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Asombrarse para vivir, vivir para filosofar

Patricio Schwaner Saldías

Profesor de filosofía

Recuerdo con claridad cuando mi abuela relataba la historia del primer televisor que tuvieron en casa, ese día al parecer quedo grabado a fuego en las mentes de quienes estuvieron en ese instante, pero no por tratarse de un hedonismo capitalista como el que tenemos hoy. Si no más bien de una época en la que las cosas sencillas eran valoradas y donde el quehacer cotidiano estaba atravesado por la sorpresa por lo evidente y lo no tan evidente.

Hoy por su parte estamos frente a una sociedad esquizofrénica, frente a la cual lo cotidiano se distorsiona y en la que todo atisbo de realidad resulta pasajero. Ahora bien, pregúntese usted ¿Cuantas veces en el último tiempo ha estado sorprendido por alguna situación cotidiana? y ¿En qué medida eso resultaba común en tiempos pretéritos? Un acercamiento a la respuesta podría dejar en evidencia que muy pocas veces y que, si bien es cierto que antes teníamos menos, parecía que nos interesábamos mucho más por vivir y respirar cada momento.

Desde una perspectiva filosófica esto tiene una explicación y tiene relación con la sorpresa y el asombro, actitudes totalmente necesarias para el pensar y el sentir, pero que han sido dejadas en el olvido, por el afán tecnológico desmedido y por la sensación de que todo lo podemos manejar y conocer instantáneamente.

Sin embargo ¿Qué precio tendremos que pagar por nuestro actuar como seres humanos? ¿En que medida hemos sido víctimas de la enajenación cotidiana? Sin ánimos pesimistas, creo que hemos abandonado el sentido humano en el vivir humano y que, si bien es cierto que no somos del todo conscientes, a veces podemos llegar a vislumbrar que vamos por la senda equivocada. De alguna forma convivimos en lo cotidiano con lo que el propio Aristóteles afirmaba, a saber, que “Somos animales políticos”.

Por su parte, el poeta mexicano Octavio Paz señala que: “La enajenación consiste, fundamentalmente, en ser otro dentro de uno mismo. Esa enajenación es el fondo de la naturaleza humana y no de la sociedad de clases”. Es decir, la búsqueda excesiva de lo material no nos conduce a una superioridad individual, sino que más bien, contribuye a separarnos de quienes de verdad debiéramos ser.

El célebre pensador esloveno Zizek afirma: “La experiencia que poseemos de nuestras vidas desde adentro es básicamente mentira: la verdad reside en el exterior, en lo que hacemos”.

En este sentido es que la forma en la cual estamos viviendo parece estar equivocada, las experiencias cotidianas están puestas para vivirse, pero ¿Quien vive en conformidad con lo que es en una era tecnologizada? Quizá debamos recuperar la capacidad de asombro, de modo que nuestra praxis cotidiana cobre verdadero sentido. La filosofía puede ayudarnos a abrir los ojos y a levantar la mirada, asumiendo la misma postura platónica de la caverna, en la que quienes salen a mirar la luz del exterior (verdadero conocimiento), nunca más podrán volver a la oscuridad del interior (ignorancia supina). 

Ahora bien, no podemos pedir que se tengan las mismas sensaciones del pasado, pues cada una de ellas refiere a una experiencia subjetiva, en el contexto de una época y que difícilmente podremos recrear en el hoy. Sin embargo, podemos hacer que nuestras acciones tengan un sentido y que la sorpresa y el asombro formen parte de lo real, de camino a una sociedad donde el pensar y el sentir tengan cabida, superando las patologías imperantes.

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