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RECUERDOS DE MI INFANCIA EN PUNTA ARENAS

Carlos Bonifetti Dietert

Ingeniero C. Mecánico UdeC. Ambientalista.

Acabo de leer  “Cartas de Coliumo: La infancia y la magia recuperadas”, entretenido y nostálgico relato de mi amigo Antonio Zelada. Sinceramente me gustó y me hizo hilvanar recuerdos de mi infancia en Punta Arenas. En este caso los recuerdos no se refieren a vidrios de color ni a atractivas y madura señoritas de las que aquellos mozalbetes se enamoraban (no digo que no las había en ese sur austral), sino de juegos infantiles, también de colores. Los transcribo “ipso facto”, antes de que se me pierda la onda.

En la esquina occidental de Avenida España y Avenida República había un negocio en el que en primavera se vendían volantines “importados”, pero no desde China –  que en esa época solo conocíamos por las lecturas en “El Tesoro de la Juventud” –  sino del “norte”; para los magallánicos “el norte” era el resto de Chile que estaba más al norte, valga la redundancia, de la provincia de Magallanes. Los volantines aquellos eran los típicos del Chile central, confeccionados con papel de seda y varillas secas de coligüe pegadas con cola de carpintero al papel, nada más. Los tirantes –todo una arte – debían colocarlos cada uno de los compradores. Los colores eran variopintos e invitaban a mirar bien antes de comprar para elegir, con cuidado y algún grado de impaciencia, el más bello.

Una vez en casa, en el “barrio” – en mi caso República con Arauco – y luego de puestos los tirantes, la cola de tiras de sábanas viejas y la cañuela con hilo N°10,  ¡a la calle y a elevarlos se ha dicho! Pero ¡oh sorpresa y desencanto!, con las ventoleras primaverales magallánicas, luego de unas cuantas volteretas, el volantín elevado ya con incipientes rasgaduras, se venía al suelo y terminaba hecho añicos. ¡Hasta acá no más llegamos!

Eso demuestra que los diseños de todo orden de cosas deben considerar el clima del lugar, tema muy importante en la arquitectura y construcción (en sendos temporales, las techumbres de algunos edificios  CORVI y varias ventanas de la fachada de sotavento de la “Torre Don Bosco” – década de los 60 – salieron literalmente volando, felizmente sin mayores consecuencias. Fueron diseñados por “profesionales” del norte (el nunca bien ponderado centralismo) ¡Qué importante es la Mecánica de Fluidos, la Hidrodinámica y la Aerodinámica, magistralmente enseñada por nuestro gran profesor de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Concepción, don Ventura Cerón Ravest!

Pero desvié del relato sobre los volantines, aunque tiene relación con el viento y la mecánica. Para información de los “nortinos” – como denominamos los magallánicos a los chilenos que habitan al norte de Magallanes – relato como se hacían los volantines de diseño local. En primer lugar, con “papel de cemento” – como llamábamos al papel de las bolsas de cemento – resistente a todos los vientos; o como substituto, papel de envolver con una cara satinada. Luego, en lugar de varillas de coligüe, los palillos se hacían con varillas enteras de sauce para el arco y el larguero. Para dar mayor resistencia a la estructura y al papel, se amarraba un cordel de algodón en las cuatro esquinas del cuadrilátero, sobre el que se doblaba una solapa del papel de unos 3 cm pegada con engrudo.

Esta resistente construcción estructural, apta para todo viento, era elevada  con la antes mencionada  cola, de unos 3 a 4 m de largo, según la velocidad del viento; y no con el liviano hilo N°1 sino con cordel de cáñamo o de algodón. Eran tan estables esos volantines, que se podían dejar elevados con el palo de la cañuela metido entre dos piquetes del cerco de la casa del frente e ir tranquilamente a la casa a tomar té y vigilarlos desde la ventana. La “guata” que se formaba por el peso del cordel  – curva denominada matemáticamente como catenaria (igual a la de una cadena colgante) era notoriamente pronunciada. Su resistencia era tal que eran capaces de resistir una gran cantidad de porrazos.

El volantín que más me duró fue uno confeccionado con materiales inusuales: papel de envolver, arco de sauce y larguero de ¡rama seca de frambuesa! Era un “pavo” – así se llaman los volantines más grandes -, de unos 60 cm por 60 cm, con flecos de papel azul, en los lados inferiores. Duró tantas elevadas que el papel azul terminó completamente desteñido por los rayos solares ultravioletas. Debe haber sido el único volantín del mundo construido con esos materiales ¡Cómo para un record de Guinness!

Años después, de regreso a mi terruño y a casa, desde Concepción durante mis vacaciones universitarias de verano, con más conocimientos  volantineros,  hice un volantín de diseño nortino, y salí a elevarlo con una inusual brisa vespertina, “chupete”, es decir sin cola, ante las atónitas miradas de mis amigos y compinches del barrio, “Caco”, “Checho”, “Fito”, “Capicúa”, “Horacio”, “Manolo”, “Chino”, “Chicho” y “Lalo”, que no podían creer lo que veían.

Poco se ven hoy en día aquellos frágiles volantines construidos con materiales criollos. Ahora son mayoría los volantines de material plástico de fabricación china, tendencia que inhibe la artesanía nacional. Felizmente, el actual alcalde de Punta Arenas, Claudio Radonich Jiménez, remodeló los quioscos de venta de artesanías de la Plaza de Armas y los re-adjudicó, aceptando solo venta de artesanías de fabricación local. ¡Buen ejemplo de defensa de lo nuestro!

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