por el contrario promueve un ordenamiento global que incluye nuevas instituciones y prácticas diseñadas para restringir a los estados disfuncionales, promover los derechos humanos y hacer efectivo el deber de asistencia debida a las naciones y comunidades en situaciones de riesgo.

Pogge plantea que el mundo de hoy requiere instituciones y organizaciones supranacionales que limiten con mayor claridad los derechos de soberanía que los estados tienen, permitiendo una intervención de la comunidad global en la resolución de problemas de larga data, como las violaciones a los derechos humanos y la hambruna que devasta ciertas regiones del mundo. Teoristas liberales han rechazado la supuesta dicotomía que solo ofrece como opciones un gobierno soberano local o un mundo con un gran gobierno central. Pogge se inclina por una solución intermedia que provea al ordenamiento mundial de algunos organismos de gobierno global dedicados a ciertos temas urgentes, pero sin que estos organismos estén dotados de autoridad y poder soberano. La soberanía estatal tradicional estaría en este caso restringida y al mismo tiempo redistribuida entre entidades supranacionales y comunidades específicas dentro de los estados. En un ordenamiento mundial de este tipo, los estados se transforman en un nivel más de decisión; importante por cierto, pero no en el único, ni final.

Young plantea que hoy se requiere con urgencia una política mundial de no dominación, que promueva la autonomía local y cultural en el contexto de un marco regulatorio global. Su propuesta de gobierno global implica un nivel de gobierno de carácter local dedicado a los temas del día a día, inserto dentro  de un régimen regulatorio global construido sobre la base de nuevas instituciones (o las ya existentes pero reestructuradas) diseñadas para hacer frente de manera más eficaz a temas relacionados con la paz, seguridad, medio ambiente, derechos humanos, etc… Young adhiere a la idea de ver a un potencial gobierno global como un sistema de reglas de alcance e impacto universal, que aplican no solo a los estados, sino que también a instituciones no estatales como ONGs y a los individuos en particular. En términos de factibilidad, Young favorece el desarrollo de una institucionalidad internacional robusta como elemento clave para lograr establecer regulaciones e instituciones de carácter global más fuertes, dedicados a cautelar democracias locales y globales.

La necesidad de desarrollar un gobierno mundial entendido como instituciones con poder soberano trae consigo más riesgos que beneficios; y el mantenimiento del ordenamiento actual no parece justo para quienes padecen los desafíos de este siglo.

La creación de un nuevo orden institucional parece una necesidad urgente. Un nuevo sistema orientado a establecer instituciones con más poder y autoridad; un sistema regulatorio internacional más fuerte que permita avanzar efectivamente en la resolución de desafíos y conflictos de carácter y trascendencia global. El desarrollo de estas instituciones y marco regulatorio debiera inspirarse en el respeto al multiculturalismo, aceptando la coexistencia de sociedades con diferencias de origen fundamentales; reconociendo la importancia de lograr un equilibrio entre los intereses del estado, los intereses del mercado y el bienestar de la sociedad; orientadas a resguardar los intereses del colectivo sin por ello violar ciertos intereses individuales básicos; y prestando particular atención a los cada día más complejos conflictos de origen religioso.

Adicionalmente, estas nuevas instituciones debieran ser esencialmente más democráticas y transparentes, resolviendo problemas como el derecho a veto que se ha transformado en un verdadero mecanismo de mantención de cuotas de poder y status quo; mejorando la definición de responsabilidades en lo local y global; dejando de estar enfocadas en el concepto de nación – estado, para representar de manera efectiva los intereses y puntos de vista de movimientos sociales centrados en temas ecológicos, de desarrollo alternativo, indígenas, derechos de la mujer, etc… grupos que justificadamente argumentan que los intereses locales y los de ciertas comunidades no tienen representación alguna en el escenario internacional; abriéndose a aceptar un sistema de representación que combine y equilibre las nociones de estado y población; investidas de mayor poder para asegurar que sus decisiones ejecutivas y la implementación de las mismas no se transformen en letra muerta debido a las burocracias internas e intereses particulares de sus estados miembros; siendo menos centralizadas y asumiendo un rol protagonista de facilitador, que pueda ayudar a hacer converger a individuos, etnias, movimientos sociales, gobiernos y otras organizaciones y entidades en foros de intercambio recíproco y negociación; privilegiando su autoridad moral, a través de incentivos positivos basados en el poder cultural y normativo más que en intervenciones de fuerza militar o coercitiva.      

Algunos sostienen que cuando todos los gobiernos estatales (especialmente los más poderosos) estén dispuestos a utilizar sus propias redes para promover la paz y justicia social a nivel mundial y transferir parte de su soberanía tradicional a instituciones supranacionales en áreas como el uso de la fuerza militar, la protección del medio ambiente, y la distribución equitativa del bienestar, el establecimiento de un nuevo orden internacional no será necesaria. Sin embargo, como lo ha planteado Wendt, un ordenamiento internacional estable requiere no solo de buenas voluntades, sino que además que estas condiciones ideales estén institucionalizadas a través de un nuevo orden internacional. Si esto alguna vez ocurrirá, es otro tema.

Un nuevo marco normativo e institucional internacional  enfrentará ciertamente grandes desafíos: podrán los nuevos agentes o estructuras promover efectivamente la protección de los derechos humanos sin ceder a intereses locales? podrán desarrollar mecanismos de autoridad con capacidad disciplinaría efectiva que permita sancionar el uso de la fuerza por parte de actores que no califican como estados, así como de los estados que detentan las mayores cuotas de poder y que se sienten por ellos libres de proceder como les plazca? serán capaces de servir los intereses de los sectores más postergados de la humanidad que hoy mueren en la hambruna y pobreza, aun cuando eso implique un sacrificio de aquellos que viven en las economías más pudientes del planeta? Si la comunidad internacional gira progresivamente hacia una institucionalidad internacional más empoderada, democrática, participativa e igualitaria, la posibilidad de resolver los problemas urgentes que aquejan a los sectores más postergados de nuestra sociedad será más alcanzable, trayendo un rayo de esperanza a aquellos que viven en condiciones de miseria y violencia extrema.

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