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CARTA DESDE COLIUMO: LA INFANCIA Y LA MAGIA RECUPERADAS.

Entre los “tesoros” que celosamente guardo de mi ya lejana infancia, están algunos trozos de vidrios de color, azules y rojos. Los tengo en mi casa en Los Morros de Coliumo, y los he pegado sobre los vidrios claros de una ventana antigua que puse en mi taller de carpintería. Cada vez que levanto la cortina (que en verdad es un trozo de tela escocesa que quedó de un colchón de aire que reventaron mis sobrinos), miro con cariño y candor esos trozos de vidrio de color y vuelvo, llevado por un relámpago mental, a ésa, mi infancia. Los cristales eran parte de un mágico lugar que no era sino el zaguán de acceso a la quinta de las señoritas González, en mi pueblo natal, Coelemu. Esa construcción, una especie de “garaje” de adobe y madera, oscuro, profundo y abierto directamente a la calle principal del pueblo. Hoy es inimaginable algo así, abierto a cualquiera, solo sucedía en mi pueblo, y claro, en esos años…
Era el acceso peatonal y eventualmente de carretas de bueyes a la enorme quinta. Al fondo del zaguán dos grandes y macizas puertas de madera atablerada abrían el acceso a ese lugar natural, casi agreste y fascinante que era la quinta de las señoritas González, una especie de bosque nativo denso, pero de grandes árboles frutales mezclados con otros nativos de los de antes, incluidas palmeras chilenas, donde el sol apenas entraba. Una arboleda insólita pero existente, ahí estaba, y obviamente era un lugar mágico, verde profundo, sombrío, y con un perfume indescriptible a frutas verdes y maduras, a boldos y peumos (quien no haya olido y “cosido” un fruto de peumo en su boca no sabe lo que es un árbol absolutamente nativo y nuestro). Y digo mágico para niños como éramos entonces mis hermanas y yo, pero también para cualquier adulto o viejo sabio: la verdad, indescriptible. Ibamos allí a comprar fruta, la de la estación o de cualquiera otra. Entrar a la bodega de las frutas era entrar a un mundo en penumbras lleno de aromas y dulzores que flotaban en ese espacio, no muy grande en verdad, donde en plataformas escalonadas de madera se extendía toda clase de frutas. No exagero, recuerdo imborrablemente los nísperos de invierno, una extraña fruta color canela acaramelada, de un sabor y textura otra vez indescriptible. Una de mis hermanas, después adulta vivía casi obsesionada con el recuerdo de esa fruta misteriosa, y buscó no sé dónde hasta que dio con una planta, y hoy tiene el árbol en su patio (nunca me ha convidado uno de sus frutos, pero no quiero pedirle, ya que me encanta el recuerdo insondable de su aroma y sabor, y así prefiero guardar la magia infantil).

Las hermanas González era un cuarteto de solteronas mayores, encantadoras y a la vez míticas; la gente tejía historias sobre ellas, vivían casi enclaustradas, eran como aristócratas de la gleba, propietarias de muchas tierras, hermosas ellas, alguna de celestes ojos, alguna relacionadora pública parlanchina como nadie pero muy sorda; era fácil recibir un duro reto de ellas (especialmente si los niños visitantes se descuadraban), pero también un gesto cariñoso y alguna fruta de regalo.

Pero desvié el relato sobre mis vidrios de color. Las grandes puertas al final del zaguán de acceso estaban delimitadas por sendas ventanas altas y angostas, subdivididas en pequeños vidrios, rojos y azules, alternados. Yo pienso que eran vidrios ingleses o algo así, muy transparentes y de color intenso. Si yo miraba hacia el interior oscuro de la arboleda insólita, o desde el interior hacia la lejana calle, a través de un vidrio rojo para mí era un día domingo pleno. Si lo hacía por un vidrio azul estábamos en el invierno profundo. Pura imaginación, por supuesto. Pero así uno, en ese mundo mágico, entraba a otro mundo mágico y paralelo.

Después de esos años de la niñez básica, y entrando a la media, el INBA por medio, me fui alejando de esas expediciones de compras y sondeos a la quinta de las señoritas González. Y cuando ya era un universitario, y transcurrido alguno de los periódicos terremotos en nuestra tierra, quise ir a ver ese zaguán y me lo encontré en plena decadencia física, con sus muros y parte de su techo destruidos. Y las puertas a mal traer y los vidrios todos ya quebrados, si no por el sismo, por los vándalos que ya asomaban en el pueblo. Tomé delicadamente “prestados” algunos trozos y desde entonces los guardo y vuelvo a mi infancia al mirar a través de ellos en Coliumo, sea verano, domingo o gélido invierno.

En mi pueblo, hoy nada de eso existe: ni el zaguán, ni las señoritas González, menos la quinta (que mediante la imaginación de algún alcalde superdotado pudo pasar a ser un parque público de verdad fabuloso). Cuando ellas liquidaron su casa les compré dos elegantes y estilizadas sillas de Viena que encontré ¡en un gallinero! Hoy, rehabilitadas, son otros de mis tesoros, además de un globo terráqueo de escritorio, una preciosura que me rompió otro de los terremotos ya familiares por estos lares.

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