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Globalización y Soberanía.

Mucho se ha dicho y escrito en los últimos años acerca de los conceptos de globalización y soberanía; y a la luz de los acontecimientos violentos de los últimos meses, ambos temas cobran una actualidad indiscutida.

De una manera simple, el fenómeno de la globalización se define como un proceso histórico reciente de integración mundial en los ámbitos político, económico, social, cultural y tecnológico, que ha transformado al mundo en un lugar cada vez más interconectado e interdependiente; en una aldea global. La soberanía, entendida de manera general, significa el reconocimiento por parte de actores internos y externos del estado como la única autoridad con poder para intervenir en actividades dentro de su territorio.

Al revisar ambos conceptos y la forma en que estos han interactuado en el mundo de hoy descubrimos una relación perversa entre ambos; mientras uno crece el otro se diluye. Pueden estos conceptos convivir sin amenazarse mutuamente? Es posible encontrar un equilibrio que permita que globalización y soberanía se nutran mutuamente fortaleciéndose? O es que acaso el desarrollo de uno implica necesariamente la muerte del otro?

Sin perjuicio de ser un concepto ambiguo y de connotación controversial, existe un consenso general en torno a que el fenómeno de la globalización corresponde a circunstancias exógenas de tipo económico y social que se han desarrollado en las últimas décadas; específicamente, la significativa reducción de costos y tiempo requerido para transportar bienes y prestar servicios y una reducción similar en los costos y tiempos requeridos para las comunicaciones. Estas circunstancias han llevado a la creación de nuevas estructuras de producción, generando a su vez un incremento sostenido en las relaciones de interdependencia a nivel mundial, con connotaciones insospechadas y tornando muchas veces el concepto tradicional de soberanía en algo casi ficticio.

Estas circunstancias exógenas y el desarrollo de nuevas estructuras, ha requerido de acciones que ninguna nación – estado por sí sola estaba en condiciones de implementar, haciéndose necesario entonces el desarrollo de mecanismos institucionales de coordinación transnacional. Estos mecanismo han contribuido a generar una fuerte tensión entre el concepto tradicional de soberanía por una parte, y el rol de las instituciones internacionales por la otra.

Jackson plantea que la existencia de esta tensión sugiere la necesidad de repensar o rediseñar el concepto tradicional de soberanía y el rol que esta juega en las relaciones internacionales; resultando en un concepto distinto, empíricamente basado y más pragmático, que combine de mejor modo las protecciones que un estado – nación requiere con la permeabilidad intrínseca de un mundo globalizado.

Actualmente, los estudiosos de las relaciones y políticas internacionales observan con atención la erosión constante que las fronteras nacionales experimentan debido a la globalización. Krasner afirma que el impacto más importante que la economía globalizada y el establecimiento de normativas transnacionales han tenido, no es la generación de un orden fundamentalmente nuevo en la forma de organizar la vida política, sino que la alteración del alcance de la autoridad del estado.

El mundo se encoge y se integra cada vez más. Lo que hace a este fenómeno especialmente interesante y único, es la intensidad de las fuerzas que lo motivan. Las dinámicas del proceso de globalización encuentran sus raíces en circunstancias cambiantes e interconectadas que pueden agruparse en tres categorías:

  1. El ilimitado alcance del desarrollo tecnológico; múltiples innovaciones, de una profundidad impensada, han ocurrido en el mundo desde el término de la segunda guerra mundial, resultando en una reducción del tiempo, espacio y costos de las comunicaciones (Nef y Wiseman). El alcance y efectos de este desarrollo ha permeado inevitablemente la territorialidad de las naciones-estado y la idea misma de soberanía.

  2. La desaparición de la matriz ideológica – política que definía las polaridades culturales en el sistema internacional, producto de la brusca desaparición del rol que el marxismo tenía, abriendo paso a la emergencia incontestada y hegemónica del discurso neoliberal. En consecuencia, en un mundo unipolar, una ideología global con pretensiones hegemónicas ha ganado todos los espacios en la arena internacional política y económica. Esta ideología predominante es definida por Stark como trilateral: conservadora, elitista y monista.

  3. Finalmente, el cambio en el tejido económico del ordenamiento global, pasando de relaciones internacionales esencialmente transaccionales entre países, a relaciones internacionales transaccionales entre trasnacionales y conglomerados de alcance global. Este intercambio transnacional ocurre, según Sunkel, entre elites de recursos ilimitados, integradas de manera transnacional y sus clientelas de turno y una gran y fragmentada masa de sectores económicos subordinados que se mueven en la periferia de nuestra moderna e interconectada sociedad global. Los primeros lucran con los beneficios de este intercambio y los últimos escasamente reciben las sobras.

Las consecuencias socio – políticas de este nuevo orden son claramente visibles. La pobreza y desigualdad que se expanden a un ritmo dramático, en una era considerada como la más prospera de la humanidad.

La realidad deja en evidencia que no existe realmente una sociedad global; lo que sí existe es un constructo social: una imagen de interacción social encapsulada en términos similares a los de la aldea global. Hay sin duda un proceso de globalización expresado en el incremento de la velocidad de los intercambios entre las elite y la cuasi desaparición de los límites de la comunicación entre las fronteras nacionales; y esto genera y fortalece la percepción de una globalización realmente inexistente. Para la mayor parte de la población mundial, la globalización en su diario vivir no es más que el acceso a una realidad virtual, en la mayor parte de los casos geográficamente distante. Entonces, cuando hablamos de una aldea global, estamos realmente hablando de una pequeña porción de la humanidad; la mayor parte de la población mundial, no recibe parte alguna de los beneficios que este nuevo orden llamado globalización ofrece.

