
Civilización y barbarie
Los graves incidentes ocurridos el pasado miércoles 20 en el estadio de Avellaneda (Buenos Aires) con motivo del partido de futbol entre el club local Independiente y el equipo de Universidad de Chile, ameritan una profunda reflexión que resulta indispensable no solo para procurar establecer responsabilidades sino también para sacar lecciones a partir de los bochornosos sucesos.
Para empezar, es conveniente precisar algunos conceptos.
¿Qué es el futbol?
La respuesta más simple e inmediata es que se trata de un deporte. La respuesta crítica, por su lado, tiene dos aspectos: Se trata de una de las facetas más destacadas de la industria de la entretención y, también, es un negocio a través del cual, obviamente, sus diversos actores persiguen fines de lucro. La ley, promovida por Sebastián Piñera, buscó la transformación de los clubes deportivos de antaño en “sociedades anónimas deportivas”, buscando que los “hombres de negocios” de siempre invirtieran en la actividad que había experimentado ya sucesivas quiebras y, cuyo principal acreedor, era el Fisco chileno. En los hechos, no se promovió el accionariado plural de hinchas y simpatizantes como sucede en Alemania y otros países sino que se alentó el control de las entidades por parte de grupos de inversión o actores políticos (Piñera, Lavín, etc.) que perseguían sus propios y particulares fines.
En medio de todos estos hechos, se crea y se fomenta un clima violencia y animadversión que supera todos los limites de la racionalidad humana. Ya no hay adversarios ni contrincantes. Las masas son incapaces de reconocer el derecho de otros a ser diferentes, a pensar diferente, a simpatizar con una camiseta distinta. La agrupación propia se identifica con el país y la camiseta nacional simboliza, entonces, la patria misma. A partir de ese punto, en el futbol ya todo está permitido. Perder es algo que no puede ser tolerado.
Lo dicho, también sucede más allá de nuestras fronteras y tampoco es algo novedoso en el tiempo.
Breves antecedentes.
Yendo a lo nuestro, vale la pena recordar, en una revisión meramente ejemplar, algunos hitos memorables.
Maracaná 1989. El arquero chileno, Roberto Rojas, se auto infiere una herida en la frente, buscando ilícitamente un resultado no logrado en la cancha. La TV muestra claramente que la bengala no lo toca. Todo el mundo lo ve, pero la prensa deportiva chilena pasa semanas denunciando la agresión inexistente. Se convoca al Chile deportivo a manifestarse frente a la Embajada de Brasil, promoviendo así desmanes que sobrepasan el control policial.
Perú – Chile. Tras ganar por primera vez la Copa América, el camarín asignado a la roja” en el Estadio Nacional de Lima, ve destruidas sus instalaciones y rayados todos sus muros con la frase “por aquí pasaron los campeones de América”, escritas por integrantes de la “generación dorada”.
1922.- La Asociación Nacional de Fútbol Profesional despide abusivamente al árbitro argentino Javier Castrilli, contratado meses antes para mejorar la calidad del arbitraje chileno. Castrlli había decidido terminar con el nepotismo existente y la parcialidad en las designaciones, suscitando la resistencia cerrada de los afectados. La justicia ordinaria da la razón a Casrilli y condena a la ANFP al pago de las indemnizaciones correspondientes. Tres años más tarde el desprestigio del cuerpo arbitral chileno es enorme y sus decisiones parciales constituyen causa de escándalo.
Colo Colo – Fortaleza. EL 25 de abril de 2025, la barra brava de Colo Colo rompe barreras de acrílico del Estadio Monumental causando la suspensión el encuentro y originando graves sanciones al club albo. En incidentes afuera del campo deportivo mueren dos adolescentes. El Ministro de Interior y Seguridad Pública Luis Cordero declara que la barra autora de los desmanes es una expresión del crimen organizado. Días más tarde, Aníbal Mossa, presidente del club, se reúne con los líderes de la barra y los jugadores, desconociendo de hecho su responsabilidad en lo sucedido.
Colo Colo- Almirón: La misma barra promueve el despido del Director Técnico y en un lienzo público amenaza: O renuncias o te sacaremos nosotros. Todo apunta a una operación ideada por el mismo Mossa.
U. de Chile – Independiente: tres millares de hinchas azules viajan a Buenos Aires y, aprovechando la torpeza increíble de los organizadores que los ubicaron en un segundo nivel sobre la hinchada rival, atacan a esta y provocan la reacción descontrolada de una fanaticada feroz, dispuesta a todo. La barra de la U convoca a manifestarse masivamente contra la embajada argentina en Chile.
El breve recuento anterior permite demostrar que las inconductas e incivilidades en el fútbol nacional son habituales y confirman que constituye un acto de cinismo pretender asegurar que son “otros” los responsables de todo, juicio interesado que se aleja de la realidad evadiendo una de las caras culpables de incidentes como este,
Epílogo.
La tendencia humana natural frente a este tipo de situaciones, es echarle la culpa los demás, eludiendo las responsabilidades propias ya sean personales o institucionales. La seudo prensa deportiva, de aquí y de allá, se alinea siguiendo ese principio ya sea por miedo o por interés. No es grato perder lectores o avisadores, lo que afectaría su parte en el negocio global. Decir la verdad tiene costos y los comunicadores no están dispuestos a pagarlos.
El problema de fondo es que todos estos hechos son la expresión dolorosa de un proceso de descomposición y desintegración social y cultural. Las barras bravas, conformadas por grupos de sujetos marginales, se han convertido en un camino para “demostrar poder” con capacidad de amedrentar a dirigentes febles y timoratos y de sobrepasar las barreras determinadas por la autoridad. Aplaudidas y estimuladas por la prensa, se sienten con el derecho de hacer y deshacer, sin tener la más mínima conciencia sobre las consecuencias de sus actos. Jóvenes ingenuos se dejan manipular por mini grupos de delincuentes organizados, mientras los esfuerzos por alterar sus conductas e integrarlos a una normal vida propia de una sociedad civilizada, son ridiculizados por quienes prefieren el castigo y la represión.
Promover en todos los frentes – educación, gremios, sindicatos, confesiones religiosas, juntas vecinales – una cultura de respeto a la vida y del derecho del otro a pensar diferente y a tener simpatías o aficiones diversos, es vital para el desarrollo de una sociedad civilizada. Lo demás es propio de bárbaros.







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