Como contrapartida, las consecuencias negativas que este proceso de globalización tiene, causan un deterioro constante en las condiciones de vida de estos amplios sectores de la población mundial que se mueven en la periferia de este fenómeno; impacto que es percibido por estos sectores, como más real que la mera promesa de una aldea global unida y solidaria.

Lo que en realidad parece estar ocurriendo, es un proceso de transnacionalización de las elites a nivel mundial, y en paralelo, una desintegración sostenida y constante de las sociedades nacionales y comunidades locales. En un sentido amplio, el proceso de globalización y los ajustes estructurales que éste ha traído, han desintegrado a la clase media, corroyendo sus valores mesocráticos: la centralidad de la familia; el sentido de nación (y no de nacionalismo); los deberes cívicos; la valoración de la vida comunitaria, entre otros. Parafraseando a Gramsci, la crisis consiste en que lo viejo está muriendo, pero lo nuevo no ha podido nacer.

Las circunstancias históricas y estructurales del orden económico actual están entonces definidas en torno a tres factores fundamentales que comparten como denominador común la restructuración de la macroeconomía global, a saber: el fin de la guerra fría y el colapso del mundo socialista, presentados como una victoria del capitalismo trasnacional; la desintegración y marginalización del tercer mundo; y la globalización económica a una escala sin precedentes en la historia humana.

La gravedad de este fenómeno está dada por una condición de vulnerabilidad mutua: en un mundo cada vez más interdependiente, la fortaleza total del sistema esta fundamentalmente condicionada a la supervivencia de su eslabón más débil. Al mismo tiempo, la prevalencia cultural, con su fijación natural a la auto-corrección automática, parece impedir una intervención decisiva para prevenir y corregir este fenómeno. La paradoja según Nef, Vanderkoop y Wiseman es que existe inteligencia y capacidad de planificación a nivel nacional e internacional para desarrollar políticas y programas que podrían ayudarnos a superar estas tensiones entre mundos localmente soberanos e internacionalmente globalizados; lo que parece no existir, y este es probablemente el tendón de Aquiles del ordenamiento global actual, es la determinación política de tomar el toro por los cuernos y cambiar de rumbo.

He aquí entonces el desafío: la globalización y estructuras normativas alternativas, como la protección de las minorías y los derechos humanos, han desafiado de manera permanente el concepto Wesphaliano de soberanía; sin embargo, no ha surgido aún ningún sistema institucional alternativo que pueda remplazar de manera moderna y efectiva la normatividad existente en torno al concepto tradicional de soberanía estatal. Por primera vez en la historia de la humanidad señala Krasner, hay sólo un ordenamiento internacional y no existen actores con el poder formal suficiente como para destruirlo; esto ha conducido a un status quo, que se resiste a modernizar los conceptos y estructuras por miedo a las pérdidas de cuotas de poder político y económico.

Hoy, el concepto de soberanía se enfrenta a los desafíos que le impone el proceso de globalización. Las condiciones que sustentan el desarrollo de la globalización, tales como los avances tecnológicos, la revolución comunicacional, el desarrollo de nuevas formas de intercambio económico, el activismo político, terrorismo y crimen organizado, conspiran en contra de las fronteras territoriales tradicionales, permitiendo un intercambio ilimitado de ciencia, cultura, política, economía, y el crecimiento positivo y en algunas circunstancias impredecible de la sociedad civil global. Esto no necesariamente implica la caída del concepto de soberanía; pero si necesariamente implica un cambio (Nagan y Hammer). El concepto de soberanía se enfrenta a la oportunidad de aprovechar este cambio para fortalecerse al evolucionar para responder a los nuevos desafíos; reconociendo sí que esta nueva realidad le impondrá limitaciones al tener que aceptar la existencia de responsabilidades internacionales en el ámbito local y creará además obligaciones domésticas interdependientes con el ámbito internacional.

Maroto, Canadá.

 

Bibliografía:

Jackson, John. (2003). The American Journal of International Law. Vol.97, No.4, pp. 784 – 785

Krasner, Stephen. (2001) Sovereignty

Nef, Jorge, Jokelee, Vanderkop, and Wiseman, Henry. (1989) Ethics and Technology: Ethical Choices in an Age of Pervasive Technology. Toronto: Wall and Thompson

Sklar, Holly. (1980) Trilateralism: Managing Dependency and Democracy – an Overview, in Holly Sklar (ed), Trilateralism: Elite Planning for World Management. Montreal: Black Rose

Sunkel, Osvaldo (1973) Transnational Capitalism and National Disintegration in Latin America. Social and Economic Studies, Vol. 22 (1), pp. 156 – 171

Nef, Jorge, Jokelee, Vanderkop, and Wiseman, Henry. (1989) Ethics and Technology: Ethical Choices in an Age of Pervasive Technology. Toronto: Wall and Thompson

Krasner, Stephen. (2001), Abiding Sovereignty. International Political Science Review, Vol. 22, No.3, pp. 229-251

Nagan, Winston and Hammer, Craig (…) The Changing Character of Sovereignty in International Law and International Relations

